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Sería muy raro encontrar hoy a un joven poeta, medianamente informado y medianamente lector, que tenga entre sus lecturas predilectas a Amado Nervo (1870-1919). Sin embargo, es digno de elogio que, en los últimos años, ciertos estudios e investigaciones hayan retornado a Nervo para valorarlo de un modo más justo. En este escenario se inscribe la antología general nerviana El libro que la vida no me dejó escribir (México, 2006, Fondo de Cultura Económica/ Fundación para las Letras Mexicanas/ Universidad Nacional Autónoma de México), con selección y estudio preliminar de Gustavo Jiménez Aguirre, a quien se deben también las Obras de Nervo que comenzaron a coeditar, a mediados de 2006, Océano, la UNAM y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Gabriel Zaid escribió alguna vez que Amado Nervo es "un personaje del cual pudiera hacerse este epitafio: hizo una religión de su melancolía y en su seno murió". En efecto, Nervo muere en el seno de la religión poética que él mismo fundó. Y, en esa estética de la sinceridad autobiográfica teñida de misticismo y ascetismo, el creacionismo de Vicente Huidobro no alcanza a decirle nada. Las otras vanguardias hispanoamericanas (el ultraísmo argentino, el estridentismo mexicano, etcétera) surgirán, justamente, luego de la muerte del autor de La amada inmóvil. Una cosa es cierta: mientras gozó de prestigio y estimación, aun en sus páginas menos patentes, la poesía de Nervo consiguió, entre sus lectores, realizar el milagro cotidiano de mantener viva la emoción frente a la frialdad de los desapasionados. Amado Nervo fue, para su tiempo, un poeta magnífico y un prosista espléndido. Sus crónicas no igualan, por supuesto, a las mejores de Micrós y de Gutiérrez Nájera, pero no desmerecen, pues su prosa es rítmica y plena de giros estilísticos; la prosa de un poeta que combina, con sabiduría, la amenidad con la elegancia y el carácter placentero con la oportunidad de la reflexión. Su poesía no era ni con mucho deleznable si está probado que, en sus mejores momentos, influyó en otros poetas mucho más afortunados. Desde luego, nadie se atrevería a decir que Ramón López Velarde plagió a Nervo cuando escribió su famoso alejandrino "ojos inusitados de sulfato de cobre", aunque a Nervo se deba la primera entonación de ese efecto poético en el verso "unos ojos verdes, color de sulfato de cobre". La recuperación de Nervo en los últimos años está en una minoría culta de estudiosos y lectores atentos, que se suma a un sector un poco más amplio, pero cada vez menos numeroso, de fieles lectores decimonónicos que todavía identifican lo poético con ciertos giros sentimentales, nervianos por excelencia. No hay que ser desdeñosos: Amado Nervo sigue vivo, y lo seguirá mientras una de las formas de entender y sentir la poesía siga siendo un arrebato del espíritu y un escalofrío sentimental con el lugar común como premisa. Sin embargo, quienes pueden distinguir el buen puñado de los poemas de Nervo, saben que no hay manera de salvarlo del peso abrumador de sus miles de páginas. Lo importante hoy, al estudiar a Amado Nervo, es comprender el desarrollo intelectual y emotivo de un poeta singular, ubicándolo en su preciso contexto para, con ello, situarlo de manera cabal en la historia literaria que le corresponde; una historia que no es -por cierto- desdeñable, con un autor -como protagonista- que llenó toda una época, aunque hoy sólo sea posible, y tolerable, leerlo en antologías y siempre con la sospecha que desde hace más de seis décadas adelantaba Xavier Villaurrutia: que, por exceso o por prejuicio, jamás se halla bien representando.
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