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    Desde la Casa Blanca
José Carreño
08 de abril de 2007

WASHINGTON.- Hace unos días, el subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Tom Shannon, fue regañado por un diputado republicano que lo acusó de no prestar atención a los deseos del pueblo.

Después de todo, dijo el diputado Frank Wolf, Shannon no sólo no había respondido a una carta sino que no asistió a un acto que le interesaba a Wolf, acerca de la situación de los derechos humanos en China.

La conexión entre la omisión de Shannon y la falta que le atribuyó Wolf no fue otra sino que la palabra "China" apareció en una audiencia sobre América Latina. Pero la invocación no era gratuita: ¿Qué puede haber más importante para el pueblo estadounidense que la asistencia de un latinoamericanista a una mesa sobre derechos humanos en China? En América Latina, ciertamente, no parece haber problemas de ese tipo. Ni hay conflictos sociales o geopolíticos que merezcan la atención estadounidense.

Y eso viene a cuento porque la clase política estadounidense parece cada vez más encerrada en sí misma. De hecho, hace recordar aquella leyenda según la cual, por el año 1453, mientras los turcos asaltaban las murallas, la nobleza bizantina debatía sobre la naturaleza del sexo de los ángeles o cuántos querubines podrían caber en la cabeza de un alfiler.

Washington es un poco lo mismo. Es una ciudad involucrada consigo misma y convencida de su importancia. "La ciudad más importante en el país más importante", afirmaba la publicidad de un banco ya desaparecido por sus travesuras.

Y no es que sea del todo falso. Como capital de lo que la ex secretaria de Estado Madeleine Albright calificaba como "el país indispensable", Washington es de una importancia extraordinaria. Pero en una ciudad donde se encuentran los mayores poderes de decisión del planeta y para bien o para mal se determinan políticas que afectan al resto del mundo, la existencia de un creciente parroquialismo no sólo es un mensaje negativo sino un peligro para el resto del mundo.

La guerra en Irak fue tal vez el ejemplo más extremo de ese autoinvolucramiento: expertos y políticos dentro de las murallas debatieron y decidieron la guerra, al margen de la información que les llegaba de afuera.

En cierta forma, la convicción del propio poder lleva a Washington a pensar como los bizantinos de hace siete siglos. No hay nada importante que suceda fuera de las murallas -mentales en este caso- estadounidenses en general y de Washington en particular.

La reciente gira del presidente George W. Bush por América Latina fue tal vez el ejemplo más reciente. Al margen de lo que hubiera buscado o propuesto, para los estadounidenses lo importante es lo que tenía que decir sobre problemas domésticos a 5 mil kilómetros de distancia.

Aunque puede alegarse que el aparato político estadounidense no es único en su geocentrismo -el mexicano viene a la mente, por ejemplo-, el problema es la diferencia de poder y que al tratarse del mayor país del mundo no hay nada qué hacer sino mantener la esperanza y ayudar en lo posible a que se impongan los elementos pensantes de esta sociedad.

Pero eso no es garantía: el grupo que llevó a Estados Unidos a la guerra en Irak es considerado entre los elementos pensantes.

 
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José Carreño es uno de los más destacados corresponsales en Washington, con casi dos décadas de trabajar en esta ciudad.
 
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