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Antes que apática y contradictoria, la juventud mexicana ha sido víctima del fracaso de las políticas públicas para darle sentido útil a su vida E n edades donde se recuerda bien la televisión en blanco y negro y la radio era dominada por las varias emisiones al día con los éxitos y las nostalgias de La Novia de México , Angélica María, uno pudiera pensar que los jóvenes mexicanos mueven la cadera al ritmo del hip hop, brincan sin parar con la música industrial, están totalmente liberados del núcleo familiar y procuran una educación en la que no soñaban los jóvenes de hace una generación. Pero no es así. Los jóvenes mexicanos son terriblemente románticos, dejando de lado el rock duro se inclinan por la balada, cayendo rendidos ante Alejandro Sanz, y bailando con Límite. Para nada se han alejado de la familia, a la cual buscan siempre, prefiriendo a la madre como su principal consejera. Son guadalupanos pero liberales, aunque sólo en aquellos temas sociales que los afectan como individuos, porque en los colectivos son conservadores de manera hasta reaccionaria. La generación del baby boom, aquella que nació entre los años del fin de la Segunda Guerra Mundial y los 60, difícilmente puede entender lo que está cruzando por las mentes de la primera generación postindustrial. Pero esta, que casi nació con chips integrados en su organismo al haber crecido a la par de la relampagueante revolución informática, tampoco se entiende a sí misma. En este sentido, los jóvenes de hoy son como los jóvenes del pasado: viven en contradicción permanente. La juventud mexicana, medida entre 12 y 29 años, es como un caleidoscopio roto. Sus pequeñas piezas, en movimiento constante, no pueden hacer figuras geométricas, sino que se encuentran en una crisis continua buscándose a sí mismas. Esta es la esencia de esa generación, que ha sido desnudada por la encuesta del Instituto Mexicano de la Juventud, cuyos resultados finales están por salir, arrojando la conclusión sobre la falta de identidad de ese importante grupo social. Los jóvenes mexicanos son una amalgama de intereses materiales, pero con valores compartidos. En el norte del país, en buena parte explicado por la cercanía a Estados Unidos que les ha permitido un mayor desarrollo socioeconómico, los jóvenes son más liberales que en el sur, donde el individualismo norteño choca en ocasiones con un sur mucho más proclive a la comunidad y al desarrollo colectivo. Pero al mismo tiempo, sin importar en dónde vivan, la mayoría piensa en el barrio como su principal espacio de interacción con sus pares, lo que dibuja a una sociedad más apegada al sur, que no es nómada, que a la del norte estadounidense, donde la gente vive en constante movimiento geográfico desde sus años universitarios. Debajo de la epidermis juvenil se aprecian sutilmente los rasgos de un grupo social muy conservador. El 92% de los jóvenes ven en la familia el núcleo de mayor confianza, y en la madre, la principal consejera. La familia es la que costea los estudios en 90% de los casos, pero en una paradoja notable, menos de 30% piensa en ella cuando se trata de retribuir lo que hicieron por uno. La mayoría (80%) quiere trabajar para ganar dinero, y la mayoría también considera que la única posibilidad de alcanzar sus metas materialistas es mediante el estudio, considerando que entre mejor preparados estén, mejores empleos y salarios obtendrán. Pero al mismo tiempo, 63% de los jóvenes abandona sus estudios entre los 15 y los 20 años, y cuando se les pregunta su preferencia por estudiar o trabajar, 85% se olvida de los requerimientos para ganar mejor, y coloca el trabajo, con insuficiente preparación, como primera opción. Tres de cada 10 jóvenes mexicanos no tienen desperdicio: mandan al diablo los estudios porque consideran que son "aburridos". ¿Por qué extrañaría entonces que apenas la mitad de quienes terminan la secundaria tienen un comando aceptable del español y apenas más de uno entiende de matemáticas? La radiografía preparada por el grupo de expertos del Instituto Mexicano de la Juventud es asombrosa. El 85% se declara católico, pero cuando se les pregunta qué piensan del aborto, 70% de las mujeres y 62% de los hombres lo aprueban, lo que muestra el poco impacto del proselitismo que realizan los sacerdotes desde el púlpito en su contra, y la poca influencia, en este caso, que tienen la mayoría de las madres mexicanas a las que tampoco les gusta esa posibilidad clínica para sus hijas. Materialistas pero guadalupanos, donde 80% cree en los milagros y 42% le teme, más que a nadie o a nada, a los espantos y fantasmas. Entre estos se encuentran personas de carne y hueso: 53% rechaza a los enfermos de sida y la mitad a los homosexuales, aunque se dicen abiertos de mente, 92% dice respetar la orientación sexual de las personas. El 83% rechaza a una persona drogadicta y 76% a quien tenga antecedentes penales, aunque la gran mayoría se reconoce como tolerante. Hay una contradicción estructural en la juventud mexicana, que se ve en los niveles culturales, por cuanto a su capacidad reducida para adaptarse, y en principios no manejables en la vida práctica, como se aprecia muy claramente en la apariencia física y el color de la piel. Dicen, por ejemplo, que uno de los problemas que tienen en su vida cotidiana es el color moreno de su piel, y pese a que la abrumadora mayoría se declara en buena salud, 85% se siente gordo. Parece que la juventud está arrollada por estereotipos y que, en el fondo, se sienten inferiores por las características físicas de los mexicanos. Igual de alarmante son los niveles de su participación ciudadana y su apatía por los asuntos de orden político. No hay conciencia sobre lo que es ser ciudadano, con derechos y obligaciones. Curiosamente, en el caso de la política, cumplen con su obligación de ir a votar, pero soslayan su derecho para exigir cuentas a quienes eligieron. Votan pero no les importa los políticos, a quienes consideran deshonestos e incapaces, manteniendo el círculo vicioso que los aleja de los asuntos públicos al tiempo de renegar de lo poco que hacen los políticos. Ciertamente, contribuyen al precario desarrollo sociopolítico del país. Pero mal se haría echándoles en cara los problemas. Una parte importante de su desorientación se encuentra en la falta de políticas públicas que les permitan desarrollar su potencial y encauzar sus energías. De la radiografía de esa generación deberán de salir esas políticas públicas que permitan a los jóvenes dar un sentido útil a sus vidas, y que dejen de seguir siendo víctimas de los gobernantes que han sido incapaces de construir el futuro nacional. En esa crisis permanente de la juventud está la firma del fracaso gubernamental. Se puede revertir. Hay experiencias compartidas y métodos. Lo que se necesita ahora es una voluntad política que trascienda la retórica, la coyuntura, y las necesidades políticas de largo plazo. Es decir, si creemos lo que vemos actualmente, no abriguemos muchas esperanzas. rriva@eluniversal.com.mx r_rivapalacio@yahoo.com
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