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La Encuerada de Avándaro La Encuerada de Avándaro es un mito tan vivo y contradictorio que debería figurar ya en nuestro santoral patrio, junto con los nombres de otras mexicanas insumisas. Unos pechos al aire, un toque de mota quizás y mucho rock and roll : la fórmula aún produce escalofríos, aunque suene tan escandalosamente démodé . Y sin embargo, La Encuerada está en el antes y en el después de nuestra renga modernidad. Reúne todo lo que un buen mito femenino debe tener: sexualidad explosiva, belleza -si se puede- y carácter para irrumpir en la escena masculina y trastocarla. No ha faltado quien culpe a La Encuerada de que el rock mexica se haya ido a las catacumbas por décadas y de la cacería que el Estado y los medios de comunicación emprendieron contra la cultura juvenil después del Festival de Avándaro. Una especie de Malinche en el hoyo funky. Una Eva harta del paraíso tropical de sus ancestros. Nuestra Yoko Ono tentando con la manzana de la disolución social a Alex Lora, quien se salva de último momento gracias a la carismática intervención de Chela. La mujer, siempre la mujer. Siempre el conflictivo cuerpo de la mujer. Porque el desnudo es, en verdad, un asunto problemático. Desnudarse y vestirse involucra una dialéctica que nunca termina. Una dialéctica de la mirada. La mirada de los demás, casi sobra decirlo. Cuando Adán y Eva se descubrieron desnudos -bajo la mirada de Dios- estaban inventando a la vez el vestido como necesidad cultural y el desnudo como transgresión. La hoja de parra fue la primera pieza de haute couture. Y con ese ocultamiento, que era a la vez una promesa, también inventaron, supongo, el sexo. Nadie se encuera nada más por que sí. No hay nada menos "natural" que desnudarse: hacerlo casi siempre oculta un propósito. Una provocación, un desafío, una estrategia de seducción o de dominio, una liberación. Del otro lado, desnudar a alguien sin su consentimiento es someterlo a una violencia límite: a la humillación, al ultraje, a la vergüenza pública. Una entrevista apócrifa publicada en la revista Piedra Rodante nos informa que La Encuerada se llamaba Alma Rosa González, que era de Monterrey, de familia acomodada, y que estaba saliendo de la adolescencia en ese año de 1971 en que se hizo célebre. Había acudido al multitudinario festival Rock y Ruedas que se celebró en Avándaro, y que era ni más ni menos que nuestro Woodstock, como quien dice. La mota y el alcohol rolaron generosamente, pero Alma Rosa aseguró que nada de eso fue lo que le hizo quitarse la playera en lo más prendido del concierto. Fueron sus muy legítimas ansias de alivianarse, de ponerse a la hora del mundo. México entero pegó el grito en el cielo. Nadie quiso ver en el acto una decisión legítima de una mujer sobre su propio cuerpo, un derecho individual. Lo que se vio fue el derrumbe de la Familia, la corrupción moral, la pérdida de nuestra Juventud (así, única y sin fisuras, y con mayúsculas inamovibles). Pero los pechos ya estaban en el aire y así se iban a quedar. Detrás de La Encuerada vino toda una pléyade de mujeres con serios problemas con su ropa: Isela Vega, Meche Carreño y la temible Irma Serrano, única mujer de quien se ha sabido que usaba peluquín en su pubis rasurado con tal de que su público -al que educaba a punta de pistola- no se fuera sin ver saciada su legítima hambre de pelos. El reportero de Piedra Rodante afirma que La Encuerada llegó intempestivamente a la redacción de la revista, a talonear unos varos, y ya ahí, se dejó entrevistar. La nota rebosa expresiones como "toquín", "simón", "nelazo" y es todo un resumen de cultura jipiteca. La Encuerada se había liberado, estaba en la incertidumbre de esa liberación y se hallaba en el camino -¿dónde si no?- de Huautla. Qué importa si después se descubrió que la entrevista era inventada. Las actitudes eran verosímiles y, sobre todo, los pechos fueron verdaderos: ahí están, en la foto, todavía deslumbrándonos, transidos por la música y mojados de sudor, en una época que desconocía el Photoshop, el rock en español y que no había llegado aún a la democratización de los implantes. Spencer Tunick y la organización de los 400 Pueblos Un hecho notable es que durante muchos años el cuerpo ha estado en el centro de la protesta política. No me refiero a que, por ejemplo, la gente trate de formar una cadena humana o de cerrar una calle y después enfrentar a (o huir de) la policía. Ni tampoco de organizar un mitin ni de boicotear a este o aquel banco, canal de televisión o impedir la entrada y salida de los funcionarios de una entidad del gobierno federal. No. Cuando el cuerpo es medio y fin, el plan de acción es otro. Ahí tienen ustedes a un señor (indignado porque lo despidieron injustamente) clavándose la aguja de una jeringa en la vena radial del antebrazo derecho, extrayéndose algunos mililitros de sangre y retirando la hipodérmica con un movimiento rápido para después utilizarla como pluma fuente y escribir con la tinta de su sangre la palabra "justicia". O aquel otro, con el torso al aire atado a una cruz hecha de varios materiales: se hizo crucificar en protesta porque su familia, junto con otras más, fue desalojada de un predio ubicado en la periferia de la ciudad. O a ese grupo de hombres y mujeres en ayuno. La huelga de hambre, tan inútil en el logro de sus objetivos como devastadora para la salud de los ayunantes, es un espectáculo organizado para "obligar" al adversario a atender las demandas eternamente ignoradas. La organización campesina de los 400 Pueblos ha intentado otra variante, cuyos resultados no son -hasta donde yo sé- satisfactorios. La operación consiste en quitarse la ropa y ponerse a la vista en lugares densamente transitados. Los encuerados(as) suelen interpelar a los peatones o a los conductores de automóviles a gritos y con leyendas escritas en pedazos de cartulina. El cuerpo desnudo y la protesta política. El cuerpo y la fotografía. Spencer Tunick ha invitado a los habitantes del Distrito Federal a que participen en su "instalación", cuyo propósito es formar una enorme escultura con los cuerpos desnudos de hombres y mujeres. Éstos, a diferencia de la protesta social, quedan expuestos según un encuadre estético: deben ocupar cierta posición para que caiga sobre ellos cierta clase de luz (Tunick prefiere la del amanecer) para crear cierta imagen o "forma" y para inducir -de algún modo- cierta clase de impresión a los espectadores. Y lo sorprendente, al menos para mí, es que al igual que aquel que se desangra, aquel que se crucifica, que aquellos ayunantes y que los campesinos desnudos, los encuerados de Spencer Tunick se muestran y ocupan el espacio público: en tanto posan en la calle o en alguna plaza o incluso en tiendas departamentales, hombres y mujeres no sólo son visibles (para los mirones ahí presentes, para los lectores de periódicos y para los televidentes), sino que son cuerpos que desentonan o que están fuera de lugar, de su lugar, que se supone es lo privado o lo íntimo. Las acciones de los 400 Pueblos y las instalaciones de Spencer Tunick comparten, además, al menos otras dos cosas: la primera, exponer el cuerpo desnudo; pero mientras la gente que participa en las instalaciones muestra pudor como -según Tunick- mostraron los santiaguinos de Chile al desprenderse de su ropa, a los integrantes de los 400 Pueblos no les ha costado tanto vencer reticencias para desnudarse si se toman en cuenta las ocasiones que se han exhibido hombres y mujeres en Paseo de la Reforma. Segunda, mostrar fuerza política. La organización de los 400 Pueblos busca intencionalmente con los desnudos desconcertar y sacudir a la (buena) conciencia pública y con ello obligar al adversario (político) a sentarse a la mesa. Y aunque Spencer Tunick dijo que con la instalación se propone hacer una aportación para el futuro del arte público en México, considero que lo íntimo (un cuerpo de mujer u hombre desnudo) cuando es público, sin duda también llega a ser político. Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.
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