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Castillos de arena
Está claro que en las alforjas del jefe de Gobierno hay suficiente parque para mantenerlo bajo el reflector mediático A pocas semanas de iniciada su gestión al frente del Gobierno del Distrito Federal, el señor Marcelo Ebrard se percató que lo suyo no eran las "mañaneras", esas caprichosas conferencias de prensa matutinas que durante todo un quinquenio colocaron a su antecesor en los nada despreciables reflectores mediáticos. Entonces decidió cambiar de estrategia. Y no es que pretendiera hacer a un lado la más formidable de las herramientas de que puede disponer un gobernante o un político para ganar popularidad, más allá de habilidades y eficacia para la cosa pública y política. No, Marcelo Ebrard desechó las "mañaneras" y emprendió una ruta distinta para mantener los reflectores sobre su gestión y su persona, sus ambiciones políticas a futuro. De esa manera todos vimos la espectacularidad policiaca en Tepito, en el desalojo de los ambulantes del centro histórico, el desmantelamiento de los hasta entonces intocados vendedores de piezas automotrices robadas, en Iztapalapa, y muy pronto veremos acciones, también espectaculares, contra los vendedores de todo tipo de productos robados en el mercado más grande del mundo, el de la colonia San Felipe, en donde se puede comprar todo lo que usted quiera. Y todo es... todo. Pero esos operativos, como todos los instrumentos de la política, suelen desgastarse y pasar de moda rápidamente -con la pérdida consecuente de su impacto mediático-, por lo que eran necesarias nuevas y espectaculares acciones. Entonces apareció la idea -formidable idea detrás de la cual no faltaron los ejércitos mediáticos- de ordenar que todos los colaboradores del gobernante se trasladaran de su casa a la oficina en bicicleta, el primer lunes de cada mes. No fue todo. Por eso surgió otra brillante idea de temporal -para aprovechar el feriado de Semana Santa-, y el jefe de Gobierno rápidamente movilizó a un ejército de trabajadores del GDF para instalar "playas artificiales" en cuatro puntos estratégicos de la capital del país. De esa forma "los pobres", aquellos ciudadanos que por su precaria situación económica no pueden vacacionar en los centros de asueto, cuentan con una porción de playa, de manera gratuita, en el Distrito Federal. De nueva cuenta el golpe mediático fue espectacular. Tampoco ahí terminó el asunto. Está claro que en las alforjas del jefe de Gobierno hay suficiente parque para mantenerlo bajo el reflector mediático, sin necesidad de recurrir a las "mañaneras", ya en desuso, y con una nada despreciable renta en imagen y popularidad. Resulta que Marcelo Ebrard se aventó la puntada de contratar a una empresa china (ZTE) -por cierto, valdría la pena saber si es la misma empresa que lo invitó a China, con todos los gastos pagados, en su calidad de gobernante electo- para desarrollar un sistema de internet inalámbrico, que será gratuito en lugares públicos, como parques y plazas, y al que podrán acceder todos aquellos que así lo deseen. Falta el anuncio de centros de cómputo, gratuitos, para el mismo fin. Pero además, el sistema incluye la instalación de 4 mil cámaras para mantener una estrecha vigilancia en todo el Distrito Federal. Otro golpe certero, mediático por excelencia. Y en efecto, nadie puede negar que el señor Ebrard ha resultado, en los primeros cuatro meses de su gestión, todo un mago para ese difícil arte de la mercadotecnia, la popularidad y la venta de su imagen; para la construcción de "castillos de arena" que poco a poco van arropando su gestión y que, granito en granito -de arena, por supuesto-, edifican su imagen de "preocupado por los pobres" de la ciudad de México. Parece claro el objetivo de convertirse, por la vía de los hechos, en el nuevo mecenas de los pobres, a pesar de que su imagen sigue siendo la de un "niño bien". Pero más allá de los objetivos mediáticos, de la rentabilidad en imagen y de que acciones como las comentadas mantienen al señor Ebrard en las primeras planas y los titulares de los medios electrónicos, en el fondo esas acciones resultan ridículas y ofensivas para los capitalinos de escasos recursos, porque confrontan la difícil situación de esos sectores con una realidad de caricatura. Qué bueno que todos los colaboradores del señor Ebrard viajen en bicicleta, de sus casas a la oficina, que se ejerciten y conozcan con sus propios ojos y padezcan con su propio sudor las que pasan millones de capitalinos con el tránsito caótico. Pero qué malo que viajen con sus escoltas, en motocicletas y autos blindados, sin respetar vialidades ni semáforos. ¿De qué se trata? Sí, de un espectáculo mediático. ¿Qué pasaría si el señor Ebrard sale de su casa, en bicicleta, sin guaruras, en un lunes cualquiera? Más aún: más que playas, que seguramente harán las delicias de muchos, se requieren parques, bosques, la rehabilitación de los ya existentes, la mayoría de los cuales son verdaderos basureros. E internet, ¿a quién le servirá? ¿Quién tiene computadora? Ni hablar, nadie puede negar que el señor Ebrard es un mago. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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