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WASHINGTON.- Poco menos que perdido en el ruido generado por el debate político estadounidense, un encuentro este fin de semana entre los presidentes George W. Bush y el mandatario brasileño Luiz Inacio Lula da Silva es mucho más que una reunión amistosa y trascienden los acuerdos energéticos en desarrollo entre ambos países. Al margen de lo evidente, que es el encuentro entre dos países de "destino manifiesto" y sus obvias implicaciones para la región, la entrevista señala una nueva etapa en la relación de Estados Unidos con América Latina. Y por supuesto una que, como la anterior, es y será obviamente ignorada por los estadounidenses con excepción de los especialistas. De entrada, señala prácticamente que Estados Unidos está efectivamente dispuesto a trabajar con la izquierda moderada de la región, tanto obligado por la práctica realidad de que existe y funciona, como porque es una izquierda que funciona dentro de marcos democráticos y no puede ser desconocida. Igualmente, porque la lucha democrática en América Latina implica, entre otras cosas, una lucha por mejorar la suerte y la situación de los grupos desposeídos, un tema que Bush planteó en la región como parte de la seguridad nacional de Estados Unidos. Puede afirmarse y con razón que ese mensaje no es original. Por un lado, es un reclamo de la izquierda en la región y podría ser tomado como un abierto intento de quitarle banderas no sólo a la izquierda tradicional, sino a los sectores populistas que, como el presidente venezolano Hugo Chávez, recogen ahora esa demanda. Por otra parte, la aceptación de esa idea está contenida en iniciativas semiolvidadas excepto en la retórica, como la "alianza para el progreso". Por eso, la reunión Bush-Lula es importante, más allá de su rejuego inmediato. Implica por un lado aceptar la idea de un poder no necesariamente complementario pero estabilizador en América del Sur y dejarle como regalo el trabajar sobre Chávez: después de todo, Brasil y Lula son demasiado grandes como para ser parte del coro en el espectáculo chavista. Al mismo tiempo, implica el reconocimiento de realidades. Con todo y su poderío, Estados Unidos ya no es el único poder en la región. Para bien o para mal existen Brasil y México como países con influencia regional, y los políticos brasileños no sólo tienen menos complejos de inferioridad que los mexicanos, sino que tienen y aceptan metas y acuerdos nacionales al margen de su ideología. Si el proceso desatado por los entendimientos Bush-Lula implica el reconocimiento de Brasil como potencia hegemónica regional, habrá que ver también cuál será su efecto sobre el Mercosur y la relación brasileña con su entorno inmediato. Y ese entorno incluye a los ahora enfants terribles que gobiernan Venezuela, Bolivia y Argentina.
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