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Ricardo Rocha
26 de marzo de 2007

Felipe y Marcelo

Los dos estarán frente a frente durante estos seis años. Ni modo. No habrá remedio. Cada nuevo día habrán de verse las caras hasta el final de la jornada. Y es probable que se encuentren hasta en los sueños de cada uno. Como mirarse al espejo. Como verse reflejado en la cara del otro.

Desde aquel lado del cristal también estarán siendo observados. Una multitud expectante, curiosa y morbosa estará siempre atenta a sus gestos, a sus palabras y hasta a sus actos. Porque tan o más importante que lo que hagan será lo que digan y cómo lo expresen: los términos, el talante, el rostro, la actitud y eso que llaman empatía. Y que se da o no se da entre el emisor y los receptores del mensaje. Por eso estarán también disputándose cada medio: cada momento en la radio, cada imagen en la televisión, cada fotografía y cada línea ágata en los diarios. A veces la pelea será abierta y feroz; otras con toda la discreción y perversidad que la política entraña.

Por ahora parecen adversarios naturales. Nadie sabe si se tornarán enemigos o, en una de esas, hasta colaboradores distantes. Por lo pronto juegan a ser diferentes aunque estén actuando de modo semejante. A ver, en primera instancia sus procedencias: forjado en el PRI, Marcelo Ebrard tuvo un primer padrino político en Manuel Camacho; juntos gobernaron el DF y luego de la ruptura con los priístas fundaron su propio partido, hasta que Ebrard renunció a su candidatura para sumarse a la de Andrés Manuel López Obrador como jefe de Gobierno; de ahí hasta el 2 de julio de 2006 en que se produjo una bifurcación natural aunque paradójica de sus caminos; López Obrador pasó a encabezar una "presidencia legítima" contra Calderón, mientras Marcelo asumía el segundo cargo político de la nación.

Sobre Felipe podría sintetizarse que es panista de cepa, de origen, de nacimiento; desde su padre don Luis y la doctrina abrevada en casa y luego con su gurú ideológico Carlos Castillo Peraza, con quien vendría un casi inevitable rompimiento; presidente del PAN, líder de su bancada, incómodo secretario de Estado de un Fox que nunca lo quiso, Calderón le arrebató al presidente, a su esposa y al neopanismo su candidatura para luego alcanzar la Presidencia.

A partir de ahora cada cual tiene sus propias metas: para Calderón, consolidarse y fortalecerse en el poder, a pesar del indispensable pago de facturas; legitimarse ante la opinión pública; navegar entre el neoliberalismo a ultranza y una economía con rostro humano; prestidigitar entre la mano abierta y la mano dura y, si se puede, convencer a los mexicanos de que el PAN es la opción para un tercer periodo consecutivo.

Las batallas de Ebrard son otras: demostrar que existe por sí mismo; que está dispuesto a pagar los costos políticos de sus decisiones; que en los hechos es un gobierno de una izquierda moderna, inteligente y sensible; que el carisma y el conocimiento no están reñidos; que el pragmatismo y los ideales tampoco; que si quiere ser una opción para 2012 tiene que trabajar intensamente como gobernante de la ciudad de aquí a 2011.

Ahora, sus caminos empiezan a reflejarse el uno en el otro. Pero a cruzarse también. La despenalización del aborto es su primer punto de inflexión y no sabemos si de quiebre. En cambio hay coincidencias: ambos han optado por el combate a la inseguridad pública como prioridad estratégica. El uno, con la ventaja de una cobertura mediática total, absoluta y entregada las más de las veces. El otro, con una carga de estigmas, virulencias y malquerencias heredadas, merecidas o gratuitas, a cambio de tiros de precisión y alto impacto, como han sido los operativos en Tepito e Iztapalapa.

Hay pues una diversidad sustancial y entendible entre estos dos políticos tan jóvenes como encumbrados. Lo deseable es que no se convierta en una animadversión que los haga rivales irreconciliables. Los primeros perjudicados serían los habitantes del Distrito Federal y en alguna medida los del resto del país. Suponemos a ambos con el talento suficiente para asimilar la durísima lección de la pugna abierta Fox-López Obrador durante cuatro años desgastantes y dolorosos. En suma Felipe y Marcelo pueden ser adversarios, pero no necesariamente enemigos.

ddn_rocha@hotmail.com

 
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PERFIL
 
Ricardo Rocha ha sido redactor, reportero, corresponsal de guerra, productor y conductor de programas. En 1977 cubrió por dos meses la Revolución Sandinista en Nicaragua, lo que le valió el premio nacional de periodismo. Diseñó y condujo los programas "Para Gente Grande" y "En Vivo". Es co-autor de "Yo Corresponsal de Guerra" y autor de "Conversaciones para Gente Grande". En el 97 creó el concepto "Detrás de la Noticia" y en 1999, al separarse de Televisa, lo consolidó con la agencia informativa.
 
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