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¡Viva la torta de tamal!J.C.B. Antes, según había escuchado, la vida era una carrera contra el tiempo. Ahora, por lo visto, es una carrera contra la edad, contra las calorías, contra el colesterol y contra un montón de fantasmones modernos. Las cosas se han puesto muy complicadas. Uno ya no puede serenamente pedir un buen hígado encebollado porque inmediatamente medio restaurante volteará a vernos como a un paria o un condenado a muerte. En La Condesa hace mucho que las gorditas (las de chicharrón, pero también las güeras y las morenas) fueron proscritas. Y aunque la Condesa es una fuerza centrífuga que pugna por corregir el resto de este naquísimo país, los mexicanos nos hemos despertado hace poco con la calamitosa noticia de que somos el segundo país más obeso del mundo. Y, cómo no. La verdad es que nuestra milenaria y sagrada cultura del maíz no ayuda. Empezamos el día con una torta de tamal bien energética que, para que no le falten calorías, nos la bajamos con un vasito de champurrado. La guajolota es un invento diabólico de la Secretaría de Gobernación, que ha matado el hambre y con ello el ánimo levantisco de los mexicanos. Pero su efecto sobre la salud y la belleza de nuestros compatriotas no ha sido analizado como debiera. Un amigo que iba a dar clases todas las mañanas a Neza, después de observar concienzudamente los cuerpos de la muchachada, gritó al fin, lujurioso: "¡Viva la torta de tamal!", frase feliz que puso al día la proclama estridentista: ¡Viva el mole de guajolote! Yo tampoco encuentro tan mal a nuestra raza de bronce, pero la verdad es que ya se nos pasaron los kilitos. Vea usted. Al llegar a la oficina, apenas nos aplastamos frente a la computadora, no falta la compañera(o) que se ofrece a lanzarse por las quecas y los chescos. Los tlacoyos de frijol y de haba son muy socorridos en tales empeños y nos proporcionan el ánimo para llevar la jornada laboral. A la hora de la comida no nos andamos por las ramas y pedimos un huarache con costilla o unos chilaquiles divorciados. Tortillitas, por favor. ¿Ensalada? Ni que fuera vaca. Los quelites, cuando era pobre. Ah, y écheme un Titán de grosella. Luego, de regreso a la oficina, nos compramos un elote hervido con harta mayonesa y chile, nomás para amarrar. En la noche, la unión familiar exige ir a cenar un pozole o unas tostadas de pata, o mínimo unos tacos al pastor. El crujido de las tostadas nos proporciona una delicia indescriptible. Y ante la hipnótica visión del grano pozolero, los rabanitos y los trozos de cerdo, los niños guardan silencio, al fin, por media hora. Ya cuando vamos de regreso, un poquito pesados, le prometemos a nuestra vieja, viejo o lo que hayamos agarrado: "Mañana sí comienzo a correr". ¿Pero dónde? A menos que uno quiera suicidarse, en esta ciudad no hay lugares para hacerlo. Hasta en el Parque México ya es imposible salir a hacer jogging ante la cantidad de perros e instalaciones artísticas. Además, nunca falta a medio camino la señito con su anafre, su comal y sus olorosas garnachas. Bueno, pus aunque sea una. El otro día quise hacerme el chistoso y le pregunté a la marchanta si tenía gorditas light. No contaba conque nuestras señitos son bien sagaces y están 20 pasos adelante de nosotros. "¡Cómo no, aquí están las gorditas de ejote!", me informó. Y ahí estaban, en efecto, al fondo de un proceloso mar de manteca. También me acuerdo que estábamos viendo una película de rumberas y un amigo comentó: "Mira esas gordas, qué salerosas; hoy estarían deprimidísimas". Y yo pensé que, en efecto, los tiempos de María Antonieta Pons, de La Gatita Blanca y la Montalván eran tiempos definitivamente idos. ¿Los mexicanos todavía las preferimos gordas? ¡Ah, qué tiempos aquellos don Salvador Novo! Ahora estamos preocupadísimos, y tanto estrés engorda. Los gimnasios ya demostraron ser una industria tan improductiva en este país como todas las demás. Yo, la verdad, sugiero serenidad. Tomemos las cosas con calma y respetemos nuestra idiosincrasia latina. Si los sajones insisten en meternos otras ideas y otros hábitos alimenticios, hay que romper relaciones diplomáticas con la Organización Mundial de la Salud, con la FAO, con la UNESCO y con todos los organismos que sea necesario. Y comamos en paz. Un mundo más delgado y menos viejo V.A. Cada día solemos despertar y movernos sobre la redondez del mundo, pero vivir en plena contradicción con él: por un lado, asistimos al bombardeo constante de las campañas pro-salud que dictan comer sano y hacer ejercicio para estar saludables (en realidad, más delgados), mientras que por el otro escuchamos no pocas historias terribles sobre los altos índices de mujeres anoréxicas que -asunto exclusivo de modelos pensarán algunos- fallecen midiendo 1.80 y pesando menos de 40 kilos, instigadas por lo que la moda define hoy en día como "lo estéticamente correcto". Pese a que nuestro mundo es redondo, para el hombre actual la opulencia corporal se ha vuelto un asunto de estética impermisible, una suerte de epidemia a la que es preciso combatir y erradicar. No por nada, la mancuerna entre figuras de envidiable delgadez que tanto gustan a los publicistas invaden calles, televisores y páginas de revista para gritarnos, a voz en cuello, que ser redondo no es in, que ser esférico no nos permitirá vivir más. Porque la visión de la redondez no es lo único que ha cambiado en esta época: entre el avance de la medicina y la ciencia, el hombre se ha propuesto extender, tanto como le sea posible, sus años de vida, luego entonces, extender su juventud porque ¿a quién se le antoja vivir 40 años más considerándose un anciano? Así, la vejez como la gordura es otro de los síntomas que tenemos que evitar a toda costa. Siendo el mundo tan longevo, nuestra estética actual ha sobrevalorado la "belleza" del cuerpo y rostro jóvenes, y ante la instigación -de nuevo a manos del maridaje entre modelos teen y la publicidad- las intervenciones quirúrgicas para estirar la piel (y arrasar narices), tintes anti-cana y multivitamínicos para no dejar de hacer lo que podía cuando contaba con 20 años, están a la orden del día. Entre la delgadez y juventud, el mundo puede continuar siendo viejo y redondo, pero nosotros debemos habituarnos a la mudanza que en tiempos modernos han realizado nuestros miedos: si antaño los sentimientos de culpa se dirigían hacia el cuerpo desnudo -fuera como fuese- y sus capacidades eróticas como pecado, o el espanto colectivo iba de la mano de la muerte que ahora consideraríamos "muy joven", en nuestros días las emociones culpígenas se dirigen hacia la desnudez redonda que desanima al erotismo, lo mismo que a los años de juventud "ya idos sin remedio" y que cada vez más nos negamos a perder. El repudio a lo redondo y la vejez parece mostrar que nuestros empeños del siglo XXI están dirigidos a que la idea de la muerte -esa a la que nos acercábamos al envejecer y engordar- se desvanezca un poco de nuestras mentes en los días cotidianos, ergo, que aquella tensión existencial que sólo la imagen de "la parca" -siempre presente y cercana- podía ofrecernos, se desvanezca y nuestra vida se vuelque hacia la trivialización entre las preocupaciones de "si estar más delgado" y "conservarse más joven", bajo la falsa noción de una existencia supuestamente más sana y menos efímera, sobre el gordo arcaico que habitamos. Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.
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