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Mi cuerpo de mujer S.G.L. Las fachadas de los edificios; las ventanas y los balcones de las casas; las sillas; los sillones; las mesas; la televisión y, sobre ella, el cerdito de porcelana; los árboles; la cajetilla de cigarros; las piedras; los calcetines, y los zapatos, son para nosotros cosas bonitas o feas, amplias, útiles, vistosas, suaves, lisas, frondosas, cursis o elegantes. Son, en todo caso, objetos que de algún modo u otro cuentan para cada uno (a) de nosotros (as). El cuerpo es también una "cosa" que mucho cuenta para la gente. Y tan cuenta que como nunca el cuerpo es o bonito o elegante o desgarbado o suave o esbelto o glamuroso o fuerte o discreto. Y para que el cuerpo sea lo que se supone debe ser, ahí están el champú Sedal ondas irresistibles, Vanart o Dove, el maquillaje Angel Face, el tinte L´Orèal para dar en el blanco de las canas, Emporio Armani en forma de reloj y de perfume o, en lugar de este último, el puro magnetismo de Yves Saint Laurent; los suéteres Hermenegildo Zegna, las playeras Polo, los calcetines Durex, los trajes y vestidos Hugo Boss, las blusas Zara y, para los momentos de intimidad, calzones Playboy, brasieres Wonderbra y pantaletas, camisones y bra tops Victoria´s Secret. Y como en los tiempos que corren el objeto más cercano a nosotros mismos es sin duda el cuerpo, entonces nos da por ponerlo al día -según nuestro entendimiento- y por cuidarlo, para lo cual procuramos ingerir bebidas bajas en calorías en la forma de Coca-Cola o cerveza light, agua embotellada o jugos enlatados o leche de vacas felices; nos empecinamos en comer muchas frutas y verduras, en ingerir colesterol del bueno y una pizca de sal, poco pan y menos tortilla. Y si en verdad tenemos con qué, pues a adquirir la bicicleta fija para hacer ejercicio en casa y a comprar el libro -discos incluidos- de meditación tibetana. El cuerpo es su nombre, pero ese cuerpo tiene también apellido: de mujer (o de hombre). Si el cuerpo es de mujer, la relación con éste no está fuera de lo que yo entiendo o tú entiendes qué es ser mujer. A menudo para llegar a ser la mujer bonita o elegante o refinada de la familia o del barrio o de la escuela o del trabajo o de la pasarela o de la moda en el vestir, las mujeres suelen someterse a severas dietas como la que en algún momento de su vida llevó Carol Reston -brasileña de origen y entonces modelo-, quien en un intento por pesar menos de 52 kilos se alimentó únicamente con manzanas (o tomates), agua o Coca-Cola Light, hasta que una infección renal y la atrofia de órganos internos, primero la postraron en la cama de un hospital y luego le quitaron la vida. El diagnóstico: anorexia nerviosa. Algunos médicos han dicho que en la raíz de la anorexia se encuentra una percepción distorsionada del cuerpo en tanto las mujeres no se percatan de que ponen en riesgo su vida al perder rápidamente peso. Pero decir que una silla, una puerta un zapato o el verde de las hojas de un árbol son modernos-delicados-feos-impresionantes, ¿es producto de una percepción distorsionada? La anorexia, con todo su efecto destructivo, sigue la lógica, hasta sus últimas consecuencias, de lo que yo entiendo o tú consideras o ellas interpretan y ustedes suponen cómo debe ser ese objeto social tan preciado hoy en día: el cuerpo. Hermosa como un cadáver A.G.M. ¿En qué momento la delgadez cadavérica empezó a parecer hermosa? Sin pretender la exactitud, pienso en el alucinante encuentro recogido por Charles Baudelaire en el soneto À une passante, canto al amor fugitivo de la calle, al chispazo que une a quienes pasan, que los atrae, que les hace saber que pueden amarse y, un segundo después, los separa para siempre, arrastrados por el tránsito de la ciudad. "La calle rugía ensordecedora en torno mío", comienza Baudelaire. De pronto una mujer pasa, levantando el ruedo de su falda. Sus miradas se cruzan y durante un instante él bebe en sus ojos, "cielos lívidos donde germina el huracán, la dulzura que fascina y el placer que mata". Es un momento como un relámpago, "porque ignoro a dónde fuiste, tú no sabes dónde voy, oh tú a quien habría amado, oh tú que lo sabías". Este soneto es el principio de toda una literatura sobre los encuentros callejeros y azarosos, sobre un tipo de amor arrebatado por la velocidad, característico de la ciudad moderna. La sensación del tiempo que huye, la necesidad de innovación, la prisa de la modernidad se combinan con la intensidad del encuentro amoroso condenado a ser efímero. Pero, ¿cómo es esta belleza fugitiva, cómo tiene que ser para encarnar este drama vertiginoso? "Alta, delgada, vestida de luto, dolor majestuoso": hermosa como un cadáver. Quizá hoy esa mujer nos parecería una venerable gorda entregada a uno de los impulsos femeninos más primarios: el amor por el chocolate. Es indudable que con cada década el ideal de la belleza femenina ha ido perdiendo kilos, hasta casi desaparecer tras modelos ojerosas y famélicas. Al mismo tiempo, los chocolates se han ido haciendo más oscuros y satinados, más saturados con los sabores de la selva, más armados de explicaciones científicas para justificar la pasión irrefrenable que desatan. Comer un chocolate es entregarse a la sensación de ser querida, activar sensaciones similares a las de un abrazo. Decir que las anoréxicas renuncian a la comida es decir una vulgaridad: renuncian al cariño. Que una vida amorosa estable y feliz redunda en lonjas de inconfesable tonelaje no necesita demostración. El matrimonio trae consigo el terror a la báscula. Todo indica que la belleza que pasaba frente a Baudelaire era una viuda. Ninguna de estas consideraciones conmueve a las anoréxicas, entregadas a un ideal estético que arrasa no sólo con sus sentimientos. En un frenesí de perfección, reconocen el irreparable error de estar vivas, pues el mero hecho de respirar aumenta su peso y las aparta de la perfección del esqueleto. El sentimiento de triunfo que acompaña la pérdida de carnes no se detiene ante la vacuna preocupación por la salud o por el bienestar. Decididas a ser obras de arte, saben que sólo el rigor mortis les otorgará la firma, la consagración definitiva. Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.
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