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Esta columna nace para hablar del tiempo cultural mexicano, leído desde el reloj que nos marca la hora mundial. Es un espacio para pensar en voz alta alrededor de temas de la cultura de los que no se suele hablar, pero que importan, de lo que viene o de lo que se demora en llegar al espacio cultural de nuestros días, de lo pequeño y de lo grande, de lo diverso, de lo local o de lo global. El tiempo mexicano está contado y ha dado inicio la cuenta regresiva. México está a punto de cerrar un ciclo histórico: el centenario de la Revolución y el bicentenario de la Independencia, ambos a celebrarse en 2010, bajo la coordinación directa del Presidente y la dirección ejecutiva del Conaculta. Más allá de las actividades que incluya el programa de celebraciones, aún no definido, dichos acontecimientos marcan un tiempo urgente de reflexión profunda en torno al modelo de país al que hemos llegado y al que aspiramos para asegurar que México no sea espectador pasivo del siglo turbulento que apenas comienza. ¿Qué fue lo mejor que heredamos de la Colonia, de la Reforma y de la Revolución en el terreno cultural? ¿Cómo lo hacemos valer en relación con una sociedad que se mueve en la incertidumbre, en un clima de violencia, narcotráfico y crimen, alejada -no por voluntad- de la vida cultural? ¿Cómo entienden los jóvenes de la era ciberespacial, de lo fugaz y lo hibrido, a los personajes de nuestro panteón histórico? ¿Tienen acaso algún sentido para ellos? Es enorme el trecho histórico que media entre la Independencia y la Revolución. Un siglo para ser más precisa. Pero es más grande todavía lo que se perfiló durante esa centuria y la que está a punto de llegar: la formación cultural de un país que a pesar de los intentos en contra, emergió diverso, heterogéneo y también profundamente desigual; una democracia que abrió las ranuras de las urnas a las mujeres apenas a mitad del siglo XX, que acepta la diversidad en la palabra, pero no necesariamente en los derechos de los pueblos indígenas, que habló mucho y hasta se construyó a partir del valor de la cultura, pero discretamente la volvió secundaria o prescindible. En 2010 habrá de cumplirse un siglo de la última revolución armada que conmovió a México, ese país en revuelta que Fernando de Fuentes dejó para nuestra memoria fílmica en Vámonos con Pancho Villa o El compadre Mendoza. Ese México, casi un siglo después, en pleno siglo XXI, se remueve desde sus entrañas para preguntarse si quiere seguir anclado en el puerto al que llegó, tras una violenta travesía. Las preguntas se llaman Oaxaca, Chiapas, Michoacán o Ciudad Juárez. De aquí en adelante, es posible esperar intensos movimientos entre las principales fuerzas políticas del país para intentar marcar el rumbo de un barco cargado de riquezas, pero en cuyo destino inmediato puede no haber consenso. Si ambos hitos de nuestra historia desencadenen hoy movimientos intelectuales tan vitales como los que originaron en su momento en la filosofía, la ciencia, la historia y la literatura, a fin de imaginar creativamente el itinerario más próximo de una nueva aventura, eso será fundamental. Más allá de la retórica historicista, esa sería la mejor forma de celebrar ambos acontecimientos. Por lo pronto, y sin esperar a las celebraciones oficiales, destacados escritores mexicanos han empezado a poner en blanco y negro nuevas visiones de personajes de la revolución del 1910 : Zapata, de Pedro Ángel Palau, y Villa; una biografía narrativa, de Paco Ignacio Taibo II, son novelas históricas que encierran las miradas de dos generaciones muy diferentes entre sí. Seguramente habrá obra pública, remodelaciones, antologías, ciclos de cine y producciones especiales que serán bienvenidas. Las fiestas del Centenario organizadas en el preludio de la Revolución, en pleno porfirismo, son un parámetro difícil de superar, pero más allá del festejo cultural y artístico, estas celebraciones tienen que contribuir a repensar el rumbo económico, político, energético, ambiental, social y cultural del país. ¿Por qué cultural?, se preguntarán quienes ven en la cultura la parte "bonita", pero accesoria del quehacer institucional. La respuesta es sencilla. Porque la cultura nace y crece en la sociedad, no en el Estado. Porque sin cultura no hay democracia. Porque si algún impacto tuvieron ambos fenómenos históricos fue no sólo económico y político, sino profundamente cultural. Sin orientación cultural no hay proyecto nacional capaz de sumar voluntades. Es en la cultura, creación social por excelencia, donde radica la reserva de una nación para definirse, para reconstruirse en su ser múltiple y contradictorio. Es en la educación, el arte y la ciencia donde el futuro mexicano del nuevo siglo tiene que ser promisorio. La cultura requiere de políticas integrales, intersectoriales y de sentido público de largo aliento. No se viste de colores partidarios, ni aspira a volverse sexenal. Necesitamos políticas que miren la cultura desde la economía, la educación, la comunicación, el desarrollo social, tecnológico y el turismo, sin caer en mercantilismos, estatismos o neoliberalismo, que recuperen la tradición, pero la pongan de cara al futuro. En ellas deben influir la diversidad y la democracia, multiplicidad de voces, diversidad de procesos, riqueza local y eslabonamiento internacional. Repensar la cultura, bajo la luz de este nuevo tiempo mexicano, tiene que ser a la vez un esfuerzo académico, intelectual y social de gran magnitud, que involucre no sólo a las instituciones -aunque sin duda tienen una gran responsabilidad- sino a organizaciones y movimientos artísticos, a universidades, artistas, historiadores, académicos, educadores y científicos, y también abarcar a empresarios y comunicadores, a los ciudadanos. Este repensar la cultura desde nuevas ópticas es condición ineludible para no seguir descapitalizando el patrimonio que nos permite ser reconocidos en el mundo.
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