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En sus Paraderos literarios , Ricardo Garibay se queja de la excesiva diplomacia de Alfonso Reyes. Y refiere la siguiente provocación: "Los embozos diplomáticos, las buenas maneras de Alfonso Reyes se dan no sólo delante de los autores vivos o muertos, sino aun delante de los personajes literarios. En una ocasión me concedió una entrevista larga con la que di una conferencia. Y en el diálogo, generosísimo de su parte, lo entiendo bien, dije que Madame Bovary me parecía una vieja mitotera y puta y sin misterio ninguno. Y me dijo: -Bueno... querido Garibay, no estaría mal tener algunas consideraciones con la ya más que honorable Madame Bovary..." Como muchos saben, Madame Bovary es una de las obras maestras de la novelística francesa del siglo XIX, y la novela más célebre de Gustave Flaubert (1821-1880). Publicada en 1857, Madame Bovary cumple ahora 150 años, y hoy nos puede parecer convencional, pero en su tiempo acarreó a Flaubert un proceso (del cual fue absuelto, afortunadamente), acusado de ofender la moral y la religión. El escándalo le obsequió un mayor éxito de público y logró que la protagonista de la novela, Emma Bovary, se convirtiera en el símbolo de la insatisfacción y del mal incurable de la frustración sentimental, a tal grado que enriqueció los diccionarios de sicología con el término "bovarismo", descrito como la insatisfacción y la melancolía alimentadas por la literatura. Así como Don Quijote enloquece por leer libros de caballería, Emma Bovary queda perturbada con sus lecturas románticas, se consigue unos amantes y se entrega a la infidelidad amorosa humillando a su aburrido y mediocre esposo Charles. De los excesos y la traición, Emma pasa al endeudamiento y a la degradación; sus amantes la abandonan y ella, desesperada, se suicida. Su esposo la perdona, pero, abrumado por su recuerdo, muere también, de lenta melancolía. Lo que más ofende de Flaubert a la sociedad francesa del XIX es su indiferencia ante las debilidades morales de su personaje; el hecho de que no condene la vida poco ejemplar de Emma, e incluso de que parezca intencionado a convertirla en símbolo conmovedor. Pero Flaubert es un artista metódico y casi científico, que trabaja con el principio de "objetivad". En realidad, la Bovary ni siquiera tendría por qué resultarle simpática, desde el punto de vista "personal". Alguna vez dijo: "Por mucho lirismo que tenga Byron, por ejemplo, cómo lo aplasta Shakespeare con su impersonalidad sobrehumana". El tribunal que lo absuelve se siente en el deber de justificar esa absolución con una "crítica literaria" disfrazada de sanción moral, pues en una parte del veredicto se afirma que Emma es "una mujer que aspira a un mundo y a una sociedad para los que no está formada, desdichada a causa de la modesta condición en que el destino la ha colocado, y que olvidando, en primer lugar, sus deberes de madre, luego los de esposa, e introduciendo sucesivamente en su hogar el adulterio y la ruina, acaba miserablemente en el suicidio, después de haber pasado por todos los niveles de la degradación más humillante y haber llegado al robo". Flaubert escribió otros libros (Bouvard y Pécuchet, La educación sentimental, Salambó, Las tentaciones de San Antonio), pero ninguno consiguió la celebridad escandalosa de Madame Bovary. En 2007 celebramos el sesquicentenario no sólo de una novela sino de un símbolo. Además de releer Madame Bovary, es recomendable la lectura de la magna biografía Gustave Flaubert, escrita por Herbert Lottman y publicada en español por Tusquets (Barcelona, colección Andanzas), en 1991.
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