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    Desde la Casa Blanca
José Carreño
11 de marzo de 2007

WASHINGTON.- La gira y la "contragira" que hacen el presidente George W. Bush de Estados Unidos y su presunto "retador", el presidente Hugo Chávez de Venezuela, por América Latina, bien podría ser el inicio de una "posdata" a la guerra fría que terminó hace 15 años.

Pero a pesar de las apariencias, Chávez de hecho hace un favor a Bush. Estados Unidos es un país que presta atención absoluta a su política doméstica y su política exterior es sólo un campo distinto para un frecuentemente brutal debate en el que las "amenazas" externas sirven como catalizador y aun unificador de opiniones.

Bush afirma que su viaje es una reiteración del interés de Estados Unidos en la región y para destacar los aportes que su país ha hecho. En términos inmediatos, lleva poco que aportar más allá de algunos programas de asistencia educativa y la expresión de interés estadounidense en que haya una mejor distribución de los beneficios de la democracia y el libre comercio.

Y más que los programas en efectivo, la real importancia está en la señal de que bienestar económico y oportunidades se equipara a la seguridad nacional estadounidense.

En contraste, su "competidor" ofrece un "socialismo del siglo XXI" que parece tratar de beneficiarse más de la oposición y el recelo que despierta Estados Unidos que de su claridad de postulados y que se mantiene gracias a la riqueza petrolera venezolana y sus subsidios a sectores de la izquierda latinoamericana, ansiosa tanto de encontrar un patrocinador como un líder.

La táctica de Chávez ha sido esta vez realizar mítines de protesta paralelos a las visitas de Bush. Cual sea la utilidad de esa estrategia está por verse, excepto tratar de realzar la figura del napoleónico líder venezolano frente a la disminuida imagen de Bush, que muchos dentro y fuera de Estados Unidos consideran como un líder fallido.

Pero en cierta forma Chávez ayuda a Bush. Al buscar erigirse en "enemigo temible" para tratar sea de halagar su propio ego o de consolidar su posición como dirigente político, Chávez enfrenta la posibilidad de crear un consenso de opinión estadounidense en su contra y convertirse por tanto en un factor de unificación para la política exterior estadounidense.

De hecho, si decidieran darle el nivel de "amenaza" sería no por sus "rounds de sombra" retóricos, sino por sus posibles contactos con otros sectores del mundo opuestos a Estados Unidos: la Rusia de Vladimir Putin -que hace unas semanas fustigó el unilateralismo estadounidense- y el gobierno islamista de Irán.

Ese tipo de alianzas hará más por despertar los temores estadounidenses que las foclóricas apariciones del señor Chávez.

Sólo como antecedentes, valdría la pena recordar la reacción al discurso pronunciado por Chávez en Naciones Unidas no sólo para fustigar las políticas estadounidenses -que no hubiera sido problema- sino para insultar personalmente a Bush -que ofendió a los estadounidenses.

Hace 13 años, o así, el presidente demócrata William Clinton ordenó el bombardeo de Irak para castigar un intento de asesinato contra el expresidente George H. W. Bush, presuntamente ordenado por el entonces presidente Saddam Hussein. Hasta ahora por lo menos el gobierno estadounidense parece renuente a reconocer publicamente a Chávez como un problema serio y lo tratan más bien como un irritante que creen desaparecerá en cierto tiempo como consecuencia de sus propios errores. De hecho, han realizado un deliberado intento de ignorarlo -Bush por ejemplo no se refiere a Chávez directamente.

Pero si al final deciden darle el sitio de "amenaza" será en gran medida porque así conviene en términos de su política interna, para iniciar una nueva guerra fría ideológica y económica contra un enemigo externo.

 
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José Carreño es uno de los más destacados corresponsales en Washington, con casi dos décadas de trabajar en esta ciudad.
 
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