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La belleza reprimida A.G.M. El 8 de marzo cae en esta temporada indecisa cuando un día caluroso y soleado puede seguir a una mañana helada y se necesitaría una línea directa al oráculo de Delfos para decidir adecuadamente la indumentaria, pero algunos días avanzan rotundos hacia el calor y salen a relucir minifaldas, sandalias y escotes. Justamente en un día así me encontré con una amiga darkie, que bajo el Sol sahariano seguía luciendo unas botas de plataforma, mallas negras como ala de cuervo, falda y blusa de terciopelo igualmente renegridos, con diseño de telaraña cerrada hasta el cuello y hasta las muñecas. Jamás como en ese momento había admirado su intransigencia, su negativa a ceder a las convenciones, pero no puede evitar preguntarle si no se estaba asando. Ahogándome, respondió. Pero era incapaz de vestirse de ninguna otra forma porque tenía los brazos y las piernas velludos como el lomo de King Kong. Me encantan las mujeres, pensé. Ese espíritu de sacrificio, ese gusto por el sufrimiento en aras de la belleza. Todo este tiempo he estado tomando a mi amiga por una fiera rebelde contra el orden y las convenciones, y he aquí que en el fondo de su atuendo gótico yace una buena chica inhibida, dispuesta a obedecer. Las mujeres no son peludas. (Lo que hace la mayoría es cortarse con la navaja de rasurar, martirizarse con la cera depilatoria, gastar sumas respetables en la depilación láser o irritarse la piel con los productos que destruyen el vello.) ¿Habrá nacido ya la que se atreva a presentarse en una fiesta formal con el pelo de las axilas desplegado y las piernas erizadas de vello? (Le contaba yo esta historia a un amigo que había dejado abiertos los botones superiores de su camisa y lucía feliz su pelo en pecho.) Las mujeres ganan menos dinero que los hombres. El índice de analfabetismo es mayor entre las mujeres. El mayor porcentaje de ataques sexuales está dirigido a mujeres. Entre todos estos megatemas, ¿será importante señalar que las mujeres que se sienten mujeres y se preocupan por ser celebradas como tales, celebran cotidianos rituales de represión y modestia como la depilación, el pudor en el vestir -que mide los escotes y las faldas y dictamina lo aceptablemente sexy-, la orden de sentarse con las piernas cerradas y el principio según el "cual calladita te ves más bonita"? ¿Dónde está la línea que separa los actos considerados femeninos de las conductas asociadas con la subordinación y al sometimiento, comunicados sin siquiera reparar en ello, como si fueran inofensivos actos de embellecimiento y discreción? ¿Valdrá la pena dirigir la mirada hacia la inercia cultural que sigue definiendo lo femenino como subalterno y le impone un lenguaje de recato? Con ustedes, la mujer loba J.C.B. Antes, mucho antes de que Tiziano Ferro pusiera en entredicho a nuestras mujeres, la verdad es que los mexicanos ya las preferíamos bigotonas. Hay un especial encanto, una perturbadora belleza en las mujeres de pilosidad exuberante. "El vello es bello", dicta la aliteración fácil, y supongo que en eso creía Diego Rivera cuando se entregaba a la pelambre torrencial de Frida Kahlo. Si hay algo en los autorretratos de Frida que nos perturba, aparte de la mirada inquisitiva y extrañada, es el bozo, el bigotito ralo pero pertinaz que sin inhibiciones ostentan. Kahlo, que ha venido a ser nuestra transnacional más exitosa, es también la bigotona más célebre en la historia del arte. Pero no es de Frida Kahlo -de quien ya tendremos todo este año para hartarnos-, sino de otra mexicana -y de otros bigotes- de quien quiero hablar en esta ocasión. Ella también, a mediados del siglo XIX, fue famosa en Estados Unidos y en Europa; todo el mundo quería conocerla, lo mismo los príncipes que el pueblo llano, los sabios y los niños. De ella se contaban historias descabelladas y se fabricaban elucubraciones fastasiosas acerca de su origen y sus costumbres. La gente hacía largas colas para oirla cantar con voz de mezzosoprano y para saludarla en persona. Le compusieron poemas, novelas y todavía hoy se hacen obras de teatro con su nombre. Marco Ferreri dirigió en 1964 una película inspirada en su vida. Me refiero, por supuesto, a Julia Pastrana, la mujer loba más famosa de todos los tiempos. Al parecer, Julia nació en 1834, en algún lugar de la Sierra Madre Occidental. Los panfletos que se escribieron para aumentar la venta en taquilla, decían que era hija de una india mexicana que se extravió en el bosque y a la cual se localizó varios años después refugiada en una cueva. La mujer no había tenido contacto con otros seres humanos en todo ese tiempo, pero abrazaba a una bebé cubierta completamente de fino pelo a la que le hacía grandes demostraciones de ternura. La niña fue bautizada como Julia y desde muy pequeña debió acostumbrarse a la curiosidad de los demás. Un gobernador de Sinaloa se la llevó a su casa, a la manera de los grandes señores de la Edad Barroca, pero los maltratos la hicieron huir. En el camino a casa, conoció a un estadounidense que le pidió irse con él a la Unión Americana para ganar dinero exhibiéndose en circos y espectáculos. Eso, o quizá el ferviente deseo de viajar que siempre demostró, la convencieron. Julia se hizo inmediatamente célebre. Charles Darwin escribió acerca de ella: "Julia Pastrana... era una mujer notablemente fina, pero tenía una tupida barba masculina y la frente peluda". En una entrevista que le hicieron en Estados Unidos, la "indescriptible" dijo que había recibido muchas ofertas de matrimonio en sus giras por Norteamérica, pero que no había aceptado ninguna porque "los pretendientes no eran suficientemente ricos". Después de eso, supongo que pocos dudaron ya que Julia fuera una mujer de los pies a la cabeza. Su empresario, un tal Lent, se casó con ella para conservar el negocio, como en cualquier matrimonio. Le pidió la mano para asegurarse sus barbas. Julia Pastrana murió a consecuencia de un mal parto en marzo de 1860, y el abnegado marido vendió los cadáveres de ella y del bebé (que, nacido también con los rasgos de la madre, había fallecido a las pocas horas de vida) a un científico ruso que los momificó con un método nuevo de su invención. Cuando el viudo vio la obra entabló un pleito legal para recuperarlos. La mujer loba compartió esa suerte póstuma ambulatoria con otro mexicano de vida alucinante: fray Servando Teresa de Mier. A mí me gusta mucho la historia de Julia Pastrana porque más allá de lo fantástico y lo dramático, deja ver nuestros miedos y nuestros asombros, la fascinación perenne por lo mostruoso y nuestros balbuceos ante la otredad; pero también porque la fábula de la mujer loba y de la fémina barbuda devela una región muy perturbadora de la sexualidad y pone en crisis la frontera cada vez más sinuosa entre lo masculino y lo femenino, esa frontera que hace un par de años la muy sagaz Cristina Rivera-Garza -mujer de pelo en pecho y no malos bigotes- se encargó de dinamitar al frente de otras cultísimas guerrilleras en la Internacional e Inquietante Semana de las Mujer Barbuda. Muchos caballeros entonces pusimos nuestras barbas a remojar. Y quiero creer también que muchas mujeres sintieron crecer torrencialmente su vello como una gozosa floración, ese vello y ese pelo que, más arriba, las mujeres presumen como un despliegue de imaginación, pero que, más abajo, se apresuran a esconder y eludir, como una aparición súbita de la mismísima mujer loba. Por cierto, cuentan que en su lecho de agonía, Julia Pastrana dijo como últimas palabras: "Muero feliz; sé que he sido amada por mí misma". Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.
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