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    Opinión
Jorge Meléndez Preciado
07 de marzo de 2007

Entrampados: Guillermo Fadanelli

Considerado un provocador, heterodoxo, irreverente, desmadroso máximo y hasta suicida, Guillermo Fadanelli da muestra de ser un atento lector de filosofía, sociología, sicoanálisis y obviamente literatura para darnos una serie de relatos-cuentos breves donde se confiesa: lo difícil no es dejar de beber sino quitarse la adicción de la lectura y la escritura.

En este diario ya habíamos comentado La otra cara de Rock Houdson, uno de sus primeros libros, donde el barrio, la soledad y las presencias culturales eran lo destacable. Ahora en Plegarias del inquilino (Cal y Arena), en el cual la portada es desconcertante ya que se trata de un cuadro de Manuel Mathar muy sugerente donde el negro sobresale en lugar del gris o blanco característico de esa casa impresora, las reflexiones son lo que tenemos a la mano al lado de cuestiones vivenciales que a todos nos ocurren.

Estamos, sin duda, ante una gran obra que nos deja ver las múltiples lecturas del autor sin que entremos en los terrenos de la elaboración pretenciosa, torpe o supuestamente académica. Más bien vamos descubriendo que los actos cotidianos más elementales tienen que ver con las teorizaciones de los grandes, desde Aristóteles y Heidegger hasta Robert Artl e Imre Kertész, pasando por Octavio Paz y Jean Paul Sartre.

En Linchar a los políticos, Guillermo dice: "Hace no muchas décadas algunos políticos escuchaban el consejo de los intelectuales. Hoy, bufones ansiosos de votos, prefieren rodearse de asesores de imagen. el presidente perfecto es aquel que hace exclamar a la gente ¡Yo podría haber ocupado su puesto!".

Cualquier referencia a la actualidad es mera coincidencia. No sólo por quienes han vivido en Los Pinos, sino por todos lo que han intentado llegar y se han quedado antes de la meta debido a circunstancias diversas. Al final, sobresale nuevamente el grito argentino: "¡Que se vayan todos!". Nadie lucha ya por ideales, propuestas de cambio, la posibilidad de acercar a la comunidad a las decisiones sino por sus intereses personales.

Incluso nos recuerda Fadanelli el caso de un intelectual, "Michel de Montaigne quien, aclamado por la población, aceptó ser el alcalde de Burdeos, pero en cuanto llegó la peste fue el primero en salir huyendo". Es decir, no se trata de calidades morales o físicas para una profesión que tiene el sello, ineludible, de ser enajenadora, generalmente detestable.

Pero así como nos plantea asuntos políticos, también se refiere a cómo las mujeres, sobre todo cuando se desnudan, necesitan ser vistas a los ojos. Y es que el sexo, esa locura, pasión y elemento indispensable para la vida, es menos importante que donde se concentra lo fundamental: la vista que puede descubrirnos o borrarnos.

Hay un texto acerca de los ancianos realmente maravilloso. El escritor sabe que lejos de perder importancia la lucha por la vida y la acumulación de experiencias, en la edad adulta encontramos menos pasión aunque más precisión.

Sin prejuicios dice: a "mi madre, los vagos la asediaban, amaban el contoneo de sus caderas". No tiene límites ni para sus familiares (padre) o amores. Pero todo lo hace sin estridencias, más bien con el afán de hacernos entender que el creador tiene un propósito fundamental: relatar lo que lee y vive. Dicha combinación está muy bien lograda en este libro de Fadanelli. Llega a hacernos replantear la existencia. Algo que se agradece siempre para no vivir en lo mortecino.

Cuentos breves, pasionales, intensos.

* Periodista

jamelendez@prodigy.net.mx

 
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