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    Galaxia editorial
Juan Domingo Argüelles
04 de marzo de 2007

Algunos sicólogos hablan de un mecanismo de compensación (encubrir o disfrazar un rasgo indeseable, simulando uno deseable, y exagerando sus manifestaciones), al referirse al apasionamiento de los intelectuales por el futbol o por las armas, pues tal apasionamiento puede llegar a ser tan irracional como el del fanático de la porra más bárbara.

Son intelectuales y saben discurrir por el pensamiento, pero tratándose de su afición futbolística no necesariamente son inteligentes, y discuten y manotean obcecadamente sin que sea posible advertirse la diferencia entre un aficionado que piensa y otro que no.

Con estos antecedentes, uno podría creer que un libro como La filosofía del fútbol: patadas y pensamiento (Barcelona, Edhasa, 1999), de Mark Perryman, vendría por fin a romper esa imagen y a decirnos algo inteligente acerca de las motivaciones, causas y razones de la expectación de este deporte que moviliza a una buena parte de la humanidad.

Sin embargo, el libro de Perryman no sólo no es inteligente sino ni siquiera divertido, aunque él crea que es ambas cosas. Más bien resulta patético. Cuando uno espera la reflexión sobre el tema, es decir sobre la filosofía del futbol, lo que nos entrega es una serie de lugares comunes, repetidos hasta la náusea, como cualquier locutor previsible, con la única diferencia de que sus "jugadores" son Albert Camus, Simone de Beauvoir, Jean Baudrillard, William Shakespeare, Friedrich Nietzsche, Ludwig Wittgenstein, Oscar Wilde, Sun Zi, Umberto Eco, Antonio Gramsci y Bob Marley. Con un sentido del humor más bien chato, Perryman escribe y repite insistentemente cosas como las siguientes: "A William Shakespeare, jugador creativo y teatral, le encantaba conducir el balón hacia delante desde las profundidades de la defensa hasta el centro del campo, desde donde podía dirigir el espectáculo. Medida por medida, Will era un rival de cuidado para cualquiera, un medio volante tempestuoso que corría arriba y abajo asegurándose de que sus pases llegaran al proscenio del área. Y cuando se producía una brecha en la defensa frente a una indecisa delantera francesa, todo el mundo sabía que se podía contar con Will una vez más".

Perryman se hace y se cree el chistoso, más que parodiando el futbol, acumulando página tras página simplezas que supone agudezas. En este sentido, lo único que realmente rescatamos de este libro son los epígrafes, estos sí inteligentes, o por lo menos muy sensatos, de los 11 personajes tristemente incluidos.

Camus, que jugó al futbol, al parecer con buenos resultados, advierte: "Después de muchos años en los que el mundo me ha permitido tener muchas experiencias, lo que sé con más certeza respecto de la moralidad y a las obligaciones se lo debo al fútbol". Pero Jean Baudrillard, autor de A la sombra de las mayorías silenciosas y de Las estrategias fatales, le respondería: "Al poder le complace muchísimo traspasar al fútbol ciertas cargas, incluso la diabólica responsabilidad de entontecer a las masas".

La opinión de Wilde, en este sentido, es previsiblemente irónica y lacerante: "El fútbol es un juego excelente para chicas rudas, pero no resulta muy indicado para chicos delicados". A lo cual Bob Marley argumenta lo siguiente: "El fútbol es parte de mí, te mantiene a salvo de problemas. Te hace disciplinado. Te pone en marcha por la mañana. Cuando entrenas, se te aclara la mente. El mundo despierta a tu alrededor".

En fin, hay que decirle al lector que lo mejor de este libro son los epígrafes. No es poco. Puede resultar mucho, cuando el libro en cuestión es tan absolutamente decepcionante.

 
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Este espacio trata los temas relacionados con el libro, los lectores y la industria editorial. Busca ser un servicio para quienes deseen tener información de actualidad sobre estos temas. Propone un diálogo sobre escritores, editores y productores del libro, a nivel internacional. Argüelles es actualmente director de Normatividad de la Dirección General de Bibliotecas del Conaculta y gusta de compartir la experiencia de su trabajo con los lectores.
 
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