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En 80 años su ideario permitió todo; hoy se niega su identificación El partido tricolor prefiere seguir con la identidad de lo más nefasto C oncebida como el obligado "recuento de daños", luego del fracaso electoral de julio de 2006, la cuarta Asamblea Nacional Extraordinaria del PRI terminó en una comedia que arrancó la risa y el aplauso del respetable, frente a una realidad que asusta hasta a los más probados priístas. A sus casi 80 años de edad, el PRI se niega a transitar, por fin, por ese difícil sendero de partido político real. Y es que en el primer día de trabajos de la cuarta Asamblea -en el que se discutieron las reformas a la declaración de principios-, no fue posible que el PRI definiera su ideología. Los asambleístas prefirieron dejar para mejor ocasión, acaso hasta el infinito, una decisión que por generaciones se han negado a tomar los militantes de la más influyente fuerza política mexicana. ¿En dónde se localiza actualmente el PRI? ¿Es un partido liberal? ¿Es conservador? ¿O es una mezcla de izquierda y derecha? ¿O acaso se localiza en el intangible centro? Pero en realidad no debiera extrañar a nadie que el viejo PRI se niegue a asumir una identidad propia. En el fondo esa indefinición, su capacidad "camaleónica" para amoldarse a las ideas y los intereses de sus jefes en turno, fueron el cemento y los ladrillos con los que se construyó esa poderosa máquina de poder que en 1929 fundó Plutarco Elías Calles y que hasta el año 2000 se mantuvo como partido hegemónico. Durante casi ocho décadas, el "paraguas" de la Revolución Mexicana dio para todo. En ese "paraguas" se cobijaron el PRI de Calles, el de Cárdenas, el de Echeverría, López Portillo, Salinas y Zedillo; y aún hoy se amparan en ese dogma, por ejemplo, al PRI de Ulises Ruiz y de Natividad González Parás; dos extremos de eso que conocemos como el PRI. Todas esas experiencias de poder, desde las posiciones de una izquierda casi radical, hasta las de franca derecha, identifican al mismo PRI, un partido político cuya ideología tiene tantos rostros como grupos de poder cohabitan en su interior. Monopolio del poder Pero si bien durante sus primeros 70 años de vida de poco sirvió el debate interno sobre la identidad del PRI -de 1929 al año 2000-, la necesidad de una identidad propia se volvió una urgencia cuando perdió el poder federal, precisamente en 2000. Y es que contra experiencias convencionales de partidos políticos en casi todo el mundo, el PRI mexicano no nació como un partido ideológico, no nació como una ideología que logró permear y convencer al electorado hasta acceder al poder, sino que fue fundado desde el poder mismo, como instrumento para monopolizar el poder, y con ello terminar con las luchas de los caudillos. Pero además, desde su nacimiento y hasta que perdió el poder, el PRI se construyó a partir de tres grandes sectores sociales, fundamentales para mantener los equilibrios; los campesinos, los obreros y los sectores populares. Esa estructura de reparto de poder sectorial y territorial, y el control político y presupuestal del gobierno federal -y durante muchas décadas del control de los tres niveles de gobierno-, le dieron la capacidad de mantener viva y vigente una simulada democracia electoral y lo mantuvo alejado de las tentaciones de los caudillos. En realidad el PRI se convirtió en el más eficiente aparato para la reedición sexenal de los grupos políticos y económicos que pretendían el poder: la llamada institucionalización de la Revolución Mexicana. Por eso, en ese esquema -el de un partido nacido desde el poder, para mantener el monopolio del poder, que no de una ideología determinada, y apoyado en los tres grandes sectores sociales-, era indispensable mantener el control de sus tres pilares fundamentales: los campesinos, obreros y sectores populares. De esa forma nacieron las poderosas centrales campesinas, obreras y aquellas que no cabían en los dos anteriores; el llamado sector popular. El acceso al poder en el PRI pasaba, sin excepción, por el beneplácito, la negociación y el acuerdo con los fuertes liderazgos campesinos, obreros y populares, que al mismo tiempo establecían un puente entre el poder sexenal y las distintas clases sociales. Organizaciones como la CTM, CNC y CNOP -entre las más importantes de cada uno de los tres grandes sectores-, mantenían una fuerte presencia en cada una de las entidades del país, y al igual que en el relevo sexenal federal, en cada uno de los estados participaban activamente para la renovación de los gobiernos locales, estatal y municipal. Pero si bien los tres sectores del PRI eran un poder real, si bien significaban el control político de sus respectivos representados, ese control no era ideológico, no reclamaba la pertenencia a una identidad ideológica, sino que era un control corporativo. Más aún, en la CTM, CNC y CNOP, convivían y competían lo mismo dirigentes identificados con la izquierda, la centro-izquierda, que la derecha o la centro-derecha. Y esa cohabitación se daba sin más dificultad que la planteada por la lucha de espacios de poder. En tanto partido que nació desde el poder y para mantener el monopolio del poder, el PRI otorgaba a su líder máximo, al César en turno, al presidente de la República, no sólo todo el poder, sino la facultad de decidir el rumbo político, económico e ideológico del partido y, por supuesto, del país. El relevo sexenal convertía en presidente de la República al que así convenía a la camarilla saliente, en acuerdo con los tres sectores, los que nunca colocaron la ideología del escogido en la mesa de las discusiones. El elegido era aquel capaz de garantizar la salud del sistema y el reparto del poder sexenal, y al momento de ser ungido se convertía en el todo poderoso, el infalible, el sapiente César en turno, al que nadie le cuestionaba si su ideología era contraria a los intereses de los obreros, los campesinos o los sectores populares. Los sectores no se equivocan, se decía. ¿Para qué quería el PRI una ideología -más allá del ideario de la Revolución Mexicana-, si en su aceitada maquinaria de poder no había espacio más que para el reparto del poder? Partido sin poder A los priístas les gusta decir que el PRI es el gran constructor de las instituciones, y que sin el PRI no se entendería el México de hoy -porque en efecto, no hay referencias de comparación-, pero no les convence la idea de que su partido funcionó, más o menos bien, cuando la emergencia del momento era mantener acuerdos para alcanzar equilibrios. Pero una vez alcanzada la estabilidad política y acotados los caudillos, del acuerdo y el equilibrio se debió pasar a la democracia interna y a la responsabilidad social. Es decir, a la congruencia ideológica. No se dio ese paso, y por eso, la primera gran crisis que vivió el PRI se produjo en ese espacio -1982-1988-, en el de las ideas, cuando el entonces presidente Miguel de La Madrid propuso un viraje ideológico que no gustó y no convenció a un amplio sector del PRI, el que fue aplastado con los viejos métodos de la antidemocracia. Años antes, en 1968, ya se habían prendido los focos rojos. Ya era insuficiente el acuerdo y el reparto del poder, y era urgente abrir espacios a la democracia interna en el PRI, en la sociedad misma, y asumir la responsabilidad con el ideario de origen. El PRI debía transitar de la eficiente maquinaria de poder que había sido, a un partido político real, capaz de ofrecer una propuesta acorde con los nuevos tiempos, y de hacer frente a los crecientes adversarios de la izquierda y la derecha, esos sí, soportados en una plataforma ideológica. En 1968, y en los años que siguieron, hasta 1988, florecieron la derecha y la izquierda mexicanas, al grado que los expulsados del PRI por el gobierno de Miguel de la Madrid, coagularon la más importante corriente social conocida hasta entonces, emparentada con la izquierda. Esa corriente nació en 1988, fue conocida como Frente Democrático Nacional, y estuvo a punto de llevar al poder al ex priísta Cuauhtémoc Cárdenas. La experiencia resultó traumática para el PRI. Como resultado, el propio PRI se propuso un proceso de sucesivas reformas y contrarreformas electorales que buscaron abrir los espacios a la democracia electoral, a la pluralidad política y para hacer realidad el viejo reclamo de sufragio efectivo. Pero el PRI cometió un "pecado mortal". Durante toda la década de los años 90, contribuyó de manera decidida a la transición democrática, que en 1996 hizo posible la más avanzada reforma electoral, pero fue incapaz de llevar, en la misma sintonía externa, las reformas internas para hacer frente a la necesidad de convertirse en un verdadero partido político, para caminar por la nueva realidad político-electoral que el mismo PRI había propuesto, al otro lado de sus fronteras partidistas. El miedo histórico que ha mostrado el tricolor a las ideas, a la democracia interna, a una ideología bien definida, lo llevaron a ser actor central en la transición democrática, pero al mismo tiempo a negarse a su cambio interno. Así, en la primera elección federal con las nuevas reglas, sin el control oficial de las elecciones y en condiciones de equidad -en la contienda federal de 1997-, el PRI perdió no sólo la mayoría en el Congreso, sino que fue derrotado en el Distrito Federal. En condiciones electorales de equidad, transparencia y reglas claras, la derecha, el PAN, y la izquierda, el PRD -partidos que nacieron como propuestas ideológicas, y que a partir de su origen ganaron espacios políticos-, eran más que una realidad, eran adversarios reales, capaces de arrebatarle el poder al PRI. Los focos rojos de 1968, la lección de 1988, el tropiezo de 1997, de nada le sirvieron al PRI. En el año 2000, sin cambio alguno a su interior, el Revolucionario Institucional dejó de ser el partido en el poder federal, perdió las elecciones frente al panista Vicente Fox. Vuelta al origen ¿Qué fue lo que pasó? Nadie en el PRI lo quiso entender. El PRI se negó a ser un partido político real, a definir el campo ideológico en que operaría para mantener el poder, y a depurar su propuesta para hacer frente a los extremos ideológicos que lo habían cercado. Bueno, ni siquiera para efectos retóricos, de la clásica demagogia priísta, se quiso dar el paso de una definición ideológica. Y es que en la práctica es muy poco lo que se puede diferenciar entre las tendencias de izquierda y derecha respecto al PRI. ¿Cuál es la diferencia entre los gobiernos federales del PRI anterior al 2000 y los gobiernos del PAN y del PRD posteriores al 2000? Si se pudieran colocar tres fotografías de los gobiernos de esos partidos, las diferencias serían mínimas. Pocos lograrían encontrar diferencias entre gobiernos de los tres principales partidos, pero todos saben que uno representa, por lo menos en el discurso, a la izquierda, otro a la derecha, o a la ultraderecha, y el tercero... bueno, el tercero representa al PRI, ese partido gelatinoso que no quiere moverse del limbo ideológico que es el centro. Al perder el poder presidencial, el PRI perdió su eje aglutinador -el presidente era el rey sexenal, era la idea y la ideología del partido, el capitán del barco, el todo poderoso, capaz de dar y quitar-, pero también perdió a sus tres sectores (obrero, campesino y popular). Si el presidente en turno era el timonel del PRI, los tres grandes sectores eran los remeros, la fuerza motriz del partido. Al acabar aquel poder, la nave va a la deriva, se desmoronan los sectores -porque pierden su razón de ser-, en tanto que los espacios los ocupan los gobernadores. El PRI pasó de ser un partido sectorial que al mismo tiempo dominaba el espacio territorial, a ser una federación de partidos, en donde cada gobierno local priísta, cada gobernador, es el nuevo virrey. Nadie está por encima de un gobernador priísta, siempre que el presidente de la República sea del PAN o del PRD. El PRI parece regresar a su origen; un acuerdo de intereses regionales, de reparto equilibrado de poder, sin responsabilidad alguna sobre la ideología, los principios, la doctrina. ¿Dónde ubicar, ideológicamente, a gobiernos como el de Eduardo Bours, en Sonora, y de Ulises Ruiz, en Oaxaca? ¿Cuál es el parentesco ideológico entre ambos? ¿Son Eduardo Bours y Ulises Ruiz políticos identificados con la izquierda? ¿Con la derecha? O existe alguien que crea que son políticos y gobernantes identificados con el centro. Para los gobernadores la ideología es lo de menos. Lo que importa es que son los todopoderosos de sus respectivos territorios. Y cundo ven en riesgo ese poder, o cuando para alcanzarlo les estorba la ideología, la cambian como cambiar de calcetines. Los ejemplos sobran, los Monreal, los Cota, los Sabines... priístas que en formidables saltos discursivos, más que ideológicos, dejaron al PRI y se convirtieron en líderes y hasta ideólogos de la izquierda mexicana. Por lo pronto, en su cuarta Asamblea Nacional Extraordinaria, y una vez pasada la aduana de la elección de su nueva dirigencia, el PRI se negó a asumir una identidad -que en realidad nunca ha tenido-, cuando su sello lo identifican frente a los electores con la encarnación de corrupción, la ineficacia, el enriquecimiento inexplicable.. Esa parece que quieren que siga siendo su ideología. Beatriz Paredes no la tiene fácil. aleman2@prodigy.net.mx
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