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WASHINGTON.- Cuando hace un par de semanas una delegación de diputados mexicanos visitó Washington para establecer contacto con sus colegas estadounidenses y promover la posibilidad de una reforma migratoria, sus integrantes regresaron a México con las manos vacías, la cabeza llena de humo y la vana presunción de haberse metido "hasta la cocina". Pero si llegaron a la cocina o entraron por la cocina es marginal. En el Congreso estadounidense se prepara de nuevo una pelea en torno a migración y hay límites a lo que podrán realizar los legisladores o el Poder Ejecutivo mexicanos. En realidad, no es la primera delegación legislativa mexicana o de cualquier país que cree haber logrado avances, o aun acuerdos, que se engañan a sí mismos o quieren magnificar su importancia. Lo cierto es que la posibilidad de que en este 2007 haya una reforma migratoria es mayor que el año pasado. Pero, también es real que la posibilidad de que sea una legislación que satisfaga los intereses de los hispanos en general y, los mexicanos en particular, es más bien pobre, y que lo que sea aprobado resulte limitado y no resuelva el problema, aunque, ciertamente es de esperarse que lo cambie. Para ser francos, las ilusiones de los legisladores mexicanos tienen más que ver con buenos deseos e ignorancia que con incapacidad o perversidad. La cuestión migratoria es, y se ha transformado, en una "papa caliente" política que, en una sociedad con miedos al terrorismo y preocupada por situaciones económicas personales con un cuerpo político que frecuentemente exagera las situaciones, desató reacciones encontradas, mayormente contrarias a los migrantes, en especial los indocumentados. En ese marco, la idea de que los demócratas son los amigos que van a hacer "algo" por los migrantes puede verse disminuida por una compleja realidad política electoral donde ya se juegan posiciones de 2008 y más allá. Peor aún, algunos de los candidatos triunfadores del partido demócrata, en los pasados comicios legislativos, estarían cómodos entre los republicanos: el senador James Webb y el diputado Heath Schuler, tan sólo por dar dos ejemplos. Con todo, los demócratas tienen razón para tratar de conquistar a la creciente minoría hispana, y aunque deben también pensar en los inconvenientes entre sus actuales electores, deben por lo menos hacer un esfuerzo público para tratar de lograr una reforma inclusiva. Muchos repúblicanos, por su parte, creen que la inversión que el presidente George W. Bush trató de hacer al lograr la reforma migratoria fue contraproducente. Al margen de que, por supuesto, no les conviene la idea de una regularización masiva de residentes indocumentados que podrían alterar de forma definitiva la situación política en los estados del suroeste del país, tradicionalmente dominados por ellos. Cierto que Mexico no puede sólo sentarse y esperar. Tiene demasiados intereses en el tema como para olvidarlo. Sin embargo, tiene también enormes intereses en la relación con Estados Unidos y una obligación primordial de tratar de retener a sus ciudadanos por la vía de la creación de empleos y promoción de bienestar en México. La Cancillería mexicana logrará tener un programa que al mismo tiempo buscará suavizar las asperezas y reducir las resistencias en Estados Unidos; sin embargo, sea cual sea no será un camino fácil.
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