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    Desde la Casa Blanca
José Carreño
18 de febrero de 2007

WASHINGTON.- Cuando una publicación ligada a Al-Qaeda amenazó con realizar ataques contra proveedores de petróleo de Estados Unidos, muchos se dijeron sorprendidos, pero en cierta forma está lejos de ser el primer ataque de la agrupación extremista contra México.

Para Al-Qaeda, México y otros países no son más que "daño colateral", obstáculos marginales en el camino para golpear a su principal enemigo, Estados Unidos. Pero eso no hace que sus golpes sean menos peligrosos o dolorosos.

El primer ataque prácticamente directo fue el 11 de septiembre de 2001: una docena de migrantes mexicanos murieron ahí, junto con otras 3 mil personas estadounidenses y de otras nacionalidades.

En cierta forma, los problemas en la economía estadounidense causados por los ataques, la reacción antimigrante posterior y que todavía dura, pueden contar como ataques a intereses mexicanos.

De hecho, la mera idea de que un grupo terrorista pueda entrar a Estados Unidos a través de las rutas usadas por los indocumentados es uno de los motores que empuja las corrientes antimigrantes siempre presentes en la sociedad estadounidense.

Al margen de cualquier filiación ideológica, la razón de la amenaza no es otra sino la ubicación geopolítica de México. Las mismas razones que llevan a los cárteles internacionales del narcotráfico a buscar el paso a través de México (y aliarse con cárteles mexicanos) para llegar al rico mercado en Estados Unidos es esa situación, ¿Por qué habría de extrañar que los terroristas busquen lo mismo?

Igualmente, la interrelación con Estados Unidos hace de los mexicanos un blanco. De hecho, un atentado terrorista mayor en cualquier ciudad grande de Estados Unidos conllevaría también víctimas mexicanas, sin contar las consecuencias que puedan tener sobre la economía y la sociedad de México.

Para bien o para mal, México y Canadá están en medio del problema, sin otro pecado que su situación geopolítica y su comercio. Y en ningún caso hay nada que se pueda hacer para resolver el problema de otra forma que con vigilancia, medidas antiterroristas y ciertamente, en México, el restablecimiento de la autoridad en áreas que ahora son usufructuadas de hecho por la delincuencia organizada.

Las autoridades estadounidenses afirman que el terrorismo y el narcotráfico están cada vez más entremezclados y en esa opinión hay mensajes implícitos.

Si por un lado la idea pudiera considerarse como una expresión del interés de la Agencia Antinarcóticos (DEA) por un pedazo del prestigio, los recursos y la influencia que implican en Estados Unidos el ser parte de la lucha antiterrorista, por otro existe también la realidad de que, según la propia DEA, con la desaparición de los gobiernos "patrocinadores" las organizaciones políticas armadas recurrieron a las drogas.

La DEA usa las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los vínculos que le atribuyen con cárteles colombianos y mexicanos como uno de los ejemplos. El otro son los talibanes afganos y los cultivadores de amapola.

La opinión de la jefatura de la DEA puede o no ser correcta, pero ese no es el punto. Los mejores autores afirman que los servicios de seguridad deben ser paranoicos. Pero si sus preocupaciones son ciertas, el combate al narcotráfico asume aún mayor urgencia de la que tenía, porque la posibilidad de una presencia de Al-Qaeda redobla los problemas de seguridad nacional.

 
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José Carreño es uno de los más destacados corresponsales en Washington, con casi dos décadas de trabajar en esta ciudad.
 
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