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En un país de pobres, el grupo va por el negocio del sueño aspiracional Que no le temen a la tercera cadena y que quieren competir E l arranque fue espectacular. En todos los espacios que dispone el gigante de la comunicación, Televisa, aparecieron llamativos spots que invitan al nuevo milagro de Televisa, el de la lotería, "El trébol de cinco hojas". Un ciudadano mexicano, igual a los millones "de a pie" -acaso tomado del refranero popular: "Chaparro, prieto y hocicón..."-, invita a los televidentes a alcanzar el sueño de una lujosa casa, una quinceañera sin límite y un auto deportivo. Es el nuevo negocio de Televisa, el de la lotería, que se promociona con "El trébol de cinco hojas", la mejor manera de hacer realidad el sueño... del dinero, la riqueza, la fiesta. Poco se sabe de ese nuevo filón comercial del poderoso grupo multimedia mexicano, además de que va por las jugosas ganancias que reporta anualmente la centenaria Lotería Nacional para la Asistencia Pública -que en 2007 cumple la friolera de 236 años de existencia, luego de que fue creada el 7 de agosto de 1770, en la Colonia, bajo el auspicio del rey de España, Carlos III-, institución mexicana que desde el gobierno de Vicente Fox quedó reducida a la categoría de feudos de la controvertida Elba Esther Gordillo, lideresa del magisterio. No se sabe si los permisos oficiales para ese nuevo negocio, para un juego de azar como el de la lotería televisiva, es parte de los permisos que autorizó al final de su gestión el entonces secretario de Gobernación, Santiago Creel -como una manera de congraciarse con el Grupo Televisa ante su eventual impulso como candidato presidencial desde la residencia oficial de Los Pinos-, o si se trata de una más de las muchas sorpresas que siempre guarda bajo la manga el consorcio de Emilio Azcárraga Jean, el joven empresario de los medios electrónicos que en una década al frente del grupo que heredó de su padre, El Tigre Azcárraga, revirtió de manera dramática los números de la empresa hasta convertirla en una de las más rentables del mundo. Lo que queda claro, sin embargo, es que en un país con la mitad de su población sumida en la pobreza extrema y la pobreza a secas, el Grupo Televisa decidió montarse precisamente en el negocio de la pobreza; en el sueño de sacar de pobres a un puñado de "suertudos" -mediante los sorteos que propone Televisa-, antes que entrarle a negocios, por ejemplo, de la educación y la cultura, en serio. El negocio de la pobreza, en su vertiente aspiracional, convertido no en una política de Estado para la "asistencia pública", sino en un negocio privado que venderá el sueño de la riqueza con pragmáticos fines de lucro. Pero en tanto monopolio mediático, el problema no está o no parece estar sólo en la responsabilidad social de Televisa -que nos guste o no, está en lo suyo, en el negocio-, sino en la deficiente o nula regulación estatal de ese formidable poder que es la televisión privada, en general, y en particular su máximo exponente en México y en el mundo de habla hispana, Televisa. Otro monopolio Pero llama la atención, a propósito de la "lotería" de Televisa, la peculiar concepción que muestran los ejecutivos de esa empresa respecto a los monopolios. ¿Por qué decidieron incursionar en la lotería? La pregunta es necia y la respuesta igual. Porque es un negocio harto rentable, sobre todo en un país de millones de pobres -y en un continente en donde las cosas no son mejores, porque al parecer ese negocio será continental-, en donde las ganancias son precisamente resultado del sueño aspiracional. Pero lo interesante viene cuando se plantea la segunda interrogante: ¿qué no es, o era, la Lotería Nacional para la Asistencia Pública un monopolio estatal? Pues sí, todo indica que Televisa pretende engullir completo uno de los más antiguos monopolios estatales, el de la Lotería, que se gestó desde la Colonia, incluso antes de que México se constituyera como Estado-nación. ¿Por qué sobrevivió la muy mexicana Lotería Nacional -que incluso fue un modelo que, en su tiempo, copiaron en muchas partes del mundo-? Por dos razones: por su profundo carácter aspiracional asociado a las características de la población mexicana, compuesta fundamentalmente de ciudadanos pobres, y por su transformación como institución asistencial. Pero se volvió una institución "noble", alejada del lucro privado, precisamente cuando la rentabilidad de ese formidable negocio se trasladó a las arcas del Estado. Esa característica legitimó su existencia como institución de beneficencia. Pero en el México de 2007, del nuevo siglo, de la naciente democracia, de la pluralidad y del fin del partido único, eso parece no importarle a nadie. Televisa va por el negocio de la lotería, que era un monopolio estatal con fines asistenciales, para convertirlo en un negocio privado, con estrictos fines de lucro, sin que se lo impida regulación alguna. Esas, dirán los ejecutivos de Televisa, son las reglas del juego. Y podrían tener razón. ¿Pero qué pasa en sentido contrario? ¿Qué ocurre cuando a través de un grupo económico privado, como el duopolio de la televisión, el Estado mexicano insinúa siquiera se podría tocar ese duopolio de los medios electrónicos, para crear una tercera cadena de televisión? Lo que no se vale La respuesta la conocemos todos, la vimos en las pantallas de la televisión, de Televisa y Azteca. Mediante cuestionables métodos informativos, que poco o nada tenían de ético, los dos poderosos grupos de la televisión privada hicieron pedazos en sus espacios informativos a los grupos empresariales Saba y GE, por haber cometido el pecado de pretender, sólo pretender incursionar en el mercado mexicano de televisión. Pero no fue todo, enviaron los mensajes respectivos al naciente gobierno mexicano para "apretar tuercas" a todo aquel que pudiera insistir en la "peregrina idea" de una tercera cadena de televisión abierta, o mejor, una cadena de televisión estatal. En pocas palabras, cuando se trata de un monopolio del Estado, como el de la Lotería, cuyas utilidades van destinadas a la asistencia pública -esto sin olvidar que en no pocos regímenes priístas la Lotería Nacional no era más que la caja chica para financiar actividades políticas y para generar formidables fortunas personales-, los poderes mediáticos y fácticos como Televisa se abalanzan sobre ese jugoso negocio, sin que exista resistencia alguna del Estado. Pero cuando el Estado intenta regular y diversificar el poder de los grupos mediáticos como Televisa y Azteca, esos poderes dejan caer todo su peso sobre el ingenuo que los alcanza, siquiera, con el pétalo de una insinuación. Pero la impunidad no es total. O por lo menos no limita la opinión o la crítica. Apenas el domingo 28 de enero pasado (semanario Proceso), el ex ejecutivo de Televisa, Miguel Alemán Velasco, alzó la voz contra los excesos cometidos por Televisa. "Eso no se vale, yo estoy de acuerdo en que hagan todo lo posible por defenderse, pero el poder no se utiliza así. No, no se vale. La Ley Federal de Radio y Televisión, en su artículo 120, es clarísimo. Si uno hace eso le quitan la concesión", dijo en referencia a la guerra que Televisa y Azteca desataron contra los grupos Saba y GE. "Creo que legalmente revisaron lo que hicieron y ya le pararon", dijo Alemán Velasco. Lavar la imagen Y en efecto, hay indicios de que en Televisa se estaría pensando en un cambio radical de actitud frente a la siempre severa crítica del llamado círculo rojo, hacia el poderoso consorcio mediático. ¿Cuál podría ser ese cambio? Bueno, que como lo señaló Alemán Velasco, habrían decido rectificar en dos posiciones que parecen estratégicas para Televisa; el de la tercera cadena de televisión abierta y, sobre todo, en el papel de los medios electrónicos en los procesos electorales. Sin duda que para el llamado círculo rojo -y en realidad para amplios sectores sociales-, resulta difícil creer que Televisa estaría dispuesta a que se abriera una tercera cadena de televisión -que se abriera a la competencia de una oferta ya agotada-, y que las televisoras y los grandes grupos concesionarios de la radio pudieran quedar al margen de los procesos electorales, que les guste o no, se han convertido en otro de los grandes filones económicos. En el fondo, el dinero público que reciben los partidos políticos se ha convertido en la mayor transferencia de recursos públicos a manos privadas. En el primer caso, el de la tercera cadena de televisión, poco se sabe de lo que piensa hacer el gobierno de Felipe Calderón, además de que no es una de sus prioridades, por lo menos, en el primer año de su gobierno. Queda claro que el nuevo gobierno no pretende enfrentarse con el poder fáctico de las televisoras en los meses venideros, ya que una guerra de ese tipo podría resultar catastrófica al arranque del gobierno. El presidente Calderón parece decidido a seleccionar sus batallas, y el tiempo en el que las llevará a cabo. ¿Pero las cosas seguirán así en el segundo año? Nadie lo sabe; lo que sí se sabe es que la relación entre los ejecutivos de Televisa y el nuevo gobierno federal no vive sus mejores momentos. Por lo pronto, apenas el pasado viernes (diario Milenio), el presidente y accionista mayoritario de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, ofreció una entrevista -que no se supo dónde la ofreció y a propósito de qué habló del tema-, en la que dijo no temer al surgimiento de una tercera cadena de televisión en México: "Estamos acostumbrados y dispuestos a competir, desde que empezamos en radio, en 1930", dijo, y enumeró los muchos años de construcción de Televisa que, según su versión, fueron producto de la competencia. Y en efecto, Televisa compitió y lo ha hecho desde siempre. Pero vale una pregunta fundamental: ¿cuál es la competencia a la que se refiere el señor Azcárraga Jean? Y vale la interrogante porque existe la competencia leal y la desleal. ¿Era competencia leal aquella en donde Televisa se asumía como "soldado del presidente"? En todo caso, la interrogante debía ser anterior. ¿A eso se le puede llamar competencia? En todo caso, lo verdaderamente interesante se podría localizar en la preocupación de Televisa por sus excesos y la arrogancia con la que ha actuado. Pareciera que esos excesos y esa arrogancia habrían empezado a mostrar un saldo negativo que, al parecer, quisiera ser corregido. Por lo pronto, son muy pocos lo que creen que Televisa realmente esté dispuesta a aceptar, en una competencia leal, la existencia de una nueva cadena de televisión. En todo caso, corresponderá al gobierno federal, más que al gigante de televisión, establecer las nuevas reglas del juego. ¿Podrá el gobierno de Calderón? ¿Tendrá las agallas suficientes el presidente Calderón? Hasta no ver, no creer. Reforma electoral Pero queda pendiente la otra vertiente, la que tiene que ver con los procesos electorales. Y tienen razón en Televisa cuando se argumenta que frente a la facturación anual del grupo, el dinero proveniente de las campañas electorales resulta ser un porcentaje poco significativo. En efecto, el dinero público transferido a las televisoras a través de los partidos políticos y sus candidatos a puestos de elección popular, es una porción poco significativa frente al gran total de ingresos. Pero ese no es el problema. El problema es que la participación mediática de la televisión en los procesos electorales, tiene una resultante que va más allá del dinero, de las ganancias en monetario. Nos referimos a otra utilidad, la influencia política. ¿Qué vale más, el dinero que entra a las televisoras por las campañas, o el control político que les significa a esas televisoras contribuir a la construcción o destrucción de carreras políticas, gobiernos en los tres niveles de gobierno? ¿Qué no es más valioso el blindaje político que se consigue cuando las televisoras son, en una democracia bananera como la mexicana -porque en las democracias modernas la televisión está acotada de los procesos electorales-, una pieza fundamental para la edificación de la democracia electoral? Ese es el problema, más que de dinero. Y mientras que sobre ese tema nada se ha dicho en Chapultepec 18, en el Congreso ya se camina en torno a la Ley para la Reforma del Estado, en donde existe un apartado reservado para la participación de la televisión en los procesos electorales. Sólo que allí se encuentran políticos de altos vuelos, como Emilio Gamboa -operador de, por ejemplo, la "Ley Televisa"-, cuya gestión será determinante. La gran pregunta no es hasta dónde pretende llegar Televisa -porque si la dejan se convertirá en el poder de los poderes-, sino hasta cuándo los poderes del Estado impondrán las regulaciones necesarias para impedir los monopolios. Al tiempo. En el camino El pleno del Instituto de Acceso a la Información Pública del Distrito Federal designó al periodista Alejandro Olmos como nuevo director de Comunicación Social. El instituto, encabezado por el maestro Óscar Guerra, eligió a Olmos debido a que se trata de un profesional de la comunicación, con más de dos décadas de experiencia en el diarismo -EL UNIVERSAL, La Jornada-, y en la comunicación social de Petróleos Mexicanos, la Secretaría de Educación y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. aleman2@prodigy.net.mx
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