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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
13 de febrero de 2007

¿Y el PRI?

A la luz de las más recientes elecciones federales queda claro que a nivel nacional el partido sigue en constante deterioro

El próximo domingo 18 de febrero, los casi 18 mil consejeros del PRI en todo el país podrán elegir a sus nuevo presidente y secretario nacionales. Contra lo que ocurrió apenas en días pasados en el PRD -cuyos jaloneos y luchas intestinas llamaron la atención social y mediática-, y lo que veremos en las semanas próximas en el PAN -en donde se renovará el estratégico consejo nacional-, en el PRI pasa todo, pero en realidad no pasa nada.

¿A quién le importa el relevo en la dirigencia nacional del PRI? Está claro que les importa a esos casi 18 mil priístas, delegados con derecho a voto, que están llamados a seleccionar entre cinco alternativas dadas, pero sólo dos con posibilidades reales. Es obvio que les interesa ese proceso a los cinco competidores: Beatriz Paredes, Enrique Jackson, Javier Oliva, Alejandro Gárate y Sergio Martínez. También les importa a los 17 gobernadores de origen priísta, quienes en realidad serán los grandes electores. Pero fuera de ese puñado de priístas, a muy pocos les importa lo que pasa en el otrora partido único.

¿Por qué ese desinterés social, mediático y hasta político por lo que pasa en el PRI? Nadie puede negar que el Revolucionario Institucional sigue siendo una de las tres grandes fuerzas políticas nacionales -en realidad la tercera de esas fuerzas en cuanto a votos-; fuerza que después del poder presidencial en manos del PAN, cuenta con el mayor número de posiciones reales de poder -17 gubernaturas, el mayor número de congresos y alcaldías locales, el segundo lugar en el Senado y el tercero en la Cámara de Diputados-, lo que en números absolutos lo ubica como el único partido nacional. Pero si el PRI es la mayor fuente de poder en los tres niveles de gobierno, ¿por qué una decisión como la elección de su nueva dirigencia nacional no causa el interés que muchos suponían?

A la luz de las más recientes elecciones federales -las de 1997, 2000, 2003 y 2006-, queda claro que a nivel nacional el PRI sigue siendo un partido en constante deterioro, que pierde simpatías y preferencias electorales frente a sus dos grandes adversarios; PAN y PRD, partidos que en elecciones federales ganan simpatizantes coyunturales -como resultado del creciente antipriísmo en cargos federales-, pero no así en elecciones locales. En el espectro regional, por lo menos la mitad del país el PRI sigue siendo el partido hegemónico, en tanto que PAN y PRD tienen localizada su fuerza en regiones históricas, relativamente menores.

Y aquí es precisamente donde se localiza el fenómeno político-electoral que enfrenta el PRI en el nuevo siglo. En el fondo, el PRI pasa por un proceso de regresión a su origen, el de partidos regionales y/o estatales, que se mueven a partir de sus propios recursos políticos y económicos, con sus propias reglas y en donde los liderazgos reales no son los nacionales, sino los del poder local en turno. No es ninguna novedad que cuando el PRI perdió el poder presidencial, que era el eje articulador de su predominio nacional, también perdió su columna vertebral; se rompió en tantos partidos como centros regionales de poder. Es decir, que al no existir el poder y el control presidencial, los gobernadores del PRI ocuparon ese lugar como cemento articulador del partido en cada uno de los estados que gobiernan.

Por eso perdió interés -para los ciudadanos en general-, el proceso de selección de la dirigencia nacional del PRI. ¿A quién le importa ese proceso, por ejemplo, en el Distrito Federal, Guanajuato, Michoacán, y en otras entidades gobernadas por el PAN y PRD? A muy pocos. Y es que salvo una reforma estatutaria y un profundo cambio en la cultura política del priísmo, la dirigencia nacional de ese partido se ha convertido en una suerte de oficialía de partes, de burocracia para la administración de los procesos políticos y de los dineros públicos que recibe. Así, los centros reales de poder en los que se procesan las candidaturas a gobernador, diputados federales y locales, senadores y alcaldes, se dan en cada uno de los comités estatales, en donde las fuerzas políticas y económicas locales dan y quitan, ponen o imponen. En la mayoría de los casos, la dirigencia del PRI nacional sólo avala las decisiones locales, porque el centro de poder está en cada una de esas entidades.

En el fondo los únicos interesados en pelear la dirigencia del PRI son, por un lado, los gobernadores -en realidad los electores reales y casi únicos en el proceso del domingo venidero-, y por el otro los jefes de los poderes federales -de los senadores y diputados-, y lo que queda de la estructura corporativa de los sindicatos. Por eso, lo que veremos el domingo próximo no será más que un acuerdo cupular -pasado por las urnas-, en donde los más se quedarán con la franquicia del partido, sobre los menos, que podrán o no hacer caso a la nueva dirigencia.

En todo caso, la disputa por la dirigencia se reducirá a un juego de vencidas entre ese puñado de intereses, en donde ganará aquel o aquella que muestre una mayor capacidad para repartir posiciones. Pero los priístas de a pie y los ciudadanos se quedarán "como el chinito; nomás milando". Y en esas vencidas lleva mano Beatriz Paredes. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mex

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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