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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
11 de febrero de 2007

Pleitos menores: Payán, Noroña, Bejarano, ocultan la realidad

Desviaciones y la responsabilidad legislativa, los pendientes

L a genética peleonera de ese adolescente que es el Partido de la Revolución Democrática -apenas cumple 17 años de vida-, hizo suponer a muchos que el Consejo Nacional que inició ayer tiene como centro del debate las vulgares peleas entre sus tribus . Que si unos quieren o no como candidata en Yucatán a la señora Ana Rosa Payán, que si otros quieren o no como vocero al locuaz Gerardo Fernández Noroña. Que los de más allá quieren impedir el regreso de los bejaranistas, y que si los del otro extremo prefieren el bajo perfil para cachar las migajas.

Peleas estridentes, sin duda, que lastiman la imagen, la confianza y la credibilidad del partido político que hace 17 años nació como la alternativa real de poder de la izquierda mexicana y que, paradoja de esa tendencia política, se encuentra en su peor crisis justo cuando alcanzó los mayores éxitos electorales, los mayores espacios de poder y cuando pudo superar al movimiento social que le dio origen.

El PRD nació de una gesta similar, la de 1988, que debió llevar a Cuauhtémoc Cárdenas al poder. Entonces un fraude descomunal le arrebató la Presidencia de la República. Pero entonces, más allá de gritar por el fraude, sus líderes históricos se dieron a la tarea de construir un partido que en su nombre llevó su objetivo; la revolución democrática. No se había cumplido ni una década de aquella histórica decisión, cuando junto con un empuje social impensable, en 1996, se crearon las condiciones legales para que esa izquierda accediera al poder. Y tan fue así, que al año siguiente, en 1997, Cárdenas se convirtió en jefe de Gobierno del DF. Y cuando muchos creyeron que esa izquierda podría alcanzar el poder en 2000, apareció la figura de Vicente Fox, el populachero político que desde la derecha capitalizó ese esfuerzo.

Un recambio de liderazgos y un sexenio después, en 2006, de nueva cuenta esa corriente política se encontró a las puertas del poder. Pero en esta ocasión no fueron Salinas ni el fraude patriótico los responsables de que esa izquierda y su candidato, Andrés Manuel López Obrador, no llegara al poder. No, por más que los enamorados y fanáticos del líder mesiánico pretendan justificarlo, en esta ocasión el problema vino de dentro, del interior del PRD.

Las nuevas reglas electorales -imperfectas y todo-, no fueron el verdadero obstáculo. No, ese espectacular movimiento social se desfiguró y no fue capaz del jalón final, no por las perversidades del poder, de la derecha y de los empresarios, sino que fue demolido desde el centro de su principal liderazgo, desde las estrategias equivocadas, las decisiones autoritarias, las imposiciones antidemocráticas del mesías en el que toda esa izquierda, empalagada con el poder, negada para la autocrítica, amnésica de sus principios, depositó sus esperanzas.

A nadie le importaron las desviaciones ideológicas, no valieron los llamados a respetar la vida democrática interna, no fueron escuchados los gritos que apelaban a la congruencia mínima y tampoco las voces de los que advertían del peligro colectivo por la soberbia desmedida. Nadie quiso ver que en su delirio de poder, el PRD se parecía cada vez más al PRI, el partido y la cultura que por décadas impugnaron las corrientes históricas de izquierda. Tampoco quisieron ver los evidentes síntomas de una perniciosa enfermedad, la del presidencialismo al más puro estilo del PRI, que acercó al PRD a la derecha y hasta a la extrema derecha. Se valía todo con tal de ganar.

Ciegos y sordos

Por eso hoy resulta ridículo, ofensivo para la historia de ese partido y para los muchos que dieron su vida por la revolución democrática, que en lo que debiera ser el primer ejercicio serio de autocrítica -el corte de caja para revisar las torcidas estructuras ideológicas, la vapuleada doctrina, las desviaciones y hasta las traiciones-, los perredistas le salgan a la sociedad con el cuento de vulgares peleas que sólo pretenden desviar la atención de los problemas reales, de fondo, que enfrenta esa fuerza política. Vale recordar que el PRD, igual que el resto de las fuerzas políticas mexicanas, son entidades de interés público. Por eso deben rendir cuentas a todos, sean o no simpatizantes o afiliados.

Pero no, cuando se le interroga a un perredista de altos vuelos sobre el triste espectáculo que ofrecen, la respuesta resultó penosa. Respondió con preguntas como las siguientes: "¿Qué no es suficiente el escándalo por la candidatura de la señora Payán? ¿Qué no es un escándalo el comportamiento del vocero Fernández Noroña? ¿Qué se debe pasar por alto el pretendido regreso de la señora Dolores Padierna?".

En efecto, se trata de tres "perlas" que pueden simbolizar la crisis que vive el PRD. Pero en los tres casos, y en muchos otros que se pueden enumerar, lo cierto es que no se trata más de que el resultado de vergonzosas desviaciones que vienen de lejos, que tienen un origen bien conocido por todos en el PRD, pero que muy pocos han querido ver y menos escuchar. ¿Por qué nadie quiere ver y escuchar? Muy simple, porque durante el sexenio 2000-2006 todos aceptaron que el PRD se convirtiera en un partido a imagen y semejanza del PRI, un partido de un solo hombre, al que todos elogiaban, al que todos se sometían, al que nadie se atrevía a criticar, porque era la encarnación, en el PRD, de la vieja y mítica figura del viejo presidencialismo priísta.

El problema, les guste o no a los perredistas, se llama Andrés Manuel López Obrador, hijo político de Cuauhtémoc Cárdenas, "líder moral" al que AMLO traicionó en cuanto llegó al poder como jefe de Gobierno del DF. Nadie puede olvidar que desde diciembre de 2000 y en tanto depositario del más alto cargo público que había logrado ese partido, el GDF, el señor López Obrador se dio a la tarea de preparar su candidatura presidencial para 2006. Para ello requería quitar del camino a Cárdenas, y por ello recurrió al "parricidio político". Luego destruyó políticamente a la que entonces apuntaba como heredera de Cárdenas, a la señora Rosario Robles, al tiempo que convirtió al PRD en una copia fiel del PRI.

PRD, igual al PRI

Si en el viejo sistema político, en el PRI, el detentador del poder máximo, el presidente en turno, era el jefe del partido, el que daba y quitaba, el que prohijaba o destruía vidas políticas, en el PRD del sexenio pasado, y desde la jefatura de Gobierno del DF, López Obrador se apoderó del partido, desde donde dictó la línea a seguir en los seis años de su gestión. Impuso al dirigente del partido, al anodino Leonel Cota, y por supuesto que también impuso a Gerardo Fernández Noroña, un perredista gris, habilidoso para la política callejera, para el discurso facilón, para el esgrima verbal, pero dócil a los liderazgos como el de AMLO. Ese político al que muchos motejaban como El Loquito, se ganó el favor de López Obrador, quien a cambio le dio la encomienda de vocero del partido.

Pero además López Obrador montó una estructura de corrupción y corporativismo, al más puro estilo del PRI, a través de los grupos clientelares del "brillante" René Bejarano -su brazo derecho para el chantaje, la trampa, la recolección de dinero negro-, a quien usó para el trabajo sucio y al que desechó cuando ya le resultaba un lastre, luego de los llamados "videoescándalos". Además, el Gobierno del DF, como ocurría con el PRI, fue la fuente de dinero público para sostener una candidatura presidencial de casi seis años. La obra pública se entregó en muchos casos sin licitación -y ahí están los segundos pisos-, porque ese era el juego, entregar ganancias fabulosas a empresarios "amigos", a cambio de financiamiento para la campaña.

Las alianzas con la extrema derecha fueron también obra de López Obrador. En efecto, el PRD apoyo al PAN y la candidatura de Ana Rosa Payán -cuando la panista ganó la alcaldía de Mérida- para derrotar al PRI yucateco. Más aún, en 2000, el PRD apoyó al actual gobernador yucateco, Patricio Patrón Laviada, también contra el PRI. Esas alianzas no tenían otra explicación que ganar votos para el PRD y derrotar al PRI. Hoy, López Obrador instruyó a su incondicional, Leonel Cota, para que, de nueva cuenta, la ultraderechista Ana Rosa Payán fuera apoyada por el PRD.

Pero no es todo. El odiado Carlos Salinas, que durante años resultó la fuente del discurso de AMLO, en realidad fue metido al PRD por el propio López Obrador. ¿Quién convirtió a Manuel Camacho, a Marcelo Ebrard y a muchos otros salinistas en perredistas del primer círculo? ¿Quién convirtió al PRD en "refugio de impunidades", como denunció recientemente Jesús Ortega? ¿Quién llevó al PRD a Socorro Díaz, Arturo Núñez, a José Guadarrama y a muchos otros salinistas y enemigos declarados de la izquierda? El responsable de esas alianzas, verdaderas desviaciones ideológicas del partido que dice representar a la izquierda, se llama Andrés Manuel López Obrador, quien además se empeñó, de manera tramposa, nada democrática y al más puro estilo del PRI, en hacer de Marcelo Ebrard su candidato a jefe de Gobierno del Distrito Federal, por encima de la candidatura de Jesús Ortega, un perredista de toda la vida.

El colapso

Está claro que nadie puede negar que el fenómeno político de López Obrador, el llamado "efecto López Obrador", tiene detrás un movimiento social legítimo, cuyas causas y demandas no pueden ser ignoradas. Pero resulta que eso no es lo que está a discusión, ese no es el problema, porque en el fondo AMLO sólo usó esa fabulosa fuerza social para sus fines personalísimos, sus desmedidas ambiciones de poder, y sus delirios persecutorios.

Nadie duda que el fenómeno López Obrador se creó gracias a una combinación de factores políticos y sociales, reales y fortuitos, entre otros los de un liderazgo auténtico, una figura carismática que se valió de aciertos mediáticos como "las mañaneras", un exitoso programa social -populista o no-, como la ayuda a los "viejitos" y a las madres solteras, y que tuvo de su lado el reflector y la imagen que provocan ser el jefe de Gobierno del DF, el segundo centro de poder real. Pero sobre todo, el de AMLO fue un liderazgo que creció hasta los cuernos de la luna gracias a las torpezas del gobierno de Fox, que con el escándalo del desafuero lo convirtió en la víctima del fracasado adalid del cambio. Se trató de una combinación, en mayor o menor medida, de esos y otros factores, que dieron como resultado la imagen del "indestructible".

Pero al tiempo que a los ojos de millones de mexicanos se construía esa imagen del mesías que había nacido para salvar a la patria, al interior del PRD se gestaba un fenómeno que muchos cuestionaban en corto, por lo bajo, pero que la mayoría aceptaba en público, en los escenarios mediáticos. Para el PRD, López Obrador se convirtió, en el sexenio 2000-2006, en el poder por excelencia, en el líder incapaz de equívoco alguno, en el único capaz de llevar a la izquierda al poder, el que daba y quitaba carreras y futuros políticos, en el símbolo del triunfo para esa titánica gesta de la izquierda mexicana, nacida antes siquiera que el PRI y que estaba a las puertas del poder.

Sin darse cuenta, o acaso conscientes de lo que hacían porque se vieron cerca del poder, los dirigentes del PRD, de todas las tribus y corrientes, aceptaron gustosos que su proyecto de partido, el de la revolución democrática, el de la izquierda institucional, el que pagó con sangre su acceso a la vida democrática, lo decidiera un solo hombre; no el más capaz, el más inteligente, el más preparado, el de mayor solidez ideológica, el de mejor proyecto político. No, el destino de la izquierda mexicana, esa de las luchas históricas, fue dejado en manos del más popular. Los perredistas convirtieron un proyecto político, social, ideológico, en un concurso de popularidad.

Futuro incierto

Pero el 2 de julio de 2006 terminó el sueño. Hasta antes de esa fecha fatal par el PRD, la "cargada" era la más gruesa, la más penosa. Se habían doblegado todas la resistencias, todos los principios, toda la doctrina de esa izquierda, al solo sueño del poder. "El poder es nuestro, no importa cómo lleguemos, lo importante es llegar... ya después se arreglará el partido, se corregirán los errores", se decía. Pero no fue suficiente, porque mientras en la cúpula del nuevo PRI se peleaban por los cargos, por la cercanía con AMLO, por las mieles más dulces de un poder prometido, en la parte baja, entre los electores, no había nada claro, se derrumbaban los sueños frente a una realidad del poder priísta reeditado.

El señor López Obrador y sus leales no vieron los errores, los fallos, el exceso de confianza, la soberbia que dominó a ese nuevo poder. Y se perdieron los pocos votos que habían hecho la ventaja. El embelesamiento fue tal, que la caída resultó demoledora. Frente a la derrota, a la realidad, se inventó el cuento del fraude, se mintió a todos, se mintieron ellos mismos, y se tiró a la basura el movimiento social que pudo haber propiciado el gran cambio en México. Y no, el PRD pudo discutir ayer y puede discutir hoy los casos de la señora Payán, del señor Noroña, de los Padierna, pero si se sigue engañando, si pretende engañar a los suyos y a los otros, se quedará en eso, en el partido adolescente, peleonero, incapaz de ser alternativa de poder. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx

estudiantes de bachillerato y nivel superior tiene la Universidad de Guadalajara

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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