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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
06 de febrero de 2007

¿Sin rencillas?

Pero si el de reformar la Constitución es un clamor generalizado, ¿por qué no se han hecho los cambios?

Contra lo que muchos suponían, el presidente Felipe Calderón no dio a conocer ninguna iniciativa de reformas al encabezar el 150 aniversario de la Constitución de 1857 y el 90 aniversario de la Carta Magna de 1917, sino que llamó a los poderes, actores políticos y a los tres niveles de gobierno a renovar el pacto constitucional "sin albergar rencillas, sin reeditar errores y desencuentros que han impedido dar los resultados requeridos".

Sin duda un llamado de sentido común, que al mismo tiempo es un reclamo de todos los partidos políticos, de los poderes y de amplios sectores sociales. Más aún, en las cámaras del Congreso suman cientos las iniciativas de reformas constitucionales, muchas de las cuales cuentan con el acuerdo de todos o casi todos los partidos políticos. Pero si el de reformar la Constitución es un clamor generalizado, ¿por qué no se han hecho los cambios?

La respuesta la dio el propio presidente Calderón el día de ayer: "por rencillas, errores y desencuentros" de los distintos actores políticos. Pero si ya se tienen identificados el qué reformar y en qué sentido hacer las reformas, lo cierto es que en la más reciente década -1997 y 2007- ningún partido político, gobierno o líder ha sido capaz de encontrar la fórmula para descifrar el cómo; cómo superar o desmontar los desencuentros, los errores y las rencillas.

Vale recordar que la última gran reforma constitucional se alcanzó precisamente en 1996, en la primera mitad del gobierno de Ernesto Zedillo, y se trató precisamente de la reforma político electoral que permitió, a partir de 1997, 2000 y 2003, no sólo ciudadanizar los procesos electorales federales y locales, sino hacerlos creíbles, equitativos y confiables. Esa reforma, trascendental porque fue apoyada desde el PRI y el gobierno en turno, permitió precisamente la alternancia en el poder y el fin de la hegemonía del partido oficial en el poder.

¿Cuáles fueron los ingredientes que hicieron posible esa reforma a pesar de rencillas, errores y desencuentros; de que el PRI y el gobierno en turno entraban a una competencia real que los colocaba ante el riesgo de perder el poder? ¿Qué hizo aflorar la sepultada grandeza de los liderazgos y partidos para colocar, por encima de sus intereses particulares, los intereses de todos, del Estado?

Pero se equivocan quienes creen que esa reforma fue posible por la iniciativa del gobierno, o sólo por el impulso y la operación política de los partidos. No, esa reforma fue posible porque desde 1988 se articularon diversas organizaciones sociales, plurales, despojadas de sus respectivas genéticas partidistas y que abanderaron un reclamo social fundamental, el de contar con elecciones confiables, equitativas, transparentes y legales. Así nació esa reforma, que era el primer gran paso para una aspiración de mayor alcance que muchos teóricos llamaron la "reforma del Estado".

Con esa reforma se logró el primer objetivo: la alternancia en el poder presidencial. Se consiguió la caída del PRI y llegó al poder un nuevo partido, o por lo menos un nuevo grupo; el señor Vicente Fox, que llegó al poder bajo las siglas del PAN. Pero cuando todos esperaban que sin el PRI en el gobierno federal se avanzaría en la actualización del resto del entramado constitucional -sobre todo por el valioso bono democrático con el que llegó a Los Pinos el gobierno foxista-, el nuevo gobierno prefirió "enconcharse", confirmar que el "cambio" no había sido más que un recurso demagógico, y poner en práctica el vulgar "quítate tu para ponerme yo".

Todo el sexenio foxista no sólo resultó un fracaso para la reforma del Estado, sino una peligrosa regresión que alimentó el caldo de cultivo para la confrontación política y social, para exaltar "rencores" y "desencuentros" y mostrar los "errores" monumentales del gobierno. En realidad el foxismo se encargó de "reventar" una buena parte de las reformas político electorales de 1996 y de "dinamitar" los puentes entre esa reforma y el resto de los cambios que requería la naciente democracia mexicana.

Hoy el presidente Calderón llama a renovar el pacto constitucional, sin albergar rencillas, sin reeditar errores y desencuentros. Pero aparece una interrogante fundamental. ¿Cómo se logrará superar las rencillas, impedir los errores y salvar los desencuentros? La pregunta plantea un problema mayor, porque ante la realidad política del naciente gobierno de Felipe Calderón -de polarización y confrontación, de venganzas políticas y cobros de facturas-, el llamado de Calderón parece, más bien, un llamado a misa, si no es que un mero deseo de buena voluntad.

Todos conocen la fractura entre el gobierno federal y la dirigencia del PAN. Todos saben que en el PRD ya empezó la sucesión presidencial y que ese partido enfrenta un dilema nada favorable al acuerdo y la negociación, a la grandeza política, porque unos le apuestan a la guerra y otros a la política. Y todos entienden que el PRI no acaba de convertirse en un partido sólido, más allá de sus tribus regionales. ¿Cómo acordar las reformas? Es la gran pregunta que no responde el presidente Calderón. Y se puede ir sin responderla. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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