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Crisis de identidad en la izquierda, la derecha y el centro ¿Existe diferencia ideológica entre los tres grandes partidos? J usto cuando las tres grandes formaciones partidistas mexicanas parecen haber consolidado la cuestionable "partidocracia" -o gobierno de los partidos- que monopoliza la vida institucional, esas fuerzas políticas enfrentan, respectivamente, la más aguda crisis ideológica, de identidad y liderazgos de su historia. De manera simultánea, PAN, PRD y PRI acusan severos síntomas de la "enfermedad del poder por el poder", que trastorna sus sentidos, los vuelve amnésicos a doctrina y principios, y reactivos sólo al olor del poder. Y no, no se trata de una contradicción entre la razón de ser de los partidos políticos -cuyo objetivo es, en efecto, alcanzar el poder-, y el mal que aqueja a esas fuerzas políticas. Está claro que un partido político nace para acceder al poder. Pero para alcanzar ese objetivo debe transitar por los intrincados caminos de la ideología y los principios partidistas; doctrina en la que soporta su proyecto de gobierno y que lo hace diferente al resto de las ofertas que los ciudadanos encuentran en el mercado electoral. Pero en los anaqueles de ese mercado de partidos ya es muy difícil, si no es que imposible, que el consumidor estándar pueda percibir una diferencia entre las ofertas antagónicas de la izquierda y la derecha, PRD y PAN; y entre esas dos otrora bien identificadas mercancías, con el PRI. Y bueno, ya no se hable de la "chiquillería", que lo mismo se vende en vistosas ofertas al lado del PAN, que del PRD o del PRI. En el fondo, los consumidores del mercado político electoral son defraudados cuando compran PAN, PRD o PRI porque si bien los empaques del producto marcan vistosas diferencias, lo cierto es que el contenido es el mismo, o muy parecido. Se vende a los ciudadanos "gato por libre". Y lo peor del caso es que los defraudados no pueden acudir a una "procuraduría del consumidor de partidos políticos". Crisis del poder Por tratarse del partido en el poder, la enfermedad que vive Acción Nacional es la más notoria, sobre todo por la atención mediática que recibe. Los síntomas de esa enfermedad están a la vista de todos. El PAN de hoy, a pesar de su larga trayectoria desde 1939 como el partido de los "místicos de la democracia", de su apostolado por la legalidad y de sus arraigados principios demócrata-cristianos, parece una fuerza política calca del PRI y de sus más cuestionables prácticas. En tanto partido en el poder, el PAN ya es una rentable franquicia de poder, y sus activos políticos han dejado en el bote de basura los principios doctrinarios, para sustituirlos por el más ramplón pragmatismo del poder. El mejor ejemplo es la vergonzosa y pública pelea del señor Manuel Espino y el presidente Felipe Calderón. ¿Qué pelean?, preguntamos aquí hace no muchas semanas. No pelean por el regreso a su origen, tampoco por la recuperación de su rica herencia democrática, y menos por rescatar sus valores. No, pelean el poder. El grupo del señor Espino, que representa a la ultraderecha empoderada en el gobierno de Vicente Fox, se empeña en seguir detentando ese poder, frente al grupo de los felipistas, que han regresado por lo que, dicen, les fue arrebatado. Esa descomposición ya atacó a todo el cuerpo partidista, en casi todo el país. Los casos abundan: Yucatán, Guerrero, Guanajuato, Monterrey, Jalisco, Baja California... Más los que se sumen hoy o mañana. Pero a nadie debiera sorprender esa pelea. ¿Por qué? Porque el gobierno que se fue, el de Fox, construyó el edificio partidista, con todo y el señor Espino como timonel, para otro grupo, para el que era su candidato, nada menos que Santiago Creel. Vale preguntar: ¿qué esperaban los calderonistas? Ya se les olvidó que ganaron la candidatura presidencial, la elección presidencial y el poder federal, a pesar de la dirigencia de su partido, de Manuel Espino, de Vicente Fox y de una buena porción del poder foxista. En todo caso, lo sorprendente -y el corazón del conflicto- es que la enfermedad del poder anuló la carga genética de la doctrina y sacó a flote al priísta que todo panista lleva dentro. A nadie le importa el partido, la memoria de Gómez Morín, la ideología y los principios. Lo único que vale es detentar el poder, sea por los medios que se quiera, sea con los instrumentos de la vieja cultura priísta. En la lucha por el poder, como en el amor, todo se vale, dicen los panistas. Y por eso, hoy no existe diferencia alguna entre el PRI que por décadas criticó el PAN -el viejo PRI antidemocrático, tramposo, mañoso, que se valía de elecciones de Estado para ganar o mantener el poder, que usaba el dinero público, que se corrompía a la menor provocación-, y el PAN de hoy. El poder, como dice el clásico, los hizo iguales. La encrucijada En el otro extremo, el de la llamada izquierda partidista -PRD, PT y Convergencia-, la enfermedad de poder no es menor. En el pasado proceso electoral federal esa izquierda se desfiguró hasta el extremo de convertirse en otro PRI -no sólo con las mismas prácticas del viejo partido, sino con una buena parte de los desprestigiados políticos salidos del PRI-, pero con las siglas del PRD y de sus aliados. Lo poco que quedaba de la izquierda fue relegado a un penoso papel de comparsa, frene a un liderazgo mesiánico como el de Andrés Manuel López Obrador, quien en sus desmedidas ambiciones de poder integró su claque con aquellos políticos capaces sólo de atraer votos, sin importar su cuestionado pasado. No se sabe en qué proporción, pero el desfiguro de esa izquierda, sus penosas alianzas, el abandono de los ideales, la doctrina y los principios de esa corriente ideológica fueron, entre otras, las causas de la derrota electoral. Hoy se sabe que la candidatura presidencial de López Obrador fue operada con los mismos métodos del viejo sistema político y muy lejos de las concepciones de izquierda. Pero lo más grave ocurrió después de la noche del 2 de julio, cuando se confirmó la derrota de AMLO, cuando quedó al descubierto que se había montado un gigantesco engaño respecto de las preferencias electorales reales, y cuando ante la derrota se creó otro engaño colectivo, el del supuesto fraude. El candidato presidencial de la izquierda, su partido, los cuadros dirigentes y buena parte de los seguidores de esa propuesta electoral, se negaron a la elemental autocrítica -uno de los valores fundamentales de la izquierda-, y prefirieron justificar los errores, excesos, desaciertos y abiertas aberraciones con el cuento del fraude. Fueron incapaces, siquiera, de reconocer que a pesar de la derrota en la contienda presidencial, se había gestado uno de los más importantes movimiento sociales y el triunfo electoral de esa corriente más significativo. Todo fue lanzado a la basura en una reacción rencorosa, nada democrática y de abierto rechazo a la institucionalidad. Afloró el atraso democrático de esa izquierda, sus carencias y, sobre todo, que la doctrina, los principios y la historia no les dicen nada. El PRD y sus aliados, su ex candidato presidencial, iniciaron un peligroso salto al vacío al desconocer al nuevo gobierno, al crear esa mascarada del "presidente legítimo", y al proponerse la confrontación con el nuevo gobierno, antes que consolidar los triunfos y el importante movimiento social que se había gestado. López Obrador le arrancó al PRD una porción de la franquicia, a los grupos más radicales, mientras que otro sector, el que alcanzó importantes porciones de poder en el Congreso y en gobierno estatales, incluido el del Distrito Federal, decidieron caminar por el sendero de la institucionalidad. Esa división, entre una izquierda que quiere ser moderna, democrática e institucional, y los grupos radicales, que le apuestan a la protesta callejera, sin ton ni son, a la confrontación, la demolición de las instituciones y el fracaso del gobierno de Calderón, llevaron al PRD y a la izquierda a una encrucijada en donde los caminos a seguir se bifurcaron en dos senderos opuestos. La crisis quedó evidenciada en dos momentos recientes. El primero, cuando esa izquierda radical, cuyo único objetivo es alcanzar porciones de poder, al precio que fuere, decidió convertir a la señora Ana Rosa Payán en la candidata del Frente Amplio Progresista -integrado por el PRD, PT y Convergencia- al gobierno de Yucatán. La señora Payán es una mujer política de larga trayectoria en el PAN, con una sólida formación en los espacios de la extrema derecha y vinculada estrechamente con El Yunque, una de las expresiones más antagónicas a la izquierda. ¿Dónde quedaron los principios, la doctrina, los ideales de la izquierda, frente a esa alianza? No le importaron a nadie, fueron lanzados a la basura. Los únicos valores vigentes son los del poder por el poder. Resulta que ya no importa abanderar como candidata a un puesto de elección popular, a una figura proveniente de esa "detestable derecha extrema", a la que dicen combatir la izquierda y su ex candidato presidencial. El fin justifica los medios. Y en este caso el fin es el poder, y los medios, la alianza con el adversario, aunque se dejen en el camino los principios y la doctrina. Esa es la congruencia de esa izquierda, verdadera enfermedad del poder. El segundo ejemplo es el reclamo de que los consejeros del IFE sean despedidos. El sector perredista afín a AMLO insiste en convertir esa presión al IFE en moneda de cambio para una eventual reforma política, lo que en el fondo no es más que la vieja fórmula del PRI, el chantaje y la vendetta política. Los anticuerpos A pesar de esa crisis, los anticuerpos de esa izquierda dieron señales de vida. Apenas en días pasados, el jefe de los senadores del PRD, Carlos Navarrete, salió al paso al despropósito de reclamar el despido de los consejeros del IFE y llamó a la sensatez, a utilizar las fortalezas legislativas del PRD, y transitar "por la propuesta" sin abandonar "la protesta". Es decir, que un sector de esa izquierda no comparte el camino suicida de López Obrador, al que poco a poco dejan solos importantes sectores sociales y partidistas. Y por si fuera poco, apenas en días pasados, en el acto de instalación del Consejo Consultivo del Frente Amplio Progresista, el presidente de ese grupo social, el ex priísta y lopezobradorista Agustín Basave puso el dedo en la llaga al declarar inaugurado dicho consejo. Dijo que la izquierda mexicana se encuentra "en una encrucijada" entre la mera protesta y la solución de los problemas por la vía legislativa; que se debe privilegiar la legislación sobre la movilización; que la democracia implica "aguantar a un gobierno ideológicamente adverso cuando la mayoría así lo quiere", y que es urgente la modernización de esa izquierda "para sumar el voto de los enojados al voto de los esperanzados". Una autocrítica bien diseñada y con un destinatario bien seleccionado: el señor López Obrador. Lo interesante del asunto, sin embargo, es que un grupo social, plural -a pesar de que en su mayoría son lopezobradoristas-, es el encargado de diseñar lo que parece una estrategia sensata sobre la que debe caminar la izquierda. Pero hay una pregunta que rebasa la geometría partidista. ¿Por qué un grupo vinculado a esa izquierda -PRD, PT y Convergencia-, y no un grupo que represente a la sociedad, más que los partidos o a una corriente de ellos? Es necesario recordar que las reformas electorales de 1996, que hicieron posible la caída del PRI y la alternancia en el poder, y que esa izquierda llegara a la antesala del poder, salió de recurrentes esfuerzos sociales no vinculados con partido alguno. Algo le debe decir a quienes integran el Consejo Consultivo del FAP el nombre de Grupo San Ángel. A pesar de la pluralidad del ese consejo, su vínculo con la izquierda de AMLO les resta credibilidad y confianza, por lo menos entre esa franja muy amplia de quienes no ven bien a AMLO. ¿Qué camino seguirá la izquierda? De su decisión dependerá que en 2009 regrese a su estatura de fuerza política enana o que se convierta, como muchos aspiran, en una verdadera alternativa de gobierno, democrática, seria, moderna y confiable. Más de lo mismo Pero la enfermedad del poder por el poder también se presenta en la tercera fuerza política, en el PRI, donde en un par de semanas se elegirá, en un proceso interno, al nuevo presidente y secretario general de ese partido. Y frente a una realidad harto adversa, caracterizada por una caída libre en las preferencias y la pérdida de importantes centros de poder -que lo colocan en el tercer lugar-, el PRI parece no entender su realidad. Vive la más severa crisis de identidad, ideología, de fuentes de poder y, como si se tratara de una maquinaria vieja y sin el mantenimiento adecuado, está "fuera de tiempo". ¿Alguien sabe cuál es la ideología del PRI? ¿Cuáles son sus principios y doctrina?, más allá de unos documentos básicos que a nadie le importan. Bueno, no faltan los que dicen que el PRI debe ser, o que ya es la moderna izquierda mexicana. ¿Cuál es la diferencia entre el PRI de hoy, el PRD y el PAN? ¿Existe alguna diferencia? Es altamente probable que la presidencia del PRI recaiga en la tlaxcalteca Beatriz Paredes, sin duda una mujer inteligente y preparada. ¿Pero no es más de lo mismo? En todo caso, la eventual llegada de la señora Paredes será una buena noticia para el gobierno de Calderón, porque el PRI sería, en ese hipotético caso, un interlocutor serio, confiable y propositivo. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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