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    Crónicas neuróticas
Rafael Pérez Gay
29 de enero de 2007

Clases de manejo

Viernes, 6:15 a.m. Mi hija y yo avanzamos por avenida Revolución a bordo de un zapato. Ella hace sus primeras armas al volante y yo la acompaño rumbo a Ciudad Universitaria en un coche marca Matiz que ciertamente tiene la forma de los choclos Blasito que me compraban hace cuarenta años. La noche le disputa al día la última hora de oscuridad. Mi método educativo es un poco extraño, le falta lógica y le sobra cautela: ella maneja hasta la universidad y yo regreso conduciendo el coche. Cuando el maestro sienta suficiente seguridad en la conductora del zapato, ella irá sola. Para sustentar mi método he hablado de la ciudad de México como un lugar de rufianes al volante a los que yo nunca les habría dado licencia. Me mira con suspicacia, pero un padre es un padre. Mi carta de navegación suscita una controversia:

-Todo Revolución hasta eje 10, luego a la izquierda.

-Será a la derecha -dice mi hija.

-No. Si das vueltas a la derecha te vas al Periférico y estaremos perdidos durante una hora mínimo.

-No, qué horror.

Doy consejos como oro molido:

-Siempre toma tu carril; antes de cambiarte de vía miras el retrovisor.

Me siento un filósofo presocrático hablando de la naturaleza:

-Los espejos retrovisores son una de las claves para manejar. Los dos laterales y el central, armas fundamentales del conductor, sin ellos estás en serios problemas.

Viernes, 6:30, a.m. Creo que la puse nerviosa. Quizá piensa que no confío en ella, lo cual es falso, no confío en los rufianes de los que hablé arriba. En el paso de Barranca del Muerto hemos puesto al zapato en el carril equivocado, la corriente nos lleva peligrosamente rumbo al Periférico. Doy una instrucción perentoria:

-Direccional, retrovisor y pásate al carril izquierdo. Ya, ahora.

No puso la intermitente y metió el coche al siguiente carril a la brava. Un chofer de microbús nos recuerda a mi madre y a su madre. Le reprocho su audacia. Ella se defiende:

-Tú me dijiste que me pasara.

-Está bien. Derecho, a sesenta, no más.

Doy más consejos, como si hubiera cumplido ciento cinco años:

-Manejar un coche es adelantarse a lo que harán los otros -lo pienso bien y remato con algo que me parece genial: la vida exige lo mismo: adelantarse a lo que harán los otros.

Me siento avergonzado por la última frase, espero que se pierda en los últimos minutos de oscuridad y que se desvanezca con la luz del día.

Viernes, 6:49 a.m. A la altura de Altavista nos relajamos. Hemos hecho avances notables. Propongo:

-¿Ponemos Radio Universal?

-No, por favor -dice ella pensando en la música antigua que programa la estación.

-Canciones viejas, de mis tiempos - respondo y siento de nuevo la punzada de la vergüenza.

Vislumbramos el final de avenida Revolución. Concluyo para mí que se trata de una calle larga, fea y con mucho tránsito, pero aún no estamos preparados para el segundo piso.

-Ya llegamos - dice ella.

-No hemos llegado - contesto.

-Ya llegamos a ciudad universitaria-percibo cierto hartazgo.

Viernes, 6:55 a.m. Le damos dos vueltas al estadio universitario porque no sabemos cómo pasar el río de avenida Insurgentes. Al final encontramos un puente. Pasamos por abajo. Estamos frente a rectoría.

-Esas sombras que ves en medio de la calle son personas - le digo.

-Ya las vi, no estoy ciega.

-Estamos en una hora ciega, la luz artificial no alumbra y la natural aún no despunta -concilio y explico como si trabajara en el Meteorológico de Tacubaya.

Me doy cuenta de que en verdad creo que hay horas ciegas, difíciles, de sombras traidoras. Llegamos a la Facultad de acuerdo a lo planeado. Respecto al eje 10 ella tenía razón pero se le olvidó por los nervios.

Viernes 7:05 a.m. Tomo el volante y encamino el coche hacia Cerro del Agua. Bajo por esa calle hacia Miguel Ángel de Quevedo. Mis viejos rumbos, pienso. En el radio suena una canción de Foreigner que se ha desgajado de esos tiempos, Urgent . Amanece en la Ciudad de México a 8 grados centígrados, pronostican el ocaso a las 6:20 de la tarde. Decido que regresaré por Patriotismo. Me pasé dos altos. Era estrictamente necesario. Atravesé tres carriles de un solo envión. Si no lo hacía terminaba en Polanco. Caigo en cuenta de que soy uno de los rufianes de los que le hablé a mi hija. No se lo diré, un padre es un padre.

 
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