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El hombre de un siglo
Hoy, en sus primeros 100 años, Andrés Henestrosa es el rostro vivo de México. En sus ojos asoman los de su madre, retratada maravillosamente por este formidable poeta, narrador, ensayista, orador, historiador, filólogo, periodista (algún defecto debía tener) y hombre de México y del mundo. En los surcos de su cara noble se adivinan los caminos de Ixhuatán y Juchitán. Antes de que la danza dispersara a los hombres. Antes de que Andrés enfrentara su piel a tantos miles de soles y lunas que la han habitado. Allá en la Oaxaca de sus olores, de sus sabores y de sus dolores ahora reavivados por el encono, el odio, las violaciones, las torturas y los abusos de los poderosos contra los que menos tienen y gritan por eso y escriben por eso, aunque sea en la barda de la esquina. Henestrosa mismo es un formidable guerrero de la palabra. Lo mismo en sus andanzas políticas desde los tiempos de la campaña presidencial de Vasconcelos, hasta la íntima y desgarradora ternura de sus ayeres tan remotos como cercanos. Pasando por una cualidad que pocos han advertido en él. Que es un profeta tan preciso como lleno de luz. Cómo, si no, se atrevió a escribir en 1981: "El maíz, riqueza del pobre", como si se tratase de una crónica del periódico de esta mañana. Anticipando la tragedia de la falta de maíz y tortilla en la mesa. Señalando a los que se engordan los bolsillos al acaparar y especular. Y jalando de las orejas a quienes ignoran que, cada día, cada uno nos comemos nueve tortillas y que no hay país en el mundo entero que consuma tanto un solo alimento como los mexicanos el maíz. Que la tortilla nos da la mitad de las calorías que necesitamos para la supervivencia. Henestrosa también ha hecho de la lengua su armadura y su espada. Apenas antier me contaron de un insensato que escogió ser suplente de Andrés en el Senado porque estaba seguro que moriría y él iba a sustituirlo como propietario. Cuando lo supo, Henestrosa sentenció: "Nadie puede ser tan viejo como para tener que morir en seis años... y nadie puede ser tan joven como para no morir en seis años. Pero si me llegara a pasar a mí, claro que él ocuparía mi lugar, aunque nunca me sustituiría". Y es verdad, Andrés, tú no tienes edad alguna. Eres hoy todos los Méxicos que has sumado en tus claridades y tus desvelos. Así te nos has hecho único e irrepetible. Por eso yo, junto con todos tus amigos, digo que soy un privilegiado. Por haberte leído, por haberte conocido, por haberte entrevistado y por haber abrevado de tu sapiencia e ingenio siempre generosos. Todavía ahora me dices cosas bellas, poderosas y terribles: -¿Cómo te sientes al cumplir este centenario? -Pasan los años y me siento con fuerza, con entusiasmo, con mi razón y mi cabeza. -Has sido un creador toda tu vida. -Yo no pensaba ser escritor, pero un día el maestro Antonio Caso me pidió que le narrara un cuento de indios, de los que andaba por ahí contando, se lo conté. "Escríbelo", me fulminó... y así nació el primer libro Los hombres que dispersó la danza. -¿Todavía te acuerdas de tu natal Ixhuatán, cuando aún no hablabas español? -Lo que ocurre en la niñez no se olvida nunca... yo tengo recuerdos desde los ocho meses. -No es posible. -Claro que sí, yo estaba gateando en el piso con una cáscara de mango y mi mamá me dio un manazo. -¿Cuáles son las cosas que más te han dolido a lo largo de estos 100 años? -Yo pienso que la muerte de mis amigos... y se queda uno con la esperanza de volverlos a ver... a veces cree uno en la ultratumba... aunque siempre hay un mañana. -¿Y cuáles son las cosas que te alientan, que te siguen estimulando en la vida? -En primer lugar vivir, estar vivo es lo más grande que hay. -Estar vivo, ¿para qué? -Para gozar de la vida, porque la vida nos regala la alegría. -¿Y tus recuerdos más frecuentes? -Mi niñez, con dolor, cuando dejé mi casa y me pude ir a otro pueblo. -¿Por qué con dolor? -Porque dejaba yo mi casa, dejaba a mi mamá, dejaba a mis hermanos, dejaba a mi caballo. -¿Para irte a estudiar? -No, simplemente para cambiar de pueblo. -Y ahora, ¿qué cosas te hacen muy feliz?, además de las mujeres bonitas, por supuesto. -Las mujeres son capítulo aparte. -¿Has tenido miles en estos 100 años? -No tantas, pero sí algunas. -¿Cientos de mujeres, entonces? -Ja, ja, ja, puede que sí... docenas serían muy pocas. Gracias, Andrés, por los años que vendrán. ddn_rocha@hotmail.com
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