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    Crónicas neuróticas
Rafael Pérez Gay
22 de enero de 2007

La casa de usted

Septiembre de 1992. Encontramos una casa en la colonia Condesa. Nos entrevistamos con la dueña, una viuda con dos hijos adolescentes, uno bueno y otro malo. Por fuera parece una casa en ruinas.

-No te fijes, el repellado hace milagros en las falladas-, me dice mi mujer.

Me parece sospechoso que la dueña quiera deshacerse con urgencia de su casa. Nos enseña la propiedad. Se encuentra en un estado deplorable. Además hay un cuarto cerrado, no lo quiere abrir. Dice que se le perdió la llave. Me repleto de presagios negros. A la media hora de plática sale el peine: hay un problema con la sucesión testamentaria.

-Ya se está arreglando-, dice la dueña viuda.

Firmamos una carta de intención con severas penalidades si alguno de los tratantes se echa para atrás. Damos todos nuestros ahorros como adelanto: veintisiete mil pesos, la casa cuesta 240 mil.

-Con una mano de gato va a quedar perfecta-, dice mi mujer.

-El optimismo ha ocasionado grandes catástrofes-, le respondo.

Madrugada del 26 se septiembre de 1992. Regreso a la vigilia con un ataque de angustia. Hablo en la oscuridad:

-Somos unos irresponsables. ¿De dónde vamos a sacar el dinero para pagar?

En la mañana iniciamos la estrategia: sablear a todo aquel que se deje y jugarnos el destino en un crédito. En el banco nos dijeron que no éramos sujetos de préstamo. Salimos abatidos del banco, pateo mi autoestima con fuerza. Se acerca la fecha del día de pago y nos falta casi la mitad. Digo una frase de personaje de Balzac:

-Te lo dije: perderemos el dinero.

Me emborracho de tristeza.

Octubre de 1992 . Alguien nos da una idea genial:

-Saquen tres tarjetas de crédito y exprímanlas, de ahí te salen unos ochenta tranquilamente. Luego pagas los mínimos. Llegamos apenas librando al despacho del licenciado Santamarina. Pagamos. La ex dueña viuda nos da un beso y las llaves. Estamos hasta el cuello de deudas. Ya tenemos casa. Me emborracho de felicidad. Necesitamos un trabajador que sea multifacético: albañil, electricista, carpintero y sicólogo. Lo encontramos, se llama Miguel. Avanza a pasos agigantados con recursos mínimos.

Abrimos el cuarto cerrado. Escapan olores fétidos. Hay calcetines viejos, un colchón sucio en el suelo, botellas vacías de ron, de cerveza.

-Aquí vivía un perro-, digo tapándome la nariz.

Era la habitación del adolescente malo. Miguel toma cartas en el asunto, en unos días lo transforma.

-Yo nunca había conocido a un genio-, me refiero a Miguel en el colmo del entusiasmo.

Enero de 1993. Viene la mudanza. Lleno cajas y cajas de fab Roma con libros. La primera noche despierto desorientado. Pregunto en la penumbra:

-¿Dónde estamos?

Esa madrugada conocemos a nuestros vecinos del edificio de al lado entre gritos de desesperación:

-Te juro que me tiro, Blanca Rosa, te lo juro en serio.

Quería suicidarse lanzándose del balcón de un tercer piso. Llegan dos patrullas, lo persuaden de que está a punto de cometer una locura.

Principios de diciembre de 1994. Con los aguinaldos, la venta de dos coches y más préstamos saldamos casi nuestra deuda. Me he vuelto un sableador profesional. Nos quedamos sin un peso, no alcanza ni para el pavo. Le cae encima a México una hecatombe económica. Nos salvamos en una tablita. Algunos conocidos pierden las propiedades que compraron a crédito. El vecino intenta de nuevo suicidarse.

Este vecino suicida no es serio, -le digo a un amigo- es la tercera vez que se sube al barandal del balcón y amenaza a Blanca Rosa. Al final se baja y se va a dormir a pierna suelta.

Marzo de 1997. Timoteo y su banda fincan en el camellón que está frente a la casa. Se dedican a lavar coches y se han apropiado de un lugar público. Tienen el camellón hecho un chiquero y un éxito sin precedentes. Todo el día lavan coches. Su empresa crece: se compran máquinas pulidoras y dos aspiradoras. Se han comprado un perro. Admiro a Timoteo y su línea de negocio basada en los bajos costos y las altas utilidades.

Febrero de 1998. Los restoranes y los cafés de la Condesa nos han alcanzado. Abrieron una cafetería en la esquina y una cervecería a una cuadra. Nos compramos tapones para los oídos.

Marzo de 2002. La especulación inmobiliaria nos atropella. Atrás de la casa remodelan un edificio viejo; enfrente convierten una casa vieja en un edificio de departamentos. Los arquitectos les llaman lofts. Las obras duran meses. Vivimos en un lugar en construcción y en un taller mecánico. El estruendo es nuestro patrimonio. Pronuncio esta frase:

-Estoy a punto de volverme loco.

-Ponte tus tapones-, me dicen.

Enero de 2007. Lo he pensado bien. La dueña viuda que nos vendió la casa fue una visionaria; el vecino suicida, un hombre sensato; Timoteo y los suyos, un grupo de emprendedores notables; el perro, un peligro. La cervecería es un centro juvenil de gran éxito en la zona donde es imposible reconocer a los meseros de los clientes. La cafetería ha perdido clientela porque a tres cuadras abrieron un Starbucks , temo lo peor: que la conviertan en una chelería o en un bar, sería el fin de todo. ¿Hay un médico entre ustedes?

 
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PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
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