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    Desde la Casa Blanca
José Carreño
21 de enero de 2007

WASHINGTON.- Enmedio del gran debate que hoy se da en torno a la política exterior de México valdría la pena plantear una interrogante que tal vez pueda ayudar a definir algo.

La pregunta básica es ¿cuáles son y dónde están los intereses de México?

Ciertamente el interés número uno de México es el bienestar de su población y la seguridad interna y de sus fronteras.

Pero dicho eso, no puede olvidarse que literalmente 10% de la población está al norte del Río Bravo, que casi una de cada cinco familias tiene un impacto directo derivado de los recursos que recibe de sus parientes en Estados Unidos y que el comercio bilateral es abrumadoramente con Estados Unidos.

Cierto también, hay una historia muy fuerte, muy complicada, en la que sería muy difícil establecer cualquier tipo de confianza en un país que en más de un sentido podría considerarse como digno heredero de "la pérfida Albión".

En esas condiciones es difícil establecer cualquier juego de balances. No hay, hoy por hoy, un cuerpo nacional o internacional capaz de hacer balance al Hegemón del siglo 21 y en el caso particular de México, la vecindad agudiza la situación.

Más todavía, la creciente interrelación -para no decir integración- social y económica entre los dos países, tan incómoda como es para muchos en ambas partes de la frontera, dificulta cualquier medida.

Sólo para poner un ejemplo, extremo si se quiere: cualesquier ataque terrorista que ocurra en Estados Unidos ¿puede matar a mexicanos o hijos de mexicanos, como pasó en los ataques del once de septiembre de 2001...? ¿nos preocupa o no?

Ahora bien, tan difícil como es la situación no es un imposible. Pero a veces parecería que el cuerpo político de México, interesado en sus propias sinecuras, no parece querer contar con esa realidad con la que tampoco parece saber ni desear averiguar como lidiar.

Peor aun, el problema parecería estar en que no hay una visión nacional del tipo de país que queremos ser y cuales son los intereses nacionales.

Todos los países tienen o deben tener una visión de su interés nacional. La Cuba de Fidel Castro tiene un sólo propósito: su supervivencia como sistema y todas sus medidas y sus acciones están encaminadas a lograrlo.

Sus amigos lo son en la medida en que ayuden a esa intención o no lo son en la medida que no sirvan. Si su propósito sobreviviera a la muerte eventual de Fidel Castro, está por verse.

Brasil tiene ambiciones imperiales o por lo menos de hegemonía regional. No son nuevas y tienen tanta legitimidad como se quiera. Pero todos sus gobiernos han actuado y actúan con esa meta en mente.

Argentina quiere regresar a sus glorias de la primera mitad del siglo veinte. Pero desde entonces y hasta hoy es un país marginado por la geografía y a la sombra de Brasil.

Europa tiene la ventaja de una creciente fuerza y la desventaja de la necesidad de consenso. Pero ninguna potencia mundial es una fuerza benéfica excepto en su propia visión y los europeos tienen una historia que lo demuestra.

China es la potencia que puede ser. Pero tiene sobre todo en mente el bienestar de su propia y enorme población y la sobrevivencia de su régimen y actúa por tanto con base en esos intereses, para asegurarse el abastecimiento de energía y de alimentos.

Y así indefinidamente.

Entonces, ahora, hay que preguntar de nuevo ¿no será hora de un gran debate nacional menos sobre la política exterior que en torno a los intereses nacionales y cómo llegar a ellos?

 
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José Carreño es uno de los más destacados corresponsales en Washington, con casi dos décadas de trabajar en esta ciudad.
 
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