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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
21 de enero de 2007

Aunque los capitalinos contemplaban cada semana en la pantalla grande los lujos y caprichos de la clase alta, y el ideal de vida con que lucraban la radio y los anuncios era el núcleo familiar pequeño-burgués, sería durante enero de 1940 que el gobierno capitalino mencionaría el término "austeridad" como estandarte de su gestión.

Con la Segunda Guerra Mundial librándose en la vieja Europa, los medios de comunicación advertían de vez en cuando sobre el riesgo que corría el país de sufrir el desabasto de muchos productos; además, nuestra cercanía con Estados Unidos nos colocaba en una situación de gran riesgo, en caso de que las fuerzas del Eje fuesen derrotadas.

Por todo ello, el ideal social que no con poca influencia oficial comenzaron a pregonar los periódicos y la radio, era el de la familia ahorrativa donde la madre de familia sabía organizar el gasto y compraba sólo lo esencial en el mercado, dejando de lado esas mercancías que resultaban meros lujos inútiles.

Durante muchos meses, el ahorro y la vida modesta como alfiles de la santa austeridad fueron difundidos a diestra y siniestra, generando muchos complejos de culpa entre los capitalinos otrora manirrotos.

Para las amas de casa, los diarios y revistas publicaban gran variedad de recetas de cocina para preparar con unas cuantas monedas un rico soufflé de huevo con ejotes o un atún a la Vizcaína, mismo que no debía ser aderezado con aceitunas y alcaparras, sino sólo con económicas rodajas de pimiento.

En las secciones de consejos para el hogar que difundían algunas columnas y programas de radio, se hacía hincapié en los beneficios de componer lo usado, como aquel par de zapatos que podían quedar como nuevos con unas medias suelas o ese vestido de la prima Hortensia que con unos cuantos ajustes podía pasar de la talla 10 a la 6, y competir con los modelitos que lucían María Félix y Miroslava en las películas.

Poco después de la austera Navidad de 1941, el mensaje ya había rendido sus frutos, y muchos gastalones habían logrado domar sus instintos, por ello, durante la cuesta de enero de 1942 y con las alarmantes noticias de que Hitler había prometido vengarse con bombardeos de todas las naciones cómplices de los aliados, lo cual en teoría nos ponía en peligro, muchos vieron en el ahorro una forma de canalizar sus miedos más profundos.

Aquel enero, las colas para componer y remendar todo lo que en casa podía agarrar un segundo aire, se vieron como nunca antes con el zapatero, sastre, electricista, mecánico y técnico de blancos, entre muchos otros.

Una tienda en el centro histórico colocó en su fachada un gran letrero que decía "Cubrimos necesidades, no lujos", y curiosamente la frase se extendió como reguero de pólvora en el argot capitalino y muchos negocios del primer cuadro copiaron aquel perfil creativo con otros anuncios como "Atendemos a personas, no a dandys o divas", "Mercancía para la familia que sabe ahorrar y no gastar".

Hasta los niños se unieron a esa oleada de vida modesta y comenzaron a seguir los consejos de sus maestros de aprovechar el derecho y el revés de cada hoja del cuaderno, de usar los colores y lápices hasta que se convirtieran casi casi en una viruta microscópica; pero sobre todo a no maltratar su ropa y uniforme jugando a las canicas u otras actividades que significaran dejar sendos agujeros en las rodillas.

A este respecto y como mero dato curioso, las empresas dedicadas a la manufactura de parches para ropa alcanzaron, durante aquella histeria de austeridad, ventas récord e incluso el usar los mismos en las prendas se convirtió durante un tiempo en símbolo de estoicismo.

No obstante, algunos capitalinos comenzaron a preguntarse por qué muchos funcionarios y políticos no se unían a ese espíritu ahorrativo y continuaban recibiendo aumentos en sueldos y prestaciones, además de incrementar el gasto en muchos programas oficiales.

Un año después, las críticas provocaron el anuncio de un recorte en el gasto gubernamental, aunque algunos expertos opinaron (¡hace más de 60 años!) que aquello constituía una de las primeras acciones que emprende un gobierno poco eficiente para guardar las apariencias y así no tocar a la burocracia de alcurnia.

Hoy, a la vuelta de algunas décadas nada ha cambiado, como asegura el bolero don Chuchito, mientras miles de trabajadores del Estado perdieron durante esta temporada sus empleos, en la Suprema Corte de Justicia los sueldos de cientos de miles de pesos para un solo magistrado siguen ofendiendo y mostrando las contradicciones de lo que se anuncia como otro sexenio de escenografías.

homerobazan_df@hotmail.com

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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