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Peña Nieto
No es sólo el inesperado gobernador del estado de México. Parece ser el prototipo del político moderno L a tragedia que enlutó a la familia del gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, pretende ser utilizada para sembrar dudas sobre el futuro político del gobernante mexiquense. Y no se trata de una novedad, si recordamos que algo similar ocurrió cuando el entonces gobernador de Hidalgo, Manuel Ángel Núñez Soto, perdió a su esposa, también de manera trágica. Lo que sin duda llama la atención en el caso de la repentina muerte de Mónica Pretelini, esposa de Peña Nieto -más allá del dolor y el duelo naturales- es el caudal inusitado de muestras de afecto que convocó en los funerales, a través de esquelas en los diarios nacionales y locales, coronas y condolencias personales. En efecto, en poco más de un año al frente del DIF local, Mónica Pretelini se había distinguido por un notable activismo social que le ganó no sólo simpatías, sino un lugar relevante en el gobierno de su esposo. Pero el fenómeno social que mostró el duelo por esa tragedia, rebasa por mucho la frontera del dolor íntimo de una familia de reciente arribo a los primeros niveles de la clase política mexicana, y se instala en el territorio de los fenómenos políticos. Y por supuesto que no se pretende decir o insinuar aquí que la pérdida de su esposa habría sido utilizada por Peña Nieto con fines de imagen. No, sin duda que lo que vimos después de la tragedia fue una expresión de solidaridad espontánea que, hay que decirlo, también fue movida por "la estrella política" que alumbra al gobernador Peña Nieto. Enrique Peña Nieto no es un viejo cacique al que decenas de políticos le deban favor y carrera política. Tampoco es un líder bajo cuyo puño se hayan gestado lealtades reales o ficticias. Está muy lejos de ser un político de larga trayectoria cuyos periplos pudieron crear una extensa red de aliados o socios políticos. Y menos tiene llenas las paredes de su casa con diplomas de relevantes cargos a lo largo de su carrera como servidor público. No, Enrique Peña Nieto es un político joven, priísta de siempre, pero que hasta hace un par de años no pasaba de ser un modesto diputado local. En efecto, Peña Nieto pertenece a las familias "custodias" del poder en el estado de México, y su carrera política fue llevada de la mano por parientes como el ex gobernador Arturo Montiel -uno de sus más activos promotores y que pudo haber sido su sepulturero-, pero fuera de esa relación y de que sorprendió a propios y extraños como candidato del PRI al gobierno del estado de México -elección que ganó de manera arrolladora-, no se le conoce más mérito en la política. Y si no es más que uno de los 17 gobernadores del PRI, ¿de dónde salió la inusitada convocatoria en el sepelio de su esposa?, que reunió a casi toda la clase política nacional, a lo más reputado del empresariado, la cultura, los medios y la Iglesia. Peña Nieto no es sólo el joven político de origen priísta, el inesperado gobernador del estado de México. Para una buena parte de la clase política parece ser el prototipo del político moderno, del nuevo siglo mexicano. Entre sectores del PRI, o de los muchos PRI que existen, se aproxima al ideal del político que en 2012 puede "hacer el milagro" de regresar al PRI a Los Pinos. Porque, dicen, tiene imagen y carisma, cuenta con habilidades políticas y está preparado para el ejercicio del poder. Y porque está claro -aunque no sea el mejor momento para ello- que tiene liderazgo. Para importantes sectores empresariales es el político que dejó atrás a las viejas generaciones del PRI, que se formó en la concepción moderna del ejercicio del poder y que entiende la importancia del mercado por sobre la ideología. Y para muchos otros, opositores, iglesias y buscadores de chamba, el mandatario mexiquense es -en tanto gobernador de la segunda entidad más poderosa del país- el símbolo del poder. Peña Nieto, dicen muchos que están lejos de las cúpulas políticas y empresariales, "tiene futuro". Y en los terrenos del poder las apuestas siempre están con el ganador. En el fondo -más allá de la pena y el dolor-, la tragedia confirmó que en el estado de México se gesta un fenómeno político sin antecedentes recientes y que podría significar no sólo el recambio generacional en la avejentada y cuestionable clase política del PRI, sino el regreso de ese partido al poder presidencial. Y por supuesto que Peña Nieto sabe de la "estrella política" que lo acompaña; desde el inicio de su gestión trabaja para ello y destina importantes recursos políticos y económicos en esa empresa. Son conocidas sus alianzas con el duopolio televisivo, sus amarres político-económicos con influyentes grupos empresariales y un activismo juvenil que, según sus leales, lo llevará a convertirse "en el mejor gobernador del estado de México". Y del tamaño de su posibilidades futuras será el tamaño de los adversarios. Pero en el PRI Peña Nieto no es el único de los mandatarios estatales de ese partido que hacen su lucha, que parecen destinados a formar la nueva generación de priístas. En el estado de Coahuila, el gobernador Humberto Moreira quiere salir del rígido esquema del viejo PRI. El problema es que Coahuila no es el estado de México. aleman2@prodigy.net.mx
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