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PRD: las ´viudas´
Luego de la derrota electoral del 2 de julio de 2006, la izquierda institucional vivió un "trauma político" Con el asesinato político del entonces candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio -en marzo de 1994-, no sólo se acabó de manera violenta con una larga tradición de herencia sexenal del poder en México -en donde el presidente saliente designaba casi a su antojo a su sucesor-, sino que también se rompió el recambio generacional del PRI, que cada sexenio producía nuevas camadas de políticos afines al elegido en turno. Esa cíclica renovación sexenal había sido uno de los secretos de la sobrevivencia del PRI por siete décadas. Ante la ausencia de Colosio fue designado como emergente Ernesto Zedillo, cuya candidatura y presidencia fue, al mismo tiempo, la primera administración no priísta -porque Zedillo en realidad provocó la caída de su partido-, y la última de una larga hegemonía. Pero, además, el vacío político que dejó el asesinato de Colosio provocó la orfandad de casi toda la generación de políticos que hasta antes del 23 de febrero de ese 2004 se veían como parte del gabinete del "presidente Colosio". Quienes formaban ese grupo de desplazados por la tragedia fueron motejados como "las viudas de Colosio", y en no pocos casos vivieron políticamente del pasado. Viene a cuento el asunto porque en el PRD se vive una experiencia similar, muy parecida -aunque no igual-, porque luego de la derrota electoral del 2 de julio de 2006 -que para no pocos perredistas fue una verdadera tragedia política-, en esa izquierda institucional se vive un "trauma político" casi idéntico; una generación de políticos, académicos, líderes, periodistas e intelectuales, ex priístas y de izquierda, que ya festejaban y paladeaban el poder presidencial, inesperadamente quedaron marginados del poder. Se convirtieron en las nuevas viudas de la política nacional, en las "viudas de AMLO". Y cualquiera podría suponer que en una democracia real, con partidos políticos realmente democráticos, el triunfo o la derrota son parte de esa cultura y no debieran ser motivo de profundos traumas que llevan a la viudez política. Pero en el caso mexicano y, sobre todo en el del PRD, esa situación amenaza con llevar al suicido político al partido que más ganó en la contienda electoral de 2006. ¿Por qué? Porque las viudas del PRD se han convertido en un monolítico sector que se propone transitar en sentido contrario a la razón de ser de todo partido político; intentan seguir el sendero de la negación de la política, el de la confrontación. Ese es el dilema que en 2007 enfrenta el PRD. Por lo menos es lo que el pasado viernes confirmó su secretario general, Guadalupe Acosta Naranjo (EL UNIVERSAL 5 de enero), al poner el dedo en la llaga: "La izquierda se encuentra en una encrucijada donde debe optar por un camino; el de la confrontación permanente, o el de la construcción de acuerdos por el bien de los mexicanos". Sin duda un saludable gesto de autocrítica que agradecerán los perredistas porque, en efecto, el de la Revolución Democrática es un partido paralizado ante ese peligroso cruce de caminos, el de la política o la autodestrucción. Para fortuna del más importante partido de la izquierda mexicana no todos resultaron viudas, porque en julio de 2006 el PRD experimentó el más importante salto cuantitativo de su historia; bajo sus siglas se retuvo el Gobierno del DF, la mayoría en la Asamblea Legislativa, la mayoría de las delegaciones políticas de la capital; saltó al segundo lugar en la Cámara de Diputados federal y al tercero en el Senado de la República, al grado de romper la vieja pretensión del bipartidismo y consolidar el tripartidismo. Frente a esa nueva realidad, no es descabellado señalar que sin la participación del PRD será difícil todo acuerdo político de largo aliento en el gobierno de Calderón. Al paso de los días, sin embargo, pareciera que la gran interrogante empieza a ser disipada. La realidad del poder -dentro del PRD y en su papel frente al nuevo gobierno- empieza a coagular en dos grandes bloques a ese partido. Por un lado los perredistas que resultaron beneficiados con espacios reales de poder como el GDF, la Asamblea Legislativa, las jefaturas delegacionales y los representantes en el Congreso de la Unión han entendido que más allá del discurso, del presunto fraude, de la legitimidad del gobierno federal, tienen una responsabilidad que los obliga al acuerdo, la negociación y el pacto con el nuevo gobierno. Eso quedó claro en la aprobación del Presupuesto de Egresos y la Ley de Ingresos para 2007. Más aún, el grupo político que resultó ganancioso luego del 2 de julio de 2006, el de Los Chuchos, parece dispuesto a un gran acuerdo político con el gobierno del presidente Calderón. Se han tendido puentes y no debiera sorprender a nadie que, al final de cuentas, ese sector del PRD haga su contribución al avance democrático. Por lo pronto deberá pasar la aduana de presidir al partido, cuya presidencia podría quedar en manos del ex senador Jesús Ortega. En el otro extremo aparecen las viudas, que insisten en la confrontación, que se niegan a la política, y que pronto se convertirán en un lastre. Al final de cuentas el futuro del PRD dependerá de las habilidades de uno y otro grupos para imponer sus criterios. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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