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    Crónicas neuróticas
Rafael Pérez Gay
08 de enero de 2007

Ríos perdidos

Viernes, 8:30 am. Leí en la prensa que el Gobierno del Distrito Federal se propone rescatar el río Magdalena, uno de los últimos torrentes de la ciudad de México. A ese cauce por el que un día corrieron aguas cristalinas, se arrojan al año 2 mil 700 toneladas de basura sólida y 150 tuberías domésticas vierten en ese albañal los desechos de la vida diaria. No está mal, pero sospecho que es demasiado tarde. El Magdalena ha cumplido una vez más el destino de nuestros ríos: convertirse en desagüe de inmundicias. La ira contra nuestras corrientes es ancestral y tiene que ver con la maldición del agua y con el crecimiento enfermo de la ciudad.

En el año de 1519, en Tenochtitlán había 48 ríos que nutrían los lagos de Xochimilco, Chalco, Texcoco, Xaltocan y Zumpango. Se trata de las mismas corrientes que existen actualmente en la ciudad, pero las hemos convertido en drenajes. Humboldt llamó a ese sistema acuático la Venecia de América. Las aguas de Xochimilco llegaban al centro de la ciudad donde se concentraba el comercio pluvial. Con el tiempo, los torrentes fueron usados como basureros. Los esteros se convirtieron en albañales, los despojos arruinaron los afluentes y nadie dedicó sus obras a recuperarlos. No tiene remedio: el alba del siglo XXI trae vientos del siglo XVI. ¿A quién se le ocurre fundar una ciudad en un islote rodeado de lagos en una cuenca sin salida natural? A los aztecas. Los mexicas y sus chinampas no me parecen geniales, más bien hablamos de unos atolondrados que levantaron una civilización de imprudentes. Quizá los lagos fueran un paraíso edénico surcado por bandadas de patos y garzas, pero representaban una amenaza permanente entre un sistema de ríos y acequias cuya ambición era el desbordamiento. Las chinampas se anegaban cada vez que caía un chubasco y cuando los volcanes de la era terciaria vertían agua sobre la olla en la que fundaron su ciudad. La catástrofe hidráulica ha sido el verdadero patrimonio de la ciudad de México. La amenaza del agua volvía locos a los tlatoanis; en 1416, Moctezuma le ordenó a Netzahualcóyotl que dirigiera nuestra primera obra hidráulica: la construcción de un muro de 16 kilómetros en Iztapalapa. No sirvió de nada. Si sacar el agua de la ciudad era un calvario, traerla era un problema colosal. Lo sigue siendo.

Sábado, 10:30, am. Leo en el utilísimo libro de Jorge Legorreta El agua y la Ciudad de México que a principios de los cincuenta del siglo XX se construyó un anillo de circulación sobre los ríos de la Piedad, el Consulado y la Verónica, le llamaron Viaducto (un ducto de agua negra sobre el que se construyó una vía para el transporte) Miguel Alemán en honor de un presidente que vive en el imaginario popular como un ladrón desaforado. Diez años después se entubaron los ríos Tacubaya y San Joaquín, entre la glorieta de Mariano Escobedo y la avenida de la Defensa Nacional; más tarde, en 1963, desaparecieron el Canal de Miramontes y el Churubusco, 12 y 7 kilómetros de asfalto. Algunos optimistas le llamaron a esto urbanización. A principios de los setenta se inauguró el Circuito Interior, cuarenta y siete kilómetros de drenaje sobre el que circulan millones de coches. Se completaba la obra de piedra, los ríos se habían convertido en canales de asfalto y desagüe, cemento y suciedad. No sólo se eliminaron los ríos, se borró una parte de la memoria de la ciudad. Para entendernos: es como si el Sena se hubiera convertido en la vía central de la circulación parisina, el Arno de Florencia en un circuito interior y el Tíber en el Periférico de Roma. Somos geniales.

Domingo, 12:30 am. Leo en el Borges de Adolfo Bioy Casares, un libro de mil 600 páginas dedicadas a esa legendaria amistad literaria, una anécdota sobre el agua. Una tarde llegó Borges a comer a casa de Bioy en medio de una lluvia persistente y torrencial. El pelo mojado, y despeinado, le daba a Borges un aire de viejo desaforado y frágil. Dijo Borges: "qué triste es la lluvia. Cuando llegamos a Europa, mi padre me dijo: ´Ves que no hay Dios. Está lloviendo sobre el mar´. Hubo personas que cuando les conté esto se enojaron mucho. Que llueva así es una prueba de que vivimos en la barbarie ¿Cómo no saben todavía manejar la lluvia? Hacer llover donde conviene y no en una ciudad".

Más tarde, el mismo día, me encontré con este párrafo de Manuel Gutiérrez Nájera, un artículo en una antología titulado Inutilidad de las lluvias: "Nunca he podido comprender la conveniencia de que llueva en las ciudades. Debe ser esto nada más un medio de la Providencia para abatir el orgullo del Ayuntamiento. Que llueva en las ciudades populosas es verdaderamente incomprensible, a menos que en los altos juicios de la Providencia entrase el que brotasen flores en los sombreros de copa y fructificasen tropicalmente las levitas".

Lo dicho: la maldición del agua: convertimos los ríos en drenajes y cuando cae un chubasco, nos inundamos.

 
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