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Una prueba para el PRI
A siete años de que perdió el poder presidencial, terminó convertido en una federación de partidos estatales E l viejo PRI inició su séptimo año alejado del poder presidencial -luego de que durante poco más de siete décadas consecutivas mantuvo ese poder-, y ayer arrancó su proceso interno para la renovación de su dirigencia nacional, lo que marca el inicio de un nuevo ciclo político electoral que concluirá en 2010, cuando deberá procesar el arranque de la selección de su candidato presidencial para la aún lejana contienda presidencial de 2012. Víctima de las dolencias propias de su avanzada edad, demencia ideológica, artritis programática, anemia democrática, ceguera política y sordera social, entre muchas otras, el viejo partido se enfrentará a su realidad interna -a partir de hoy y hasta el 18 de febrero-, a sus propios fantasmas y a los esqueletos de su añoso clóset, en un proceso interno en donde veremos la confrontación de sus centros reales de poder, los gobernadores salidos de sus filas y los líderes del Congreso federal. Nada más. Y es que contra lo que ocurre en los otros dos grandes partidos de la geometría política mexicana -PAN y PRD-, el viejo PRI carece de liderazgos fuertes, de alcance regional o nacional, de grandes grupos hegemónicos, o de renovadas corrientes ideológicas capaces de aglutinar al numeroso priísmo de todo el país, en torno de una propuesta de partido moderno, con vocación de poder a nivel nacional y con una propuesta que jale a los grandes núcleos sociales inconformes con el PAN o el PRD. La disputa por lo que queda del viejo PRI se dará entre sus gobernadores -de los que se debe excluir el DF y el poder presidencial-, y sus poderosos liderazgos en el Congreso. Nada más. Y es que a siete años de que perdió el poder presidencial, a su jefe articulador que era el presidente en turno, el PRI terminó convertido en una federación de partidos estatales, es tantos PRI como centros de poder real. El PRI de Nuevo León, por ejemplo, nada tiene que ver con el de Oaxaca, Sonora o Veracruz, porque cada gobernador surgido del PRI ha convertido a la entidad que gobierna en un auténtico virreinato, manejado a su antojo, con su peculiar ideología y estilo, y en la mayoría de las ocasiones confrontado con la dirigencia nacional. Pero si bien los gobernadores priístas fueron los más beneficiados del fin del partido único y de la alternancia en el poder presidencial -porque sin el presidente surgido del PRI los gobernadores pasaron a ser los jefes reales de sus estados, sin más poder partidista por encima de ellos-, lo cierto es que a partir de julio del 2000 el PRI perdió no sólo a su eje aglutinador, sino su capacidad de cohesión nacional, su poder como fuerza realmente nacional. En efecto, el PRI está en todo el país, como ningún otro partido es capaz de seguir ganando elecciones estatales e incluso de arrebatarle al PAN y al PRD gobiernos locales, pero no cuenta con una fuerza central capaz de sumar las partes para hacer frente a una contienda nacional, como la de julio de 2006 y la aún lejana de 2012. Por eso podría resultar aleccionadora la experiencia -si no un peligroso experimento- que el Revolucionario Institucional llevará a cabo a partir de hoy y hasta el 18 de febrero, en que elegirá a su nuevo presidente nacional. ¿Por qué aleccionadora y/o peligrosa? Vale recordar que la nueva dirigencia será electa en un método cerrado, de convenciones en donde los consejos estatales, el del DF y el Consejo Nacional elegirán al nuevo presidente y secretario. Es decir, la estructura estatal de cada uno de los muchos PRI entrará en una competencia para apoyar a cada uno de los aspirantes, de entre Beatriz Paredes, Enrique Jackson, Javier Oliva y Alejandro Gárate. En el fondo, los gobernadores priístas -que son quienes controlan la estructura partidista- serán los grandes electores, en tanto que en las entidades donde no hay gobernador del PRI, los jefes del Congreso estatal o los alcaldes de las ciudades más importantes -siempre de filiación priísta- tendrán la calidad de grandes electores. Esa metodología obligará a quienes aspiran a presidir el PRI nacional a realizar acuerdos, alianzas, pactos, y alcanzar consensos en torno de una figura y un proyecto que, al resultar ganadora, representará a nivel nacional y frente a las fuentes de financiamiento público y a los poderes del Estado -como el nuevo gobierno de Calderón-, al grupo de priístas mayoritario, al más fuerte y capaz de unificarse en torno de un proyecto o un interés específico. En realidad la elección del nuevo presidente del PRI será un esfuerzo de unificación de los muchos PRI, o del mayor número de ellos. Pero existe el riesgo, latente a partir de la cultura priísta de la trampa, la manipulación, y en general de la antidemocracia, de que el PRI termine aún más fracturado. En todo caso el mayor ganador de que exista un PRI unificado, fuerte, y una dirigencia legitimada por un proceso creíble, no será sólo el viejo partido, sino el gobierno de Felipe Calderón, que contará con un interlocutor confiable. En el PRI y en el gobierno de Felipe Calderón la apuesta no es menor. Y si no, al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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