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El gran Monsiváis
Muchas veces me he preguntado cuántas horas tienen los días de Carlos Monsiváis. Cómo hace para escribir, leer, ensayar, historias, novelas, poesía, cómics y cuantos periódicos y revistas caen en sus manos; estar al tanto de la música popular y escuchar todo tipo de la llamada música culta de todas las épocas; ver películas y saber lo último que se transmite en la televisión; dar conferencias, presentar libros, participar en mesas redondas; comprar libros, grabados, caricaturas y fotografías en las tiendas de antigüedades; colaborar en medios impresos y electrónicos; conceder entrevistas en las que, invariablemente, resulta brillante y mordaz; visitar museos y galerías para mantenerse informado de las artes visuales; recorrer con atención asombrosa la ciudad de México para nutrir sus crónicas; tejer su red de informantes, que lo tienen al día de cuanto pasa; cultivar amistades que le tienen genuina veneración; aumentar con paciencia jobiana su impresionante colección de luchadores; ser aliado de las mejores causas y combatiente sin par frente a la marginación, la discriminación y la intolerancia; atender, querer y recordar los nombres de sus innumerables gatos, y varios etcéteras más. Tengo la certeza de que en los múltiples gustos, aficiones, pasiones, vocaciones y trabajos de Monsiváis, nunca se pone el sol. Y, además, Carlos es, en el mejor sentido de la palabra, un hombre generoso que prodiga su enseñanza, su deslumbrante inteligencia e impresionante cultura, entretejidas con un manejo de la ironía que lanza a fondo contra la solemnidad, los mármoles, bronces y prohombres de la política nacional y sobre toda clase de pedantería. Leí hace unos días que un amigo de Carlos comentó que ha de ser difícil para él asumirse como Monsiváis, porque está obligado a ser, todo el tiempo, brillante, informado y mordaz, y al parecer él acepta el tamaño de ese reto y lo supera con creces y, como cereza en el pastel de la inteligencia, con un deslumbrante sentido del humor. En estos días Monsiváis ha estado con mayor asiduidad, si eso es posible, bajo los reflectores, por la inauguración del Museo del Estanquillo, en Isabel la Católica -qué ironía-, en donde están reunidas sus múltiples y nutridas colecciones y que, estoy seguro, se convertirá en un sitio de visita indispensable. Y, también, por el premio que le fue otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que aunque en el tema del nombre de Juan Rulfo ha causado una polémica intensa y un litigio, en la designación de Carlos fue unánime y entusiasta. Cuando han llegado a preguntarme sobre el mejor libro de Carlos Monsiváis, invariablemente termino hablando de cuatro o cinco, y nunca me decido por uno en particular. Lo que sí sé, sin lugar a dudas, es que, como cronista, Carlos es, y pido prestado a T.S. Eliot su calificativo sobre Ezra Pound: "Il miglior fabro".
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