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Raymundo Riva Palacio
01 de enero de 2007

La factura pendiente

Andrés Manuel López Obrador tiene una deuda con millones de mexicanos: iniciar la autocrítica de su fracaso electoral

La ´república legítima´ parece muy sosegada. Desde su presidente hasta su gabinete , todos se fueron de vacaciones, y hasta después de los festejos de Reyes, una vez recargadas sus baterías de retórica y nuevos insultos, seguirán tratando de aniquilar a periodicazos al gobierno de Felipe Calderón. La cuerda les durará algún tiempo por la inercia y el voluntarismo de algunos de sus más fieles creyentes, pero en las condiciones como empacaron sus maletas y se fueron de vacaciones a mediados de diciembre, no parecen tener suficiente combustible para una larga marcha.

De hecho, el problema más serio no lo tiene la presidencia legítima y su cabeza Andrés Manuel López Obrador con Calderón, o los empresarios, o las multinacionales, o con los medios mexicanos a los que acusa de ser su enemigo, o con los extranjeros a los cuales, por ser críticos, los acusa de haber sido maiceados, o con todas las fuerzas que se siguen sumando a la gran conspiración que le impidió llegar al poder, sino en casa. Antes de que López Obrador siga pírricamente por la vida y termine de dilapidar su muy bien ganado capital político y el del PRD, tiene que aclarar, para su partido, su coalición, sus electores y la historia, qué rayos le pasó en la campaña presidencial.

Sus cercanos, por cierto la mayoría sin historia dentro de la izquierda o del PRD, argumentan que son las fuerzas enemigas de López Obrador las que desean una autocrítica para denostarlo. Recién pasada la elección, el presidente del PRD, Leonel Cota, se negó a iniciar ese proceso de análisis y valoración del proceso con el pretexto de que lo que buscaba la derecha era que se pelearan internamente. El PRD, en pleno conflicto postelectoral, postergó ese reclamo, y los lopezobradoristas -una categoría que incluye a la izquierda, pero tiene entre los anarquistas a sus más leales defensores-, junto con los ex priístas en el entorno cercano del ex candidato, prefirieron dedicarse a otras cosas: los primeros, a denostar a todo aquel que se atreviera a tocar a su líder; los segundos, a luchar por sobrevivir.

En todo caso, ni López Obrador quiere que se abra la autocrítica a lo que sucedió en su campaña, ni sus cercanos desean quitarle la llave a la cerradura. Son, de muchas maneras, responsables directos del fracaso. López Obrador fue muy soberbio y muy necio. Granpolítico, chapado a la antigua, se equivocó de varias maneras. Comenzó una campaña de tierra cuando, hoy en día, para bien y para mal, las nuevas tecnologías la hacen altamente costosa y con pocos réditos electorales. No quiso entrar a los spots hasta muy tarde en la campaña, y pese a haber gastado mil 800 puntos de rating en el último mes -300 puntos de rating más que Calderón-, no pudo revertir el daño que se infligió él mismo por no haber frenado la caída en preferencia de voto. No la frenó porque no quiso ver la realidad. En febrero tenía una ventaja de 10 puntos sobre el segundo lugar, que perdió en cuatro meses. ¿Cómo se pierden tantos puntos en tan poco tiempo? Sólo por torpezas. Cuando esa ventaja comenzó a reducirse -algo, por cierto, natural: cuando se está tan alto, sólo puede bajar- no quiso oír a su encuestadora, Ana Cristina Covarrubias, quien le daba ese dato. Por lo mismo, no fue al primer debate -que le causó una pérdida adicional estimada de cuatro puntos-, y se regocijó gritándole "chachalaca" al ex presidente Vicente Fox -que le causó otros dos puntos-. Cuando el equipo de Calderón inició una muy agresiva campaña negativa, la respuesta de López Obrador fue el de unos spots estéticamente bellos de Luis Mandoki que no le dijeron nada al electorado.

Finalmente los operadores más experimentados lo convencieron para que cambiara a un artista por un especialista en imagen y comunicación política, entrando a la campaña Hugo Scherer. Pero, para su desmayo, las cosas tampoco cambiaron mucho. En el último mes de campaña, la parte más crítica de la contienda, Scherer sólo fue recibido 15 minutos por el candidato. En el mes previo, sólo pudo hablar con él, breve e insustancialmente, cuando le abrían unos minutos de la madrugada para revisar la estrategia. Es decir, la política moderna, no se le daba. Decía dentro del cuarto de guerra de su campaña que el electorado no iba a votar "por los malos", sino que se inclinarían "por el bueno", que era él. Ese maniqueísmo teológico nunca abandonaría a López Obrador que, por cierto, es protestante.

Prácticamente todas las redes ciudadanas fueron un fracaso. Pero no sólo porque fue una muy mala operación política de los lopezobradoristas, sino porque el candidato fue un muy mal candidato, visto a través de su discurso reduccionista y sectario. Su falta de matices contra los empresarios, lo hizo perder muy rápido el norte. No hacía falta ninguna campaña negativa. López Obrador se dañaba a sí mismo con sus generalidades y acusaciones sin fondo, de acuerdo con investigadores que realizaron grupos de enfoque en esos segmentos durante la campaña. Su ausencia de discurso para los jóvenes se reflejó también cuando la mayoría compró el tema del empleo de Calderón. No le hacía caso a los estrategas para afinar el discurso e identificar a quienes realmente consideraba sus enemigos. Peor aún, gente fuera de la campaña a la que recurría regularmente por consejo, dejó de recibirla y escucharla cuando sus palabras no eran las que él quería oír. Covarrubias le dijo que llegaban al 2 de julio con un empate técnico y, al finalizar la jornada electoral, de acuerdo con sus encuestas de salida y conteos rápidos, le manifestó que llegaba con un punto arriba pero con 12% de votantes que no respondieron el cuestionario. No obstante, López Obrador se declaró vencedor esa noche, argumentando que sus datos le daban más de 10 puntos de ventaja.

Nunca pudo documentar fraude electoral, ni el 2 de julio ni durante la campaña porque no tenía nada para probarlo. "Nunca tuvimos un plan B", reconoció uno de sus cercanos. "Jamás pensó que podía perder". Llamó abogados de todos lados y cuando varios pidieron la documentación para el caso, les dijeron que no había, que "inventaran". Con la sola generación de la sospecha de fraude, montó un megaplantón en el Paseo de la Reforma, en el Distrito Federal que sus cercanos aseguran fue la única manera de que no los eliminaran políticamente. Cierto, aunque sólo cambiaron al verdugo. El hacha sobre el PRD cayó de la mano de López Obrador, cuya sonora protesta urbana llevó al partido a los niveles electorales de hace seis años.

Por supuesto que no quieren la autocrítica. Si se revisa el 2006 electoral, López Obrador, sus cercanos no perredistas y sus siervos en el partido, como Cota, saldrían muy mal evaluados. La elección, se podrá argumentar, no la ganó Calderón sino la perdió López Obrador. Esto, sin lugar a dudas, es una cuenta por cobrar.

rriva@eluniversal.com.mx

r_rivapalacio@yahoo.com

 
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PERFIL
 
Reconocido periodista y analista, Raymundo Riva Palacio ha obtenido dos Premios Nacionales de Periodismo. Durante su fructífera carrera, ha escrito para numerosos periódicos de México, España, Canadá y Estados Unidos. Es autor de "Centroamérica: la guerra ya empezó", "Más allá de los límites: ensayo para un nuevo periodismo", y coautor de "Aún tiembla" y "La cultura de la colisión". Su último libro se titula "La prensa de los jardines". Actualmente es director editorial de El Gráfico, El M, y coordinador de asuntos internacionales de EL UNIVERSAL.
 
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