|
China: carrera hacia los automóviles
En el año 2000 China no compró ningún automóvil de super-lujo. En 2005 los chinos ricos optaron por 50 mil y para 2007 serán 125 mil. La llegada del automóvil a una sociedad pobre constituye una fascinante movilización del imaginario colectivo hacia el absoluto individualismo. A Marcelino Camacho, líder del sindicalismo comunista en España, obrero de una gran empresa corporativa, tuve ocasión de verlo en uno de mis viajes a España. En una ocasión estaba preso, me parece, en una cárcel de Soria o Segovia. Visité a su familia, gente magnífica que guardo en mi memoria, y nos pusimos de acuerdo para que lo fuéramos a visitar y yo mismo pasara a verlo como un miembro más de su familia. Por un azar, las cosas salieron bien y pude hablar unos minutos -largos en el riesgo- con él y con sus camaradas. Ellos se sintieron como en un día de fiesta. La esposa de Marcelino, cuyo comportamiento en esos años fue notable, sin que en las memorias actuales figure para nada -como siempre ocurre-, y no volví a verlos hasta años después, cuando, todavía en el régimen franquista, Marcelino recobró la libertad y regresó a su trabajo. En un corto viaje a París regresé a México por Madrid y pude encontrarlo. Su reinstalación en la normalidad laboral me interesaba mucho como investigador. Me hizo un análisis muy equilibrado. Me contó que había una nueva generación en las fábricas y que en los últimos años del franquismo, con un crecimiento económico alto (6% de promedio entre 1956 y 1975), se notaban cambios. Añadió una cosa significativa: que algunos de los obreros y empleados habían llegado al coche popular y que ese signo -después de dos decenios de pobreza, puesto que hasta el decenio de 1950 no se superó el ingreso per cápita de 1936- lo había obligado a cambiar enteramente su discurso. En efecto, el cochecito popular y la moto Vespa (creo que era su nombre) transformaban las calles y los hábitos de vida, lo que significó, a la muerte de Franco, que la nueva burguesía española, después de unos años de relajación económica y mejor distribución de la renta, estuviera muy de acuerdo en una negociación consensuada: el Pacto de la Moncloa. Lo cierto es que nunca olvidé aquella conversación con Marcelino Camacho. Coincidía con mi propia visión de que el consenso es impensable cuando la pobreza divide a un país por abajo y deja, por arriba, una élite asocial y oligárquica. El Partido Comunista y, obviamente, el Socialista de Felipe González, maduros y no deseando de ninguna manera regresar a la hoguera de la guerra civil, mantuvieron las banderas de la negociación con los hombres del régimen que, como Adolfo Suárez, estaban absolutamente dispuestos a la transición democrática. Felipe González configuraría, con la notable lucidez del Partido Comunista, la negociación. Lo cierto es que nunca he olvidado aquella conversación en la casa de Marcelino Camacho, que andando el tiempo vino a México y lo recibí en mi casa con mis alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas. Ahora me ha vuelto a la cabeza al leer que los nuevos ricos chinos, todavía con el Partido al frente, no quieren el Cadillac deportivo y que prefieren el Cadillac SLS (no entiendo mucho de marcas) porque es más lujoso y, al fin y al cabo, lo pueden comprar por 62 mil 500 dólares. Hablamos ya de la tercera potencia comercial del mundo. ¿Dónde quedó Mao? Adiós. Recién salido de la cárcel, con objetividad y alguna melancolía, Marcelino Camacho me dijo que su discurso anterior ya no era válido y que tenía que hacer otro para las nuevas generaciones que muy pronto lo dejaron atrás. No obstante, ese ancho recorrido del hombre por las tempestades y los cambios nos permite asumir la responsabilidad de la historia. que no espera a nadie. alponte@prodigy.net.mx
|