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El libertario chef de la monarquía
Una buena amiga, sabedora de mi gusto por la historia de Francia, me convidó a ver una película cuyo título en español, fallido de alguna manera, es Luis XIV, el Rey Sol , y que en francés es El Rey Baila . Aunque olvidable, la cinta intenta recrear un periodo clave de la vida de Francia, el reinado de Luis XIV, con una monarquía en caída libre, cuyo despotismo explica, en parte, la Revolución Francesa. Pedante en la concepción y no bien editado, el filme es un largo flash back que va de la amputación de una pierna al rey -toda una tragedia si se toma en cuenta su pasión por bailar- a su infancia atormentada por su madre y la ambición de sus ministros, entre los cuales se cuenta su primo. Con buena factura en la ambientación de época, la fotografía y el diseño de la producción, la historia naufraga en medio de sus pretensiones, porque nunca logra la hondura que requieren los personajes ni del tiempo que marcó la entrada en la modernidad de la política, la toma en escena del pueblo derrocando a la monarquía, inaugurando una incipiente democracia y poniendo en la agenda política, como prioridad, los derechos humanos que, a siglos de distancia, sigue siendo una asignatura pendiente. No pude evitar proponerle a mi amiga ver Vatel, en la inteligencia de que una historia espléndidamente contada pudiera hacer las veces de contrapeso a la película que tanto la había entusiasmado. Una frase de Gerard Depardieu, quien encarna al personaje protagónico, fue el eje de mi comparación. Palabras más o menos, Vatel, al mostrarle a un pequeño aprendiz el valor de su oficio, le dice que en la armonía reside el secreto de la belleza, porque entre lo burdo y lo sublime está el equilibrio, todo esto a cuenta de un postre, hermosamente presentado, al que agrega una hermosa silvestre flor azul. La película narra la historia real de tres días en los cuales el príncipe De Condé, general al que Luis XIV intenta involucrar en la guerra contra el holandés Guillermo de Orange, le ofrece un festejo para el cual Francois Vatel resulta pieza clave, ya que el ágape podría servir para sacar al príncipe de la bancarrota. Artista en forma y fondo, esta suerte de maestro de festejos que es Vatel crea, con su prodigiosa imaginación, una fiesta temática, con música, escenografía y viandas deslumbrantes que acaban por fascinar al Rey Sol, al grado de que en una partida de cartas se juega al personaje con el príncipe De Condé, con la intención de llevárselo a Versalles. Como la vida tiene mucho de azar, una mujer de la corte -encarnada por Uma Thurman-, preferida del monarca y su principal consejero, juega el papel de bisagra entre la fatuidad de la nobleza y la sensibilidad, diría yo que casi anarquista de Vatel, creando un interesante contrapunto en el que los principios literalmente le cuestan la vida a ese avanzado creador de performances y cambia para siempre el destino de la mujer. Ambas películas tienen que ver con Luis XIV, pero el peso que se da a la enorme libertad de Vatel marca la diferencia. La sutileza en la cinta de Roland Joffé traza la línea divisoria, porque por ésta pasa la vida en sus intrincadas veredas y la condición humana se despliega en una lectura que cruza diagonalmente la sociedad francesa de aquella época. Este filme, además, me hizo pensar en los tiempos que ahora corren en nuestro país, quizá por la descripción de esa élite insensible que despreciaba la vida y la dignidad de quienes con su trabajo llenan la mesa de banquete, acumulando fuerza a partir de su dolor y su ira por una vida que los arrolla en sus enormes desigualdades. A veces, creo yo, el cine nos dice más de lo que creemos ver.
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