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El nuevo secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates (sucesor de Rumsfeld), señaló, recientemente, "que no se está ganando la guerra en Irak". Ahora, en su primer viaje, como líder del Pentágono, a Irak, es decir, a la vieja Mesopotamia de Abraham y Nabucodonosor, Robert Gates se encuentra ante la realidad: el caos. Reconoce, a su vez, que la retirada de las tropas estadounidenses (140 mil) sin la seguridad de un gobierno de coalición con autoridad, resultaría una catástrofe moral para EU y la guerra civil para el país evacuado. "¿Qué hacer?". Esa interrogación famosa la hizo Lenin, en un texto que sigue siendo dramático y un paradigma inexorable en el área de las contradicciones históricas. El ex secretario de Estado de Bush, Powell, pudo haber sido, de mantenerse digno, un candidato presidencial (negro) con verdadera autoridad ética. Su papel, en la Guerra del Golfo, con el primer Bush en la Casa Blanca, le colocó en un alto nivel de fiabilidad y de dignidad militar. En enero de 2003, en una reunión con el segundo Bush, éste le dijo que estaba decidido a iniciar la guerra contra Irak. Según el impresionante libro de Bob Woodward (el "tercero" sobre Bush en guerra) State of Denial, el presidente le señaló que había tomado su decisión: la invasión de Irak. Powell lo interrogó y la interrogación era una seria duda: "¿Usted está seguro?". "Sí". "¿Usted comprende las consecuencias?" (durante casi seis meses, de acuerdo con Bob Woodward, Powell había intentado hacer entender la complejidad que implicaría, para EU, el gobierno de Irak después de la guerra), insistió ante Bush. El presidente le dijo que las comprendía. Pero terminó la conversación con un ultimátum: "¿Está usted en esto conmigo? Pienso que tengo que hacerlo y lo necesito". Powell, un militar disciplinado, retrocedió y terminó, realmente, su carrera: "Estoy con usted, Mr. President". Dudas existían al más alto nivel. Woodward proporciona otra conversación paralela. La que tuvo la madre de George W. Bush, ex primera dama, con un colaborador importante de su marido, el primer presidente de ese apellido y personalidad notable en la política y la universidad: David L. Boren. Era un amigo. Bárbara Bush (página 114 del libro) trasladó a Boren, en aquel momento presidente de la Universidad de Oklahoma, de una manera clara, sus inquietudes: "Usted me ha dicho siempre la verdad. ¿Me dirá la verdad ahora?". "Sí, señora". "¿Tenemos el derecho a estar preocupados por el tema de Irak?". "Sí, yo estoy muy preocupado". "¿Piensa que es un error?". "Sí, señora. Pienso que es un enorme error...". "Bien, su padre está ciertamente preocupado y está perdiendo el sueño. Se levanta inquieto en la noche". "¿Y por qué no le habla a él?". Le explica que es una conversación difícil. Boren contesta: "Pero es un ex presidente de EU y un experto en ese tema". Robert Gates se encuentra en la misma encrucijada. Aquí he dicho, más de una vez, que el problema cultural, religioso y lingüístico era un asunto capital en orden al Irak. Señalé, más de una vez, que la Secretaría de Estado apenas tenía traductores para el árabe. En la página 321 del libro de Woodward se habla, patéticamente, de esa grave brecha. Se buscó en Argelia y en Marruecos gente que supiera árabe e inglés. Se pensaba que con dinero se resolvería ese dilema esencial. No fue así. No ha sido así. Se requería un entendimiento completo y complejo de esa inmensa realidad social y cultural, y se fue a un callejón sin salida tras la lamentable historia de las armas de destrucción masiva inexistentes. Una tragedia para un país que creía, sin más, que sus soldados serían recibidos como libertadores. Robert Gates lo vive, ahora, en directo. La historia durará más que los dos periodos de Bush II. alponte@prodigy.net.mx
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