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El librero de Kabul (México, Océano/Maeva, 2004), de la periodista noruega Åsne Seierstad, es como el título del libro ya avisa, la historia de un librero afgano, pero también es mucho más que esto: se trata de la crónica de una familia que vive en la capital de Afganistán, escrita en la mejor tradición de los libros de viajes y que nos revela las formas de subsistencia en las condiciones políticas, económicas y religiosas más difíciles. Sultán Khan, el librero, es el jefe de la familia: el que se encarga de proveer lo necesario a su madre, sus dos esposas, sus hijos y sus hermanas. Un hombre que ama los libros y respeta la cultura, incluso con cierto grado de eclecticismo (lo cual es inusual en una cultura tan tradicional como la afgana), y que sin embargo este amor a los libros y este respeto a la cultura no lo salvan de ser autoritario, insensible a veces, dogmático e incluso despiadado. Sultán Khan, según nos revela el libro de Åsne Seierstad, se hizo librero en Kabul siendo que este oficio es uno de los más peligrosos en Afganistán, además de insólito, pues tres cuartas parte de la población afgana son analfabetas. "Los libros representaban la razón de ser de Sultán; siempre había sido así desde que vio su primer libro en la escuela", relata Seierstad. Nació en el seno de una familia pobre, pero sus padres, analfabetos, ahorraron para pagar la educación de su primer hijo varón en un medio donde la educación de las mujeres no se asume como necesaria e incluso puede considerarse una ambición perniciosa. De modo que Sultán, por ser varón y primogénito, se benefició con la educación que lo llevaría hacia los libros. Refiere la autora: "Su carrera de librero empezó cuando aún era adolescente. Había iniciado sus estudios de ingeniería, pero no encontraba los libros de texto necesarios. De viaje por Teherán con su tío, tropezó por casualidad con todos los manuales que buscaba, en uno de los bien provistos mercados de libros de la ciudad, y compró cierta cantidad de volúmenes de varios títulos, que vendió a sus compañeros de clase por el doble de precio a su regreso a Kabul... Sólo ejerció de ingeniero en la obra de dos edificios en Kabul antes de que su obsesión por los libros lo apartara del mundo de la construcción. Seducido por los mercados de libros de Teherán, aquel muchacho de pueblo deambulaba entre los libros de la metrópoli persa, encontrando títulos cuya existencia no se había podido ni imaginar". Ser librero en Kabul es enfrentar innumerables riesgos. Sultán Khan fue llevado a prisión más de una vez por vender libros que el régimen en turno consideraba prohibidos. A lo largo de su existencia tuvo que ingeniárselas para esconder aquellos volúmenes cuya sola exhibición lo llevaría nuevamente, sin ninguna duda, a la cárcel. El mismo Khan narra del siguiente modo su drama: "Primero, los comunistas me quemaron los libros, luego los mujaidines saquearon la librería y, finalmente, los talibán volvieron a quemar mis libros". Toda esta historia del librero de Kabul y de sus tesoros bibliográficos que guardaba en el mayor sigilo se ve superada, en cierta medida, por el relato más humano y más amplio de la vida en Kabul de la familia del librero. Sultán Khan, que se consideraba incluso un librepensador, no se diferencia mucho, en sus juicios y comportamiento, de los más ortodoxos afganos, sobre las tradiciones y religión. La crónica de Seierstad sobre la familia de Khan es lo que hace más vivo a este libro, como un relato inolvidable de costumbres. En este sentido, El librero de Kabul es una obra extraordinaria.
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