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Navidades y circo
Mis nietas pequeñas me miran asombradas mientras les cuento que, cuando era un joven periodista, entré junto con un renombrado domador en una jaula con 12 imponentes leones africanos. -¿Eran grandes, abuelo? Y yo, les digo que eran enormes, fieros, de largas melenas y que rugían constantemente mientras avanzábamos al centro de la pista, rodeados por las bestias. -¿Tuviste miedo, abuelo? Como no acostumbro mentir, les dije que sí, que tuve un poquito de miedo. Todo esto viene a cuento porque vienen las navidades y, con ellas, contra la lógica de la nieve y los santacloses redondos y vociferantes, a la ciudad de México llega el circo. Porque ustedes deben saber que una de las grandes tradiciones del espectáculo mexicano es precisamente la temporada invernal del Circo Atayde: un circo centenario que viene año con año a devolvernos la emoción, el suspenso, la sonrisa, la fantasía. Cuando entré en la jaula de los leones en el Circo Price de Madrid, en el año de 1950, nunca me imaginé que ese fenomenal espectáculo cambiaría mi vida. Así, he viajado y visto decenas de circos y de grandes intérpretes a lo largo de mi vida y he inculcado el amor por esa magnífica tradición a mis hijos y, espero que también, a mis nietas. Porque el circo es, sin duda, cultura, y una brillante manifestación del arte puesta al servicio de los ojos, los oídos, el corazón y las emociones. Este año, como tantos muchos, iremos tomados de la mano, hijos, nietas, nueras y sobrinos, a refrendar nuestra pasión por el circo y a decirle a la familia Atayde que somos sus más rendidos y fieles seguidores, Navidad tras Navidad. Lo que no le conté a mis nietas, y espero que a ninguno de mis lectores se le ocurra decirles, es que el domador del viejo Circo Price de Madrid fue devorado -unas semanas después de que nos vimos- por sus 12 inmensos gatos, y que yo jamás volví a entrar en una jaula.
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