El Universal Columnas
 
 Buscar en: 
  
 
   
    Crónicas neuróticas
Rafael Pérez Gay
18 de diciembre de 2006

Algo anda mal

Sábado, 10:20pm. Encaminé la lectura de un libro sobre la Casa de la Ciudad de México, de Enrique Ayala Alonso. Avancé por un capítulo dedicado a las vecindades. La casa de patios, como se les conoció también, no alojaba a una sola familia, sino a muchas distribuidas en uno o dos cuartos alrededor de una planta cuadrada de corredores porticados. Contra lo que se piensa, en el siglo XVII estas casas no estaban destinadas a los pobres, sino a los artesanos de cierto rango. Este modelo produjo la casa-tienda-taller que marcó para siempre la vida de la ciudad. Mientras leía, un viento de mil seiscientos se introdujo en el alba del siglo XXI. Oí voces en la casa vecina. En la manzana donde vivo, los predios fueron divididos de forma que atrás de la azotehuela de la casa de usted hay un muro y luego arriba la ventana de una habitación. Hace algún tiempo vivió ahí un grupo de cubanos. Cuando se llevaron su isla a otra parte vino a vivir una pareja de pasiones incontrolables. Hemos construido con ellos extrañas intimidades. Oí una voz de mujer:

-Te estoy esperando desde las seis de la tarde (inaudible) siempre lo mismo.

Un hombre contestó a través de la ventana abierta:

-(inaudible) retraso del vuelo. No sabía (inaudible) no soy Dios.

Alguna vez hice ese servicio militar, pensé, conozco el cuartel, la fajina, los trabajos forzados. El hombre se equivocaba, al menos una vez, todos hemos sido dioses. Perdí el hilo de la evolución de la casa mexicana y del trabajo que debía entregar para una revista de hoteles. Las voces se alejaron y se convirtieron en susurros.

Sábado 11:05pm. Acepto que soy curioso. La indiscreción me ha metido en problemas serios. De momento no quisiera alargarme en los pleitos de amor, suelen ser tediosos y repetitivos. Me levanté del sillón y me acerqué a la ventana. Murmullos incomprensibles. Desistí y quise volver a la lectura, pero no encontré el libro. De un tiempo a esta parte todo lo pierdo. Aun en espacios pequeños los objetos se me esconden. Me la paso persiguiendo lentes, llaves, encendedores y libros porque los olvido después de un movimiento inconsciente. Desde luego no vamos a hablar de las oscuridades del Ello o de las recámaras impredecibles del cerebro. Busqué entre las cobijas, abajo del cojín del sillón, en el buró. Nada. No sé como fui a poner el libro arriba de la televisión. En la pantalla había una balacera. Volví a la lectura, pero avancé poco. No eran voces, sino sonidos guturales. Mis vecinos habían pasado del odio al amor. Como las adicciones, la curiosidad no conoce límites. Escuché amores desaforados y rítmicos entre gemidos y frases incomprensibles, como si estuvieran en mi habitación o yo en la de ellos. Me acerqué otra vez a la ventana para escuchar mejor:

-Así (inaudible).

-Sí (inaudible).

-Más (sonidos guturales).

No está mal, pensé, pero prefiero a los cubanos, ellos eran más directos, menos atormentados. Caminé por la habitación como un perro de azotea no tanto por las intimidades vecinas como por una sublevación en el estómago que se encaminaba a la destrucción de la noche. Juré no comer otra vez como un náufrago, juré ir al médico, juré muchas cosas mientras mis vecinos se acercaban a la felicidad. Los fuegos se apagaron y yo me hundí en sueños raros de vecindades antiguas.

Sábado, 1:15 am. Me regresó a la vigilia un grito perentorio:

-¡Entonces vete!

Lo que nos faltaba: dos locos perdidos en un laberinto de amores incorregibles, pensé mientras un objeto se estrellaba en la pared. Locos furiosos. Mi mujer despertó:

-Nada- le dije- dos locos.

-Van a acabar en el hospital o en la delegación.

No llevaron su noche a ninguno de los dos lugares. Los gritos se convirtieron de nuevo en murmullos y luego otra vez en ardores rítmicos. Dije en voz alta:

-Nos persigue la mala suerte. Nuestros nuevos vecinos se fugaron de un manicomio.

Cuando quise volver a la lectura no encontré el libro. Lo busqué por todas partes y no aparecía. No sé cómo llegó al baño. Para entonces mis lentes para leer se habían fugado. Bien visto, el que está para el manicomio soy yo. Di los lentes por perdidos y me acerqué a la ventana. Nada. Silencio.

Domingo, 8:00 am. Me desperté temprano. Me puse los pants y los tenis. Salí al frío de diciembre y di la vuelta a la manzana. Inicié una serie de ejercicios en el camellón que está frente a la casa de los locos. Junto a mí pasó una señora con un perro. Nos dimos los buenos días. Se abrió la puerta de la casa. Vi salir a un piloto aviador con su uniforme azul arrastrando una pequeña maleta de ruedas con la mano derecha y un portafolios en la izquierda. Pensé en los pasajeros de su vuelo. Algo anda mal en esa casa. Mientras lo averiguo tomaré unas vacaciones. Si todo sale bien, volveré a esta página el lunes 8 de enero del 2007.

 
BÚSQUEDA
Autor:  
Columna:
 

PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
Columnas anteriores
 
El primer huésped 2006-12-11
 
Ustedes van por Eduardo Molina 2006-12-04
 
Una entrevista de banqueta 2006-11-20
 
El infierno de Insurgentes 2006-11-13
 
Es que hay obras 2006-11-06
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Mapa de sitio
© 2006 Copyright El Universal Online México, S.A. de C.V.