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Juan María Alponte
15 de diciembre de 2006

¿El islam y el judaísmo pueden dialogar?

Leo, conmovido, un libro con este título: L´Islam et le judaísmo en dialogue (El Islam y el judaísmo en diálogo). El texto recoge las ideas del rabino Philippe Haddad y el ulema Ghaleb Bencheikh. El moderador es Jean-Philippe Caudron y, en la portada, campean, a la vez, la media luna del islam y la estrella de Sion. Dos palabras circundan el dibujo: Salam, paz en árabe, y Shalom, paz en hebreo.

Mi lectura se realiza cuando, en el área palestina la refriega entre los dos partidos con fusiles, el Hamas y el Fath, se obstinan en la confrontación haciendo inviable un frente común. A las mismas horas, el Estado de Israel, y sus partidos, sufren la amarga reflexión de su intervención en el Líbano. Intervención cuyos efectos esenciales se han reflejado en la crisis del Gobierno y en un debate interno que, por vez primera, admite las consecuencias, militares y políticas, de un serio fracaso. Fracaso que se expresa, políticamente, en contradicciones crecientes y en una crítica clara a sus gobernantes. En el entretanto la situación de Gaza se ha agravado y las acciones militares añaden, al fuego, la gasolina.

La rebelión en Irak adquiere niveles inusitados que cercan las elecciones intermedias en Estados Unidos colocando a los republicanos y a Bush en un bache considerable ante una situación que, además, se complica en Afganistán donde los talibán están de regreso mientras en Inglaterra, a muy alto nivel del ejército, se pide el retorno de las tropas británicas.

En ese momento leo ese admirable diálogo de dos hombres de bien que intentan, buscan y encuentran un espacio común para el entendimiento. Uno es un rabino (rabino dice Haddad procede de la raíz hebrea rab que significa mucho y que, por connotación, señala al que sabe mucho) y el otro, el ulema Bencheikh (ulema es el plural genérico de alim que puede traducirse, también, como sabio) y, por tanto, los dos, inteligentes, encuentran terrenos de concordia. Sólo los fanáticos se atrincheran en sus territorios de intransigencia.

Bencheikh dice a Haddad "que la justicia consiste en entregar al otro lo que le pertenece y, hecho esto, hacer prueba de comprensión y generosidad en el momento de la partición porque la paz, sin la justicia, no es nada más que la ausencia de guerra y la justicia sin el perdón, sin la reconciliación no resuelve el problema".

Haddad le dice "que él no vive en Israel. No soy un militante político, no soy un militar. Intento ser un rabino. Un conflicto o incluso una guerra civil puede surgir en el seno de la sociedad israelí. La verdad es el sello de Dios y la paz es su nombre. La paz pasa por el reconocimiento de nombres y memorias. De parte de Israel la paz pasa por el reconocimiento de un Estado palestino con un territorio que queda por definir y, de la parte del mundo árabe, la paz pasa por el reconocimiento de un Estado judío.".

En un momento del apasionante diálogo señalan que fue una tragedia que, en 1948 no se hubiera aceptado el plan de las Naciones Unidas para crear los dos Estados y que, al arriarse la bandera ingresa en Palestina, se terminara la Partición de la ONU con la primera guerra. "El mundo árabe en su conjunto, añade, debe reconocer al Estado de Israel con fronteras seguras y garantizadas". Haddad le contesta: "La tradición judía señala: tú no te vengarás; tú no guardarás rencor en tu corazón. El hombre fuerte es el que hace, de su enemigo, un amigo".

Ese diálogo donde el universo cultural semita posibilita que Salam y Shalom se crucen con la misma intensa y emocionante proposición de paz, nos revelaría que, en vez de los políticos atrapados en su mensaje de destrucción, deberían negociar los sabios que transportan consigo la misma herencia cultural: el reconocimiento del otro.

 
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PERFIL
 
Profesor titular de la FCPyS de la UNAM, escritor y periodista. Ha colaborado en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Ha escrito 37 libros, entre los que destacan Retrato de una Familia Babélica; las biografías de Colón y Lenin; Historias en la Tierra y Los Liberadores de la Conciencia.
 
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