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Víctor Kerber
14 de diciembre de 2006

La falacia como arma de coerción

Es falaz, por ejemplo, suponer que con el mero incremento en el presupuesto a la educación superior habrá de mejorar la calidad educativa de las universidades públicas

La rebatinga por la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2007 se recrudece, y bien podría llevar a que el Congreso prolongue de nueva cuenta sus sesiones hasta el fin del año.

Por lo pronto, la presión de los rectores de las universidades públicas para evitar una reducción en las aportaciones a la educación superior ha surtido efecto. El presidente Calderón echó marcha atrás en la asignación a ese rubro e instruyó al secretario de Hacienda a que busque alternativas que permitan incrementar hasta donde sea posible el gasto del sector.

Es un mal comienzo. Al abrigo de que un menor presupuesto a las universidades públicas redunda en una disminución de la calidad educativa del país, los rectores, con el titular del la UNAM a la cabeza, logran así doblegar al Ejecutivo.

Sus argumentos, empero, son falaces. Es falaz, por ejemplo, suponer que con el mero incremento en el presupuesto a la educación superior habrá de mejorar la calidad educativa de las universidades públicas. Como también es falaz el argumento de que el presupuesto asignado prefiguraba un recorte al gasto educativo, puesto que en realidad los 142 mil 400 millones de pesos para 2007 equivalen al mismo monto de 2006, previo descuento de la inflación.

Calderón ha optado por ceder antes de entrar en conflicto con los rectores, y los rectores han presionado porque prevén que si no cuentan con recursos disponibles se deslegitiman sus liderazgos al interior de los centros educativos que presiden. Sin embargo, la ganancia de unos será pérdida para otros. Agustín Carstens se ve ahora ante el apremio de recortar otro rubro del presupuesto para cumplir con el mandato presidencial, el problema está en cómo recortar sin que se afecten las sensibilidades de otros sectores.

Y es que también los gobiernos estatales demandan mayores recursos presupuestales, y lo mismo quieren los congresistas que son quienes aprobarán el resultado final del presupuesto. Cada diputado, es obvio, tratará de sacar su tajada. Los hay quienes auténticamente piensan en infraestructuras para sus entidades, pero también los hay quienes se valen del presupuesto para recompensar a quienes los siguen como ovejas a su pastor.

Y es que persisten algunos errores de origen. Los presupuestos en nuestro país no se asignan de acuerdo con prioridades por sector o de acuerdo con propósitos rectores de largo plazo, sino conforme a un sistema de cuotas de poder. El que grita más, gana más. El que tiene mejores condiciones para coercionar, tiene mayores probabilidades de sacar provecho.

Así es como operan los rectores universitarios. No piensan mucho en las necesidades del sistema educativo global sino en cómo optimizar el ejercicio de su poder al interior de las universidades a costa del erario público.

Sus capacidades contrastan con las de los directores de escuelas primarias y secundarias que sí se las ven negras para proveer a sus planteles de materiales básicos para la enseñanza. Pero como los directores de enseñanza media no están organizados al igual que los rectores, sus posibilidades de cabildear se reducen recayendo esa competencia en los nada pulcros líderes sindicales.

Y por si eso no fuera suficientemente aberrante, la manera de asignar presupuestos anuales asimismo adolece de otros extravíos, como el de determinar el nuevo presupuesto con base en el reporte de gastos del año anterior. En el sector público se asume por lo general que lo más racional y efectivo consiste en disponer del total asignado para un año a fin de contar con mayores recursos para el año entrante.

Vemos así que en las distintas dependencias se da al final de cada año una carrera pantagruelesca por gastarse todos los remanentes a como dé lugar en lo que sea: muebles nuevos, autos para los funcionarios o festejos para los empleados. Nuestro sistema presupuestal gratifica, en suma, a los más lenguaraces, no a los más eficientes. ¿Cómo cambiar una práctica tan perniciosa? Por lo pronto, no cediendo con tanta facilidad ante los chantajes.

betoker57@hotmail.com

 
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PERFIL
 
En 1981 obtuvo su licenciatura en el Centro de Estudios Internacionales en el Colegio de México. Su maestría la cursó en el Instituto de Relaciones Internacionales en la Universidad de Sofía en Tokio Japón, donde además obtuvo un doctorado con especialidad en Economía del Desarrollo.

Además de ser profesor en la EGAP y la División de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey, el Dr. Kerber fue (hasta 2002) Director del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Pacífico Asiático (CEESPA), firma especializada en la conducción de negocios y análisis en los países de Asia Pacífico, vinculado a la red internacional de Centros de Estudios de la APEC.

En el período 1993-1996 fue Cónsul encargado del Consulado General de México en Osaka Japón.

Ha escrito varios libros y publicado trabajos sobre diplomacia, política nacional e internacional y lazos económicos entre México, América Latina y Asia en diversas revistas y periódicos.

 
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