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Suicidio político
Políticos y líderes sociales mexicanos deben acudir de manera urgente al oculista de la política No parece que se trate de una fatalidad. Tampoco que estemos frente a una suerte de síndrome incurable. Más bien parece que el marcado gusto por el suicidio político que han mostrado la izquierda mexicana y algunos de los movimientos sociales vinculados con ella no es más que un problema ocular, oftalmológico; de miopía política, pues. En todo caso el dilema no está en los efectos que provoca ese mal, sino en las causas. ¿Por qué una fuerza política como el PRD y un exitoso pretenso presidencial dejaron escapar el poder presidencial, que era suyo desde hacía muchos meses previos al 2 de julio? ¿Por qué luego de ese 2 de julio hombre y partido se empeñaron en demoler rabiosamente lo que habían construido y cosechado? ¿Por qué un movimiento explosivo, meteórico como el que se gestó bajo las siglas de la APPO, terminó en una persecución de presuntos forajidos? En los tres casos fue evidente un perverso gusto por el suicidio político; quedó demostrado que políticos y líderes sociales mexicanos deben acudir de manera urgente al oculista de la política, pero sobre todo -y acaso lo más importante-, que es prioridad nacional que alguien, sean instituciones o partidos políticos, emprendan un programa urgente, de alcance nacional, para llevar a la mesas de todos los mexicanos una dieta básica y rica en cultura democrática, que es el único alimento capaz de prevenir la enfermedad de la miopía política y sus perniciosos resultados: el suicidio, también político. Una vez serenadas las animosidades de la lucha electoral que nos ocupó a lo largo del agonizante 2006, en una charla como las de antes -sin fanatismos-, un puñado de encumbrados dirigentes del PRD disertaban sobre la derrota electoral. Alejados del discurso mediático del inexistente fraude, llegaron a una brillante conclusión: "Nos atragantamos con el poder antes de tener el poder". Pero la lucidez de la conclusión no explica las causas. En el PRD aún no se animan a llegar hasta ese extremo del diagnóstico. ¿Por qué entre febrero y julio pasados, el candidato perredista perdió por lo menos 15 puntos porcentuales en las encuestas, lo que al final lo llevó a la derrota? Ya se sabe que el "indestructible" engañó a todos y a él mismo, al asegurar que sus encuestas lo mantenían arriba por 10 puntos, cuando la realidad era otra. Todos saben que a pesar de esa baja en las preferencias, el "indestructible" se empeñó en una confrontación inútil y perniciosa para su causa, contra el Presidente, empresarios, medios y poderes institucionales. ¿Por qué esa miopía política? La respuesta parece simple. Porque la posibilidad real de alcanzar el poder presidencial se transformó en eso, en un severo ataque de miopía política que, a la postre, lo llevó al suicidio. Pero si bien esos fueron los más evidentes signos de la enfermedad, lo cierto es que el candidato, su primer círculo y una buena porción de su partido se vieron atacados por la soberbia, el culto a la personalidad, la carencia de autocrítica y una notoria carencia de cultura democrática; todas ellas enfermedades oportunistas para las que esa izquierda debilitada fue incapaz de anteponer sus anticuerpos naturales. ¿Es mero gusto por el suicidio político? ¿Es miedo al triunfo? No, es anemia de cultura democrática. Tenían todo para ganar, tenían el triunfo en la bolsa, pero debilitados por las enfermedades del poder, fueron incapaces de concretarlo. Algo parecido ocurrió luego del 2 de julio. La derrota los dejó atolondrados, agudizó los signos de esa miopía política y catalizó el deseo del suicidio político. En lugar de asumir que fueron derrotados por sus propios errores, y de traducirlos en una formidable fuerza política y social capaz de conducir las grandes transformaciones, se lanzaron al vacío; se propusieron destruir las instituciones de la democracia electoral, esas que ellos mismos habían ayudado a edificar; demolieron la confianza y la credibilidad en los procesos electorales, que ellos habían construido, y se afanaron en la autodestrucción. ¿Qué quedó del PRD y de su candidato entre el 2 de julio y el 1 de diciembre? Nada positivo. Eso sí, la confirmación de su gusto por el suicidio. Algo parecido ocurrió con la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, la APPO, un movimiento político, más que social, que nació en una emergencia establecida por el magisterio de Oaxaca. En medio de una crisis política, que se quiso presentar como social, se enfrentaron las distintas expresiones de poder en Oaxaca: unos para derribar al gobierno en turno y los otros para defender ese poder. La APPO se convirtió en un movimiento también formidable, que se pudo consolidar como el verdadero portavoz e interlocutor de los profundos atrasos que viven los oaxaqueños con los poderes estatal y federal. Pero no, también se prefirió el suicidio político. El magisterio resultó más inteligente. Una vez que la presión política provocó que se cumplieran sus demandas, incluso de manera sobrada, salieron del conflicto y se retiraron. Pero los radicales de la APPO siguieron adelante en su concepción suicida y, al final, se fueron al despeñadero. El gusto por el suicidio. aleman2@prodigy.net.mx
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