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    Crónicas neuróticas
Rafael Pérez Gay
11 de diciembre de 2006

El primer huésped

Viajé durante cinco horas. La rapidez de los aviones se ha convertido en un mito. Hay que gastar dos horas de la vida en el aeropuerto, antes de volar; una más, mínimo, para llegar al mostrador de la aerolínea, atravesando la ciudad, otra en el avión, si el viaje es corto, y una más para entrar a la habitación del hotel con la maleta en la mano. Salí a las seis de la mañana y llegué a las once. Mis anfitriones me hospedaron en uno de los hoteles de una gran cadena transnacional. Después de un día largo en el que me llevaron a ver monumentos coloniales y a comer en un restaurante de comida típica, rendí la plaza y pedí el cuarto de mi hotel. Los adobos me cayeron como bomba en el estómago. Pleno de triglicéridos y lípidos, casi desahuciado, entré a una habitación en penumbras. A los cuartos de hotel siempre les falta luz, como si las tinieblas fueran una parte inseparable de la soledad y el reposo. Todavía se repetían en mi memoria las imágenes de un convento de frailes locos, una casa de patios con árboles centenarios y un molcajete de salsas mexicanas cuando empezó la lucha a brazo partido contra el control de la televisión. Los controles son cada vez más difíciles, las teclas más pequeñas y las funciones más y más complejas. Sin control, uno prende la tele y lo único que puede verse en la pantalla es una imagen del espacio sideral. A esas horas de la noche llamé a la recepción, nadie respetable debe dormir sin la televisión encendida. Le hablé al encargado de la recepción como un militar en la toma de una posición estratégica:

-Aquí de la habitación cuatro cero cinco: no sirve el control.

-Allá va el encargado.

Minutos después tocaron a la puerta. Los hoteles están llenos de asesinos seriales; pregunté quién era. Se identificó el empleado del hotel. La dispepsia me había arruinado la noche, mi mujer siempre me recomienda comer menos, beber menos, fumar menos; todo menos, pero yo nunca hago caso y pago muy caras las consecuencias. Un hombre entró al cuarto con un maletín en la mano, yo por mí no lo dejaba entrar, pero una noche sin tele no es vida, o una vida sin tele no es noche, como quieran. Corrí el riesgo. Empuñó el control, pulsó una tecla, nunca me dijo cuál, y la imagen apareció en la pantalla. Me entregó el aparato y me miró como se le entrega un juguete perdido a un niño de dos años. No le di propina al bodrio, los lacayos son arrogantes. Puse cualquier cosa en la televisión, yo lo que quería era leer. Un león y una leona se apareaban en la sabana de África. Le quité la cubierta a una lámpara y empecé el segundo capítulo de una historia de la Casa Mexicana heredada de las andaluzas y extremeñas que trajeron a México los hombres de Hernán Cortés. En aquella ciudad fortaleza que fundó el conquistador, las casas se levantaron con gruesos y pesados muros, torres y troneras, almenas y puertas pequeñas. Más tarde surgieron la Casa de Taza y Plato con un patio central, accesorias alrededor de la planta baja y habitaciones en la parte superior, similar a la llamada de Entresuelos. La falta de vivienda en la Nueva España obligó a dividir la Casa Sola en Par de Casas y después en muchas habitaciones conocidas como Vecindad. Levanté la mirada y los leones de la sabana seguían en los suyo. Qué me importa, pensé, sólo son leones.

Según el libro que traía entre manos, el primer hotelero mexicano se llamó Pedro Hernández Paniagua y puso un mesón en la calle de la República Uruguay. En las ciudades pequeñas y los caminos novohispanos, los mesones se llamaban ventas. Las primeras se instalaron en Cuernavaca y Oaxaca. Una de las más antiguas fue la de Perote, fundada por un señor Pedro o Pero de Anzures en 1527, un hombre altísimo a quien los arrieros le decían Perote. Los malestares estomacales perturban a los hombres y a las mujeres por cualquier tontería. Me inquietó que quinientos años atrás un hombre como yo se hubiera alojado en una venta, el primer huésped de México. El fuego en que se convirtieron los manjares nacionales necesitaba un antídoto. Me levanté y caminé hacia el servibar. Cerrado. No he dicho que detesto los hoteles que confunden lo grande con la grandeza. Mientras marcaba a la recepción miré la tele, los leones no paraban: cómo aguantan los leones, pensé, y dije de nuevo en clave:

-Aquí de la cuatro cero cinco: el sevibar está cerrado.

-El encargado va para allá.

Tocaron a la puerta. Aunque hubiera sido el asesino le habría abierto con tal de tomarme un trago. El mismo hombre del maletín entró con un manojo de llaves en la mano. Abrió la puerta del refrigerador. Soy un hombre de criterio, le di veinte pesos. Antes de que el empleado saliera de la habitación leí su nombre en la placa de identificación adherida a la camisa: Pedro Anzures. Me serví un whisky con agua mineral, olvidé pedir los hielos. Miré la televisión, el león y la leona seguían empeñados en la reproducción de la especie.

 
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