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Ricardo Alemán
06 de diciembre de 2006

El otro ´pelele´

Es imposible que el GDF pueda desplegar todas sus capacidades y valerse de las herramientas propias del gobierno federal

Casi 50% de los capitalinos votaron por el entonces candidato a jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, quien ayer protestó como gobernante de la capital del país ante la Asamblea Legislativa. Ebrard es el tercer mandatario estatal consecutivo electo por el PRD para ese cargo y el número cinco en ocuparlo -Rosario Robles sustituyó a Cuauhtémoc Cárdenas y Alejandro Encinas a Andrés Manuel López Obrador-, con lo que ayer arrancó la gestión que marcará la primera década de gobiernos de la izquierda en el Distrito Federal.

A 12 meses de que se cumpla una década de gobiernos del PRD en la capital mexicana, se imponen interrogantes fundamentales: ¿En qué ha cambiado el estilo de gobernar del PRD, respecto a los gobiernos del PRI? ¿Qué tanto se han resuelto los grandes y graves problemas de la ciudad de México? ¿Existe más o menos seguridad, narcotráfico, niveles de violencia, corrupción, empleo, transparencia, transporte público, tránsito vehicular, carencia de agua, respeto a los derechos humanos y atención ciudadana? Del tamaño de las respuestas es el tamaño de los retos del nuevo jefe de gobierno.

Está claro que los modos para gobernar se han modificado de manera notable, ya que a partir de 1997 el Distrito Federal mudó su estatus y los ciudadanos recobraron su derecho a votar a sus gobernantes. Esa situación llevó la pluralidad partidista a la más importante concentración social del país, ya que desde la gestión de Cuauhtémoc Cárdenas los gobiernos de la ciudad de México y federal son de partidos distintos. Al terminar las regencias, el Presidente en turno perdió el control del gobierno del DF lo que, a su vez, permitió al PRD imponer su estilo y programa de gobierno.

Pero la recuperación de los derechos de los capitalinos y la pluralidad en el poder no provocaron, como muchos esperaban, el fenómeno causa-efecto para beneficiar a los capitalinos. ¿Por qué? Porque salvo el gobierno de Cárdenas -que en sus tres años mantuvo relaciones institucionales con el presidente Zedillo-, en los años siguientes esa relación se convirtió en una verdadera guerra política. López Obrador entró en colisión con el entonces presidente Fox, guerra que heredó Alejandro Encinas y que mostró su más cuestionado rostro en la disputa por el desafuero. Esa confrontación se convirtió, al mismo tiempo, en la gloria y la tragedia para López Obrador. Le permitió llevar su popularidad hasta las nubes, pero luego lo hizo caer hasta la derrota.

Existe una paradoja sobre las gestiones del PRD en los pasados nueve años. Una amplia mayoría de capitalinos han aprobado las gestiones de la izquierda, pero cuando se le pregunta a los encuestados sobre los problemas específicos, casi en todos los rubros dichos gobiernos son reprobados. Son muy pocos los que perciben más seguridad. Más aún, la sensación de inseguridad se ha incrementado. Lo mismo ocurre con el narcotráfico, la violencia, la corrupción, educación, agua, transparencia, tránsito vehicular, transporte público y respeto a los derechos humanos, entre muchos otros rubros en los que esos gobiernos han sido incapaces de ofrecer soluciones.

Y les guste o no a los defensores a ultranza de esos gobiernos, lo cierto es que esos nueve años han resultado en fracaso monumental. La ciudad está descuidada, sucia, con una criminal falta de agua, saturada de vehículos; menudean los robos y asaltos, la vialidad es un caos y los servicios y sus prestadores viven como en los mejores tiempos del PRI. La ciudad es de quien la trabaja, sean franeleros, limpiaparabrisas, vendedores ambulantes, taxis pirata, ciudadanos que de todos los estratos se adueñan de la luz, el agua, la calle. En los tiempos de los gobiernos de izquierda, la capital está cerca de convertirse en imposible para la vida humana. Pero ha tenido y tiene los gobiernos que se merece.

En buena medida ese fracaso se debe a la guerra entre los jefes de gobierno y los presidentes en turno. Y es que resulta imposible que un gobierno estatal, como el del DF, pueda desplegar todas sus capacidades y valerse de las herramientas propias del gobierno federal, sin mantener una relación sensata, inteligente y de colaboración. ¿Por qué esa guerra? Porque los gobiernos federal y del DF son los laboratorios en los que se procesan los liderazgos para el nuevo gobierno federal. No habrá un jefe de Gobierno del DF preocupado por la ciudad, más que por sus ambiciones de poder, en tanto esa posición deje de significar el mejor trampolín para la casa presidencial de Los Pinos.

Y los próximos seis años no serán muy distintos. Contra el mandato que le dieron los electores, Marcelo Ebrard hizo a un lado esa responsabilidad y se dijo embajador de Andrés Manuel López Obrador, encargado del "changarro", antes que asumir el cargo por el que lo contrataron los ciudadanos. Ebrard se niega a establecer relaciones institucionales, políticas y administrativas con el presidente Calderón, al que ha acusado de "pelele". Y puede ser cierto todo lo que dice, pero también es cierto que Ebrard es "el otro pelele".

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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