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    Crónicas neuróticas
Rafael Pérez Gay
04 de diciembre de 2006

Ustedes van por Eduardo Molina

Viernes, 7.00 am. El día de la toma de posesión de Felipe Calderón, el tráfico en avenida Chapultepec era una belleza. Encaminé por Fray Servando Teresa de Mier, un tránsito perfecto. La ruta que indicaba el mapa impreso de la convocatoria era tan clara que hasta un niño podría llegar al Congreso el día de la transmisión del poder ejecutivo federal. Todo Fray Servando hasta Congreso, vuelta en Robelo, pasar por Sidar y Rovirosa y estacionar el coche en el Deportivo de la Venustiano Carranza. Facilísimo. Pasé por Jesús María, Anillo de Circunvalación y de pronto topé con tres patrullas y la calle cerrada. Mostré mis acreditaciones y mi invitación, la noche anterior había pensado que dos identidades me darían mayores facilidades para llegar a San Lázaro. Falso.

-Ustedes entran por Eduardo Molina, Eje 3- dijo el policía.

-Pero eso está del otro lado -contesté sin saber quiénes eran ustedes.

Aquí me pierdo el resto del día, no hago nota y hago el ridículo, pensé. En la radio, los comentaristas daban noticias de guerra. Si uno miraba alrededor, en efecto, parecía que algo gravísimo ocurriría en cualquier momento. Miles de policías, marinos, militares y agentes vestidos de civil tomaron la zona y aislaron el Palacio Legislativo con un muro metálico de dos metros. De alguna forma inexplicable di vuelta en el Viaducto Miguel Alemán y llegué al Eje 3. En el primer retén, una señora en una camioneta repleta de flores discutía con la tropa. Entendí que tenía un puesto de flores más allá del destacamento. Atrás de la camioneta de la florera se hizo una fila larga de coches. Si no hacemos algo vamos a oír por radio el sainete de la Cámara. Me bajé del coche, mostré mis acreditaciones, mi doble identidad. Le digo una estupidez a un militar:

-Oiga, ¿cómo vamos a entrar?

-Pues dígale a la señora -me gusta que me pida ayuda.

Le digo a la señora. La florera es de armas tomar, se defiende y dice que su puesto está a diez metros y que si no pasa las flores se le van a secar. Negocio con el jefe visible del lugar y logro el salvoconducto de las flores frescas. Me siento bien.

Viernes: 7:40, am. El Eje 3 es uno de los lugares más feos del mundo. Eduardo Molina no se merecía este homenaje a la fealdad. Esta calle es asquerosa, pensé, y de inmediato fui castigado por el espíritu de Molina: segundo retén. Muestro mi doble identidad, invitado y periodista. Sostengo con un agente vestido de civil un diálogo por el que se habrían peleado Ionesco y Beckett:

-Ustedes tienen que entrar por Congreso.

-Esta cerrado -le digo sin entender quiénes son ustedes.

-No está cerrado -me dice.

-Nos mandaron para acá -le digo.

-Pase, pero allá usted.

La advertencia taladra la confianza en mí mismo. En cierto sentido, el tercer retén fue la parte más sencilla: el estacionamiento de la Venustiano Carranza estaba cerrado. No tengo lugar. Ruego en varias puertas:

-¿Ni un lugarcito?

-Están contados, señor. Lo dejo entrar, ¿y luego? Vaya al de Palacio de Justicia. Le doy la vuelta a la manzana legislativa. Nada.

-Déjelo afuera -me aconseja un marino.

Estaciono el coche en el primer lugar que encuentro y camino rumbo a la entrada con la sensación de que he cometido un crimen.

-Celulares y objetos de metal en el recipiente. Muestren sus identificaciones, por favor.

Pongo en un cubo mi teléfono, las llaves, los lentes para leer, el block de notas y la pluma. Ya sé que no tenía que poner el block, pero el nerviosismo nos vuelve idiotas. Camino de prisa por los pasillos de San Lázaro. Otro retén. Repito la operación que he descrito antes, pero el block lo llevo en la mano. Antes de entrar a la sala de prensa hago una parada en el baño. Estaba limpio. Me dio tiempo de ver la primera zacapela. Show time, folks. La televisión repitió la escena unas ciento sesenta veces. México entero vio a un legislador enloquecido tirar golpes muy cerca de la cara de miedo de Santiago Creel. Pienso en mi coche. No sé si lo encontraré cuando salga. Me alivia pensar que se lo tendrían que llevar por aire para pasar el cerco del Congreso. Me topo con un priista que lleva una banderita nacional en la mano. Lo demás salió en todos los periódicos del mundo. Redacto algunas notas en el block.

Viernes, 6.30 pm. Escribí mi nota y la mandé al periódico. El primer día del mandato de Felipe Calderón comí adobos plenos de triglicéridos, lípidos y bebí tres tequilas. Me sentí insatisfecho. He descubierto que me hace falta el carácter de la florera del Eje 3.

 
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