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En 1968, el Instituto Cubano del Libro publicó la edición en español de un libro extraordinario: Cartas a Théo , de Vincent van Gogh, que reproduce una selección epistolar de las misivas que el gran pintor holandés envió a su hermano Théo. La traducción de estas cartas la llevó a cabo el escritor cubano Francisco de Oraa y la edición contiene un prólogo del poeta, también cubano, Fayad Jamís. En 1971, en Barcelona, Barral Editores, en su colección de bolsillo, reeditó íntegramente el volumen del Instituto Cubano del Libro, aunque no le dio crédito al traductor. Durante mucho tiempo esta edición catalana fue la única que circuló lo mismo en España que en los diversos países latinoamericanos, pero, al agotarse, los lectores perdieron un material invaluable no sólo de interés para los pintores o los especialistas en pintura, sino en general para todos aquellos amantes de la cultura y, especialmente, de la literatura, pues, como bien advierte en el prólogo Fayad Jamís, las cartas de Vincent van Gogh están entre las más literarias que haya escrito pintor alguno. Por fortuna, en 1995, el Grupo Editorial Norma, de Colombia, rescató y enriqueció la edición de las Cartas a Théo en su colección Cara y Cruz. Y así el libro se ha venido reeditando de manera continua, con el plus de una sección crítica ("Vincent van Gogh y su obra"), que al prólogo de Fayad Jamís ("Un gato en un almacén extraño") añade un ensayo de W.H. Auden ("Calma aun en el desastre") y Luis Armando Soto Boutin ("Vincent va de paso"). Cartas a Théo es un documento extraordinario no sólo por el valor testimonial que ofrece este epistolario, sino también, como ya se ha dicho, por los méritos literarios de la escritura de Vincent van Gogh. Jamís, el poeta cubano, quien falleciera en noviembre de 1988, escribió en el prólogo: "La correspondencia de Van Gogh contiene algunos de los más bellos textos que jamás haya escrito un pintor. Lo mismo que en su pintura, Van Gogh se expresaba profunda y a veces brutalmente en sus cartas. En realidad fue un verdadero escritor que acaso tuvo conciencia de sus dotes, pues en más de una ocasión pensó en la posibilidad de dedicarse al oficio de las letras. Más aún que sus cuadros, sus cartas fueron puentes tendidos sobre la soledad y el dolor. En sus cartas, de una lucidez al rojo blanco de cuchillo que se forja al fuego del mediodía, Van Gogh volcó todo el drama de su existencia, el drama de su espíritu y hasta las chispas más sutiles de sus inquietudes artísticas y humanas. En los últimos días de su vida, en una carta que conservó en sus bolsillos hasta el final, le escribió a Théo: ´Pues bien, en mi trabajo arriesgo mi vida y en él mi razón se ha hundido a medias´. El 29 de julio de 1890, en un campo de trigo de Auverssur-Oise, Van Gogh se disparó una bala en el pecho. El almacén extraño lo había deslumbrado -devorado- con toda su luz". En una de las cartas a su hermano, fechada en París en el verano de 1887, Vincent le confiesa: "Me siento triste de pensar que aun en caso de éxito, la pintura no compensará los gastos". Luego añadía: "Para triunfar se necesita ambición, y la ambición me parece absurda". Al referirse a las pinturas que entonces realizaba, le dice a Théo: "Yo sé muy bien que estas telas grandes y largas son de venta difícil; pero más tarde se verá que tienen pleno carácter y buen humor". Su vaticinio no fue equivocado. Al paso de los años, su pintura se convirtió en un referente imprescindible de la cultura universal. Lo que dijo a Théo se cumplió: "No creas que los muertos están muertos./ Mientras haya vivientes,/ los muertos vivirán..." *Escritor
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