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Andrés Henestrosa, nacido en Ixhuatán, Oaxaca, el 30 de noviembre de 1906, cumple 100 años el próximo jueves. El autor de Los hombres que dispersó la danza, Retrato de mi madre, Los caminos de Juárez, Una alacena de minucias, Divagario y De Ixhuatán, mi tierra, a Jerusalén, tierra del Señor, entre otros libros, llega a esta edad casi imposible, la cual celebra, dice él, con la última página de sus Memorias. Juarista y vasconcelista, buena parte de su historia personal es parte importante también del pasado de nuestro país. De raíz indígena, aprendió el español y se hizo escritor leyendo a los mejores autores de nuestra lengua. Sus escritos sobre el valor y los atributos culturales y educativos del libro y la lectura ocupan un lugar especial en su obra, lo mismo literaria que periodística. A don Andrés Henestrosa lo entrevistamos en 1996, cuando estaba por cumplir 90 años. En aquella ocasión estaba seguro de alcanzar los 100 años. Afirmó que se sentía con fuerza interior y exterior para vivir 10 años más. Cuando lo interrogamos acerca de su libro más importante, Los hombres que dispersó la danza, nos dijo lo siguiente: "José Ortega y Gasset publicó una colección llamada Musas y Mitos Lejanos, que se caracterizó por incluir leyendas de diversas partes del mundo: chinas, japonesas, hindúes, francesas, inglesas, polacas, desde luego españolas, etcétera. Entonces yo me dije: ´Soy dueño de una sabiduría indígena tan buena, si no más buena que éstas´, y tener conciencia de ello fue lo que me condujo a escribir Los hombres que dispersó la danza. Rescaté así una producción anónima contada en lengua indígena, a veces fragmentariamente, al grado que era necesario integrarla. ¿De qué manera? Conociendo la cultura zapoteca, mi cultura y, claro, la huave, y la española. Por eso escribí Los hombres que dispersó la danza, para dar expresión en letra occidental, por llamarlo de alguna manera, a lo que yo sabía de tradición oral. Tal es el origen de este libro, escrito cuando yo tenía 19 años". En los primeros meses de 2006 volvimos a conversar con él y otra vez manifestó su excelente estado de ánimo. Dijo que pensaba llegar a los 107 años. Añadió: "Tengo ánimo, tengo entusiasmo, y con estas dos cosas espero. El hombre nunca hizo otra cosa más que eso: sufrir y esperar. ¿Esperar qué? La muerte que siempre llega". En nuestra más reciente conversación, hace un par de meses, le preguntamos cómo iba con la escritura de sus Memorias y si ya había podido decirlo todo. Respondió que el día de su cumpleaños número 100, el 30 de noviembre, les pondría punto final. "Si alguna cosa falta -explicó-, que la agregue el lector, pues todo buen lector es también colaborador del libro que lee". Don Andrés ha cultivado una vertiente literaria que no abunda en México: la de las leyendas de corte clásico con temas indígenas, trabajadas con arte de orfebre, de cuidadosa y paciente delicadeza. En esas leyendas está cifrada su cultura indígena y su cultura clásica. Toda su literatura es autobiográfica: desde el Retrato de mi madre hasta sus relatos de viaje y, por supuesto, sus epistolarios. Ha escrito también una gran cantidad de artículos y ensayos periodísticos en donde habla de su experiencia personal acerca de diversos aspectos de la cultura. Su prosa es limpia y llena de giros coloquiales: es la prosa de un gran conversador y la literatura de un hombre culto. Los elogios que han merecido Los hombres que dispersó la danza y Retrato de mi madre siguen vigentes porque estos textos son ejemplos magistrales de la más profunda y auténtica tradición literaria. *Escritor
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