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Paco Ignacio Taibo I
26 de noviembre de 2006

¿Hay una fascinación por el horror? ¿Existe una atracción erudita sobre hechos aberrantes y seres perversos y despreciables? ¿Puede la luz del conocimiento y la reflexión iluminar los abismos?

Esas, creo yo, fueron las premisas que orientaron la pluma del escritor, ensayista, traductor y periodista José María Pérez Gay, quien acaba de entregarnos un libro inquietante que recoge sus colaboraciones en el periódico La Jornada.

José María dice en su prólogo a La supremacía de los abismos, que los escritores han incursionado en el periodismo creando un nuevo género literario, en lo cual concuerdo plenamente; sin embargo, discrepo en que los textos que se reúnen en este volumen que comento sean artículos, más bien, pienso que el género del ensayo periodístico calza mejor a su espléndido libro.

Las 14 piezas que abarcan sus abismos, debo decirlo, no tienen desperdicio. Son textos que desde una mirada brillante, aguda, culta y esclarecedora, y con una prosa elegante y precisa, no sólo aportan una reflexión que ilumina una parte oscura del siglo que recién concluyó y que abre con el nacimiento de la era atómica y la historia de Julius Robert Oppenheimer. El dilema de la ciencia puesta al servicio de la guerra y la ética colocada sobre el filo de una navaja. La mecánica cuántica y los más grandes cerebros de la física abriendo a patadas la puerta de la modernidad genocida con la existencia de la humanidad pendiendo de un hilo (¿o habría que decir de un botón?) en extremo delgado, que atrás de ese quicio más tarde traería el inestable equilibrio nuclear y su consecuencia política: la Guerra Fría.

La historia detrás del Enola Gay y la visión del horror que inauguraron las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. La tragedia parida en la primavera ucraniana de 1986 con la explosión en Chernobyl.

Prosigue con la patética y esclarecedora historia narrada por la secretaria de Hitler, Traudl Junge, sobre los últimos días del führer en el búnker de la cancillería en Berlín, y contada de manera deslumbrante en la película La caída, de Oliver Hirschbiegel. La polémica sobre el Holocausto emprendida por los mejores historiadores alemanes, revivida por la matanza puesta al día por Pol Pot y el genocidio en Ruanda y la ex Yugoslavia, que cierra con la masacre del 10 de junio en el México de los Halcones impunes.

El macabro accionar de la Yamaa Islamiya y las explosiones terroristas en los mares del sur, el Cáucaso atormentado por los nacionalistas chechenos que asaltaron el colegio de Beslán con su cauda asesina de 175 niños muertos, y el relato sobre Slobodan Milosevic y sus sicarios de la "limpieza étnica".

Sigue con el muro de Bush en la frontera con México y el fracaso brutal de la integración de los inmigrantes expresada en el estallido de la banlieu que iluminó con sus incendios las noches parisinas del otoño de 2005.

La supremacía de los abismos es un auténtico recuerdo de los daños, de las heridas que supuran por las llagas que marcaron el cuerpo del fin de la centuria.

Y ante el azoro de este cruento espectáculo del horror, cierra José María con la visión que nos salva de la depresión profunda, haciendo, en tres retratos, el elogio de la esperanza que no yace bajo las ruinas humeantes del siglo XX, sino que late aún en el pensamiento y la creación generosa de una tercia de excepción: Sigmund Freud, Elfriede Jelinek y Edward W. Said.

Como se habrá visto, no ahorro mi entusiasmo al recomendar la lectura apasionante de estas cimas y simas que José María Pérez Gay nos entrega. Estos abismos de pesadilla que, sin embargo, no dejan de alentar el sueño de un futuro mejor.

 
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Cuando se enteró que su columna se publicaría en la parte inferior izquierda de la página, Taibo recordó la frase usada por los camioneros: "esquina, bajan", y le hizo gracia jugar con ese humor. De eso hace más de 18 años, durante los cuales el periodista, quien además tiene 53 libros publicados, no ha dejado de escribirla un solo día.
 
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