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El infierno de Insurgentes
Ni se le ocurra. Si por un maldito azar de la vida el lector se ve en la necesidad de trasladarse al norte o al sur de la ciudad, no tome la avenida Insurgentes, lo espera el infierno. Yo lo hice y no se lo recomiendo. Este es mi informe de la locura: Jueves, 5.30 pm. Hago mis planes. La cita era a las siete de la tarde en Ciudad Universitaria. Una hora y media me pareció tiempo suficiente para el traslado. Salgo de la casa dirigido por un grave error mental. El camino correcto de la Condesa al Sur de la ciudad era el segundo piso del Periférico, pero me encaucé hacia Insurgentes, así empezó la desgracia. Durante el trazo y la construcción del carril confinado al Metrobús, algo pasó con el asfalto pues en menos de un año como que se aguadó. Los ingenieros encargados de la obra no calcularon que el peso de los autobuses vencería la resistencia del pavimento. Por esta razón, cientos de trabajadores del gobierno se dedican a destrozar con máquinas superdotadas el cemento y hacer hoyos, supongo que para ponerle piso nuevo y duro al carril del Metrobús. No sé ni me importa cuánto dinero del erario público se ha perdido en esta falta de previsión y en esa ansiedad por terminar a las volandas el nuevo transporte público que a mí me recuerda a los camiones Sonora Peñón con sus racimos de pasajeros colgados del estribo. A la altura del World Trade Center hay un alto casi total en el único carril disponible de avenida Insurgentes. A mi lado un trascabo levanta cientos de piedras, si se resbalan de la cuchara de hierro que las contiene caerán en el techo de la Tsubame azul. Me doy cuenta que hay tres tipos de maquinarias: una azota con un enorme taladro el pavimento para romperlo, otra levanta el escombro y una más excava. Una capa de tierra y polvo ha cubierto a los coches, el ruido es ensordecedor. La situación empieza a ser desesperada. El tránsito de toda la región se ha desquiciado. Los que se quieren escapar toman las vías adyacentes y dan vuelta a la derecha. En la estrecha calle de Vermont una fila de coches se encuentra de frente con otra que avanza en sentido contrario. En ese lugar tendrán tiempo suficiente como para contarse sus vidas. Pateo mi autoestima: -Eres un idiota. A quién se le ocurre. Jueves, 6.40 pm. Crucero de Insurgentes y Diagonal de San Antonio. Cambio por enésima vez la estación de radio. Prestigiados periodistas hablan sin pausa acerca de la situación política, no cesan de opinar, exponen hipótesis, teorías, escenarios. Apago la radio y hago un ejercicio de relajación, respiro profundo. Nadie puede relajarse bajo el estruendo de las grúas y los bull-dozers. En la cartera traigo un Tafil, pero si me lo tomo puedo quedarme dormido sobre el volante y seré nota chusca en los periódicos de mañana. Paciencia. Me entrevisto: - ¿Cuánto llevas aquí? -Como una hora y cuarto -¿Y cómo te sientes? -Un poco desesperado. -¿Por qué no lees un libro? -No me concentro y falta luz. -¿Y si cantas? -Me sentiría un estúpido. A la primera oportunidad me largo de aquí. Si creyera en Dios rezaría. Volteo y veo a un hombre darse un tope contra el volante. Empiezo a desvariar. Me dedico a ver a las personas que intentan cruzar la calle. Atravesar a pie de un lado a otro de Insurgentes sería una hazaña, como un triunfo en el Himalaya, un récord a nado libre en el Mar Negro, una victoria en el maratón de Nueva York. Hombres y mujeres caminan en busca de un espacio transversal para llegar a la otra orilla. En situaciones así uno hace preguntas estúpidas: ¿no habría sido mejor cerrar Insurgentes por tramos durante el tiempo que duren las obras? En las grandes ciudades del mundo el tránsito es un problema, pero no en todas las urbes se les hunde el pavimento a los ingenieros por una obra realizada a la trompa talega. Vuelvo con mi otro yo y me doy ánimos con frases idiotas: -¿Qué horas son? -Ya van a dar las siete y esto no tiene para cuándo. -Más adelante seguro se despeja. Jueves, 7.30 pm. Suena mi celular. El maestro que me invitó a dar una plática en la Facultad de Filosofía y Letras: -Te estamos esperando. -Olvídenlo. Estoy atrapado en Insurgentes. -Entonces, ¿no? -No. Creo que el maestro no me creyó. Si ya no voy a Ciudad Universitaria, ¿entonces a dónde voy? A ninguna parte. Y menos ahora que el Metrobús avanza delante de la Tsubame azul paso a paso. Se me olvidaba comentar que como el carril confinado está en reparación, los autobuses circulan por la otra vía, la de los coches. Deduzco que el asfalto del carril de los coches tarde o temprano cederá al peso del Metrobús y el gobierno del Distrito Federal tendrá que repararlo. Podría darse el caso de que Insurgentes permaneciera en obras durante un año quitando pavimentos blandos y poniendo asfaltos duros. Anocheció de pronto. Han prendido las luces de las obras, grandes reflectores dirigidos a las caras de los conductores. Me lloran un poco los ojos, no se ve nada, o mejor, sólo puede verse el polvo a través de las potentes luces de los reflectores. El crucero de Insurgentes y Río Mixcoac es una puerta hacia la libertad. Ahora o nunca: acelero en primera y me le cierro a una camioneta que me insulta a claxonazos. Un policía me hace una señal para que me detenga. Desde luego lo ignoro. Regreso por la calle de Patriotismo, me siento feliz avanzando a vuelta de rueda. Si digo en la casa que me metí por Insurgentes en lugar de tomar el segundo piso no me voy a acabar ni en tres días los comentarios mordaces. Por eso, cuando me preguntaron cómo me había ido respondí: -Muy bien: los jóvenes resultaron ser muy vivarachos.
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